CAPÍTULO 23



El retorno a la República de los Cuartero....

- Mira, Margaret- me dijo la niña-, este el grupo escultórico que te quería mostrar, le llamamos el último autobús. La figura del hombre que está de pie en la puerta representa Salomón Gaspar, el otro, más mayor, a su lado, es Joaquinillo, y el joven que aparece sentado encima, sobre el techo, representa a Mohamed. La talla la hizo el propio Salomón Gaspar, cuando ya era viejo.
La explicación de aquella niña se refería a un conjunto escultórico en madera representando un antiguo autobús reducido a escala un cuarto, más o menos, con tres figuras de hombre colocadas en actitud de posado sobre aquel vehículo parado. La escultura se exponía en el centro de una pequeña placita rodeada de casas antiguas. En el edificio más destacado y principal de aquella placita, en su interior, una sala oscura, húmeda y fría, con bancos corridos que servían de asiento a los vecinos de aquel pueblo en sus reuniones asamblearias, había más figuras de madera de parecido estilo. Parece que aquel edificio, en tiempos, fue la iglesia del pueblo de Casares. Por la forma de manifestarse y comportarse de la niña, con relación a aquellas figuras y hacía el edificio en general, se podía deducir que ambas cosas estaban unidas componiendo una especie de símbolo en el que aquella comunidad representaba lo más sagrado de sus creencias, la fuerza esencial que los unía como pueblo. La niña se llamaba Isabela y era nieta de una nieta de un nieto de Manolo, el peluquero de Los Manantiales, casado, este nieto de Manolo, con una hija de Salomón y de Carlota. Habían pasado ciento cuarenta años de los hechos que se conmemoraban con aquel grupo de figuras de madera. Fue la propia madre de esta niña quien me había atendido en aquella visita que giré a la República de los Cuartero que se prolongó durante dos meses, y fue ella también quien me hizo entrega, para su lectura, de aquellos cuadernos biográficos de Sebastián Cuartero. El último de aquellos cuadernos, el cuarto, se continuaba con un tipo de letra distinto, la letra del nieto de Sebastián, de Salomón Gaspar. Salomón dio fin a esta serie de cuadernos narrando en este último los hechos que se cuentan en las páginas precedentes y que constituyen el contenido de este libro. También me enseñó aquella mujer una extraña cueva a la que ella llamó la Cueva de las Estrellas, y cuya localización, aunque ella no lo sabía, era el motivo fundamental de mi viaje a aquella tierra ignota.
Tengo que ser, ahora, yo misma, quien se presente al lector. Mi nombre es Margaret Lemmond. Nací hace cuarenta años en la ciudad de San Antonio (Texas). No fui, lógicamente, testigo del gran holocausto que hace, aproximadamente, siglo y medio, redujo la población del planeta a menos de su cuarta parte, en una especie de reacción en cadena de hambre y de impotencia para enfrentarse, de pronto, con una nueva vida, de aspecto desconocido, en medio de un entorno empobrecido y desnaturalizado. No, rectifico, en un entorno naturalizado, increíblemente naturalizado. Pero soy de las pocas personas vivas que han tenido la oportunidad de conocer y estudiar aquel terrible acontecimiento en profundidad y disponer de datos e información que no se han puesto al alcance del resto de la gente. Por eso me considero capacitada para emitir una opinión sin sentirme condicionada, siglo y medio después, por ningún tipo de vinculación ni responsabilidad que me obligue a contar nada distinto a lo que realmente siento.
Fue una cruel decisión, terrible. Pero gracias a ellos, a los que se atrevieron a tomarla, hay alguien aquí, ahora, para poder contarlo. Si se hubieran retrasado, tan sólo un año más, si hubieran tenido la timidez de abrir la mano aquí o allá de manera discriminada, quién sabe si, aún la toma de aquella misma medida, hubiera resultado inútil. Casi toda la población de Europa y de Asia, más de la mitad de la de América del Sur y Central, gran parte de la de África, agrupada en ciudades y países, todos ellos dependientes de unos suministros vitales que, súbitamente, dejaron de llegar, porque aquella economía especializada basada en el buen funcionamiento de los mercados, en los intercambios continuos y masivos, dentro de un ámbito mundial, se vio despojada, de repente, de una pieza logística vital, la pieza básica del sistema: el transporte.
Una semana sin comer se hace muy larga, pero una semana sin beber ya hubo mucha gente que no la aguantó. Y aquella semana se prolongó y se prolongó, hasta acabar con la resistencia incluso de los más duros.
Pero aquella tremenda decisión de poco o nada hubiera servido si no se hubiera acompañado de otras decisiones o acuerdos tomados entre los países que impusieron aquella dura medida, por medio de las cuales se determinaban a acabar con aquel cómodo e irresponsable sistema de vida que había generado tal hecatombe. Gracias a aquella firmeza de decisión y a la claridad de ideas en que se apoyaban, puedo contar yo, aquí y ahora, esta historia. De haber continuado con el antiguo sistema económico basado en un consumismo creciente y abusivo, ni aún reducida a su cuarta parte la población del planeta, hubieran durado las reservas de crudo estos ciento cuarenta años. Se establecieron compromisos para eliminar los transportes de todas las cadenas de producción en todos los países que quedaron. Se marcó un plazo de diez años para llegar de forma progresiva y continuada a una economía de tipo local. Ello implicó una planificación de producciones en ciclo cerrado y un cierre paulatino de mercados, justamente lo contrario a que se aspiraba en el anterior sistema, cuando se celebraba con champán un incremento de una décima del crecimiento económico o de la expansión comercial. Se siguió distribuyendo combustible, pero en cantidades muy limitadas y racionadas para su uso en operaciones mecanizables que exigían gran potencia y cuya realización por el hombre se desestimaba, no desde el punto de vista económico, sino desde un punto de vista que evaluaba estrictamente la incidencia global de aquel tipo de mecanización en la sostenibilidad del sistema y, por otro lado, también, la penosidad y la peligrosidad desde un punto de vista humano. Así, se siguieron produciendo de forma mecánica, con tractores y maquinaria de alto rendimiento, por cada Agrupación Local, los cultivos de fácil mecanización como los cereales, incluido el transporte de los productos agrarios desde el campo de cultivo circundante hasta los almacenes e industrias locales periféricas a cada localidad. La producción, directa y personal, del resto de sus propios alimentos y su conservación, ya fueran hortalizas o productos derivados del ganado, constituyeron, a partir de entonces, las actividades que absorbían gran parte de las horas de la vida de un hombre, así como la fabricación artesanal de sus propios artículos de consumo, como enseres domésticos de carpintería, textil, etc. En la realización de estas actividades, gran parte de la penosidad estaba paliada por la posibilidad del uso de herramientas electrificadas y de la propia energía eléctrica, de la que se disponía gratuitamente. Asimismo eran gratuitos todos los productos y materias primas que se producían a nivel comunitario. Era también obligatoria la prestación gratuita de servicios a la comunidad cuando éstos eran requeridos. Obviamente la gratuidad era un concepto obligatorio, desde el punto y momento, de que no existía el dinero. Cada uno tenía que producir sus propios artículos e incluso podía regalar parte de su producción o cederla a la comunidad, pero quedaba prohibido todo tipo de canje. En estas condiciones, en ausencia de competitividad, mucho tiempo de la vida del hombre estaba dedicado al ocio, a la convivencia o a la creatividad. El uso de la telecomunicación y la informática se incrementó. Perdieron vigencia y apreciación social valores materialistas que antes gobernaban los comportamientos humanos, como el poder, el dinero, la posesión de bienes, el lujo, el éxito profesional, la explotación especulativa de los semejantes. Se decantaron como preferidos otros valores en la consideración de la gente, como la generosidad, la solidaridad, la amabilidad, la sociabilidad, la familia, el respeto al prójimo, el amor al medio ambiente. La televisión, aún siendo un avance tecnológico perfectamente sostenible, redujo su programación a cuatro horas diarias por considerarse que su incidencia en la degradación de los valores del hombre de la civilización anterior había resultado altamente negativa. Sí, se continuaron celebrando actos culturales públicos, como representaciones teatrales, proyecciones cinematográficas, conferencias y todo tipo de eventos culturales, pero se mantuvo la intimidad de los hogares protegida de la invasión por medios externos de incontrolada influencia. Se descentralizó el poder y se impidió por todos los medios la personalización de cargos públicos con capacidad decisoria sobre la vida, los sistemas o los medios de la comunidad. Se establecieron órganos colegiados de turno rotatorio que pensaban sobre los problemas y asuntos de la colectividad, pero, las decisiones, siempre se tomaron por el pueblo de forma previamente definida y estadísticamente fiable, y, siempre, respetando los cánones que constituyeron aquel acuerdo que se firmó hace ya ciento cuarenta años. Se crearon también organizaciones de vigilancia, de carácter supraestatal, cuyo ámbito de actuación alcanzaba todo el territorio de los Pueblos Unidos del Mundo, encargadas, por ejemplo, de supervisar y autorizar o denegar las nuevas iniciativas de todo tipo que pudieran surgir en cualquier localidad, en función de su respeto de las condiciones del nuevo sistema de vida mundial. Un nuevo sistema de vida que se ha sentado en todo nuestro mundo y que es el que condiciona nuestra forma de vivir actualmente. Una de estas organizaciones de control es la OMCUPE (Organización Mundial para el Control del Uso y la Producción Energética), en la cual yo desempeño mi trabajo como Técnica Licenciada en Investigación de Nuevas Tecnologías, en su sede de Nueva York. Desde hace veinte años, yo concretamente investigo en la búsqueda de nuevas fuentes de energía no contaminantes y de carácter renovable que nos permitan resolver, en un futuro, las carencias de nuestras reservas del todavía, hoy por hoy, imprescindible petróleo, para las muy reducidas actividades con transporte autorizado. Mi área de investigación se ha centrado en los últimos años en la producción de energía por medio de la llamada fusión fría.
La producción de energía eléctrica procedente de la fisión nuclear, que se generalizó en la extinta civilización anterior, en la nuestra, prácticamente se paralizó durante el periodo inicial de diez años en el que se redujo de forma radical el consumo energético. Con las antiguas centrales hidroeléctricas y las redes existentes, se podían suministrar, sobradamente, las muy reducidas necesidades de consumo de la muy reducida población mundial en aplicaciones estáticas. Incluso, muchas centrales hidroeléctricas de las zonas actualmente despobladas se cerraron, simplemente para evitar su mantenimiento. Sólo pensando en asegurar las necesidades futuras de los medios de transporte, se mantenía esta línea de investigación sobre la fusión, o unión, nuclear en la que yo trabajaba. Como es sabido, en el proceso de fisión, o división, el núcleo atómico de un elemento pesado es dividido en partes por medio de radiación o bombardeo con partículas nucleares, como neutrones e incluso protones u otros núcleos, dando lugar a otros elementos menos pesados y a una pérdida de masa paralela que se transforma en energía, según la proporción definida en la conocida ecuación de Einsten. Estos elementos pesados son muy radiactivos, y ése es el principal inconveniente de este tipo de procesos. En el pasado, la producción de energía por fisión o división nuclear dio lugar a gravísimos accidentes, como el de Chernóbil en Ucrania en 1986 o el de Tokaimura (Japón) en 1999. Las centrales nucleares por fisión, en todo caso, generan una producción de residuos radiactivos cuya acumulación es el otro de los grandes inconvenientes que desaconsejan la producción de energía por este procedimiento. Por eso, desde hace muchos años se ha perseguido la producción de energía nuclear por el otro procedimiento, o sea, por medio de la fusión o unión de dos núcleos ligeros para formar un núcleo, también ligero, pero más pesado que los núcleos reaccionantes. En este proceso también se produce una pérdida de masa que se convierte en energía en la misma cantidad que predice la citada ecuación einsteniana. La gran ventaja de los procesos de fusión sobre los de fisión se deriva de que, al trabajar con productos reaccionantes de núcleos ligeros, como el deuterio- un isótopo del hidrógeno cuyo núcleo consta sólo de un protón y un neutrón, a diferencia del uranio, por ejemplo, utilizado en la fisión, que cuenta con noventa y dos protones y ciento cuarenta y tres neutrones- es que estos núcleos ligeros no producen contaminación radiactiva y, además, son muy abundantes en la naturaleza- el deuterio está presente, por ejemplo, en el agua de mar en cantidades prácticamente inagotables-. La dificultad que ha impedido la puesta en práctica de este tipo de procesos de fusión radica en que, para que se fundan dos núcleos de deuterio, y como resultado de esta unión se forme un núcleo de tritio (dos protones y un neutrón), perdiendo el neutrón que les sobra, que es, precisamente, la parte de masa que se transformará en la energía buscada dando cumplimiento a la ya varias veces citada ecuación E=Mc2. La dificultad de producir esta unión, repito, estriba en que es necesario acercar entre sí los dos átomos de deuterio reaccionantes hasta la total proximidad, y para ello es necesario vencer unas fuerzas de repulsión electrostática, definidas en la famosa ecuación de Culomb, derivadas de que ambos núcleos tienen cargas eléctricas, igualmente positivas, que, como es sabido, se repelen.
La dificultad para vencer estas fuerzas iniciales de repulsión electrostática ha sido, hasta el momento, insalvable. Como ejemplo, baste citar, que, una forma de vencer esta resistencia sería por calentamiento de los núcleos de deuterio hasta el estado de plasma, a temperaturas de millones de grados, que son las que permiten que esta reacción se produzca de forma espontánea en la superficie solar. Se pueden reproducir estas condiciones de elevadas temperaturas, que den inicio al proceso de fusión, por medio de una explosión nuclear provocada por un proceso de fisión controlado. Esta línea de investigación es la que se ha llamado la fusión en caliente. Hay otras líneas de investigación de los procesos de fusión, como la fusión por confinamiento o como la fusión en frío. En esta línea de investigación, la fusión en frío, es en la que yo llevo trabajando desde hace casi veinte años. Antes que yo, y a la misma vez que yo, miles de personas integradas en instituciones públicas y privadas de todos los países del mundo han estudiado durante años en esta sugestiva línea. Eso sí, hasta la fecha sin resultados que puedan ser explicados y demostrados de forma convincente y meridiana.
Las líneas de investigación seguidas desarrollan hipótesis derivadas o deducidas de conocimientos científicos básicos de los que se pueden desprender prolongaciones no conocidas ni ensayadas que puedan dirigirnos en el camino buscado. En ocasiones, hay que decirlo también, la desesperación nos conduce, a los investigadores, al seguimiento de intuiciones o corazonadas, que no tienen por qué partir de una base científica acreditada y firme. Una de estas corazonadas, tengo que confesar, me asaltó con ocasión de una visita de tipo lúdico a un museo de carácter religioso que visité en la ciudad de Nueva York, donde trabajo y resido. Se exhibía allí, entre otras muchas cosas, una pequeña joya, un anillo, que perteneció al tesoro de la Iglesia de la Cienciología, que mostraba engarzada una pequeña y extraña piedra del tamaño de una lenteja, más o menos, que refulgía de una forma inusual, y que llamó poderosamente mi atención. Me puse al habla oficialmente con el patronato que se encargaba de la conservación del museo, identificándome como investigadora del OMCUPE y solicitándole que me permitiera la extracción de una pequeña muestra vestigial de aquella piedra.
Sólo tuve que poner en contacto aquel polvillo con una corriente ionizada de agua de mar, contenida en una cazoleta y encerrada en el interior de una gruesa corteza de litio, para comprobar el calentamiento inmediato derivado de la captación por la esfera de litio, de los neutrones emitidos por la fusión de los núcleos de deuterio activados gracias a la presencia de aquella pequeña muestra de sustancia refulgente.
Analicé la composición de aquella muestra, con la sorpresa de encontrarme, no ya un elemento desconocido, que no estaba en la tabla periódica, sino un elemento que iniciaba una nueva tabla periódica. Porque aquel elemento tenía una estructura atómica diferente a todos los conocidos, contraria más bien. Sí, tenía la masa en su núcleo, como el resto de los elementos. Doce unidades de masa atómica, es decir, la misma masa que el carbono, pero la carga del núcleo, seis unidades de carga, también como el carbono, era negativa. Seis neutrones y seis antiprotones pues, constituían su núcleo, mientras alrededor giraban seis anti-electrones, sin masa y con carga positiva. Aquello era el anti-carbono, la antimateria. Esa configuración atómica explicaba todo, explicaba que no hiciera falta ningún esfuerzo para unir los dos núcleos de deuterio en presencia de aquel anti-carbono que actuaba como puente de enlace. Tenían cargas opuestas en sus núcleos y en lugar de fuerzas electrostáticas de repulsión estaban sometidos a fuerzas de atracción. Cómo había llegado a su lugar de origen ese nuevo anti-carbono, cuál era su procedencia, cómo podía haberse conservado, oculto e inactivo, y durante cuánto tiempo había permanecido en donde quiera que fuera, eran toda una serie de preguntas sin respuesta, que algún día sin duda se podrían conocer, sin duda. Pero ahora, la noticia era otra: Habíamos encontrado la piedra filosofal. Con aquella pequeña muestra de unos microgramos de polvillo recogida del museo y un depósito de agua de mar con la capacidad de un frigorífico normal de cualquier casa, se podía abastecer de electricidad y calefacción a una vivienda familiar durante toda la vida de aquella familia. La producción de energía obtenida en aquel experimento inicial y la simplicidad técnica del proceso hacían prever unas posibilidades de desarrollo infinito en la producción y utilización de energías limpias. De este sencillo descubrimiento se deducía la posibilidad de contar a partir de ahora de unas nuevas fuentes energéticas inagotables, sin ningún límite previsble derivado de costos ni de existencias reducidas de las materias primas. Todo tipo de transporte: terrestre, marítimo, aéreo, interplanetario, interestelar, cualquiera de ellos era ahora susceptible de ser desarrollado a la escala más ambiciosa imaginable. Cualquier tipo de vehículo, para cualquier tipo de distancia concebible, en cualquier tipo de medio se podría diseñar a partir de ahora, sin ningún tipo de limitación en lo referente al suministro de combustible, del que podría autoabastecerse, con total autonomía, con sólo encontrar una fuente de hidrógeno, que podía ser simplemente el agua de un grifo, en el hipotético caso de que, dicho vehículo, llegase alguna vez a agotar su propio depósito de cien o doscientos litros. Eso sí, siempre que encontrásemos una fuente de abastecimiento de aquellos poderosos polvos blancos.
Esto daba un cambio brusco, un giro de trescientos sesenta grados, a los pilares básicos en los que se sustentaba aquella nueva comunidad humana mundial. Y el pilar más fundamental de todos era la prohibición absoluta del transporte de personas y materiales, tanto por los efectos contaminantes que de la combustión de productos hidrocarbonados se desprende, como, principalmente, por el déficit absoluto para el resto de aplicaciones energéticas, si el transporte se generalizaba de nuevo de forma incontrolada, que ya, anteriormente, fue el motivo del mayor genocidio conocido en la vida del planeta.
Dirigí mis pasos en primer lugar a encontrar el yacimiento de aquel increíble polvo blanco. Indagué en el museo el origen de aquella piedra. Estaba todo perfectamente documentado. La piedra fue donada a la Iglesia de la Cienciología por una actriz francesa, muy conocida en los años cincuenta del siglo veinte, llamada Mylene Boyard. Al parecer, ella había recibido el anillo como regalo de su marido, un actor de cine español, llamado Juan Luis Casares, que personalmente había extraído aquella rara piedra de una cueva que se encontraba en una finca de su propiedad, en un pueblo de la provincia de Albacete, llamado Casares de la Sierra. Solicité y obtuve una autorización especial de la alta dirección de la OMCUPE para desplazarme hasta una ciudad llamada Alicante, en la que existía un aeropuerto autorizado para seis vuelos al año. No hubo problema para conseguir de forma especial la autorización de este vuelo adicional. Desde Alicante, me desplacé en una caravana integrada por un grupo de seis soldados africanos que me acompañaron y protegieron, en aquella exploración a lomos de camello, a través de antiguas carreteras, absolutamente invadidas por vegetación arbórea, hasta una zona de sierra que se extiende al sur de la antigua provincia de Albacete. El trayecto de ida nos llevó cinco días, al cabo de los cuales entramos en contacto con los habitantes de aquella zona geográfica, que curiosamente estaban organizados en una rudimentaria formación estatal denominada la República de los Cuartero. Me di a conocer a sus representantes, en su antiguo idioma castellano, que hablo correctamente. Me presenté como una historiadora procedente del otro lado del Atlántico que investigaba los orígenes de la gran matanza. Comprendieron y aceptaron todas mis explicaciones con absoluta naturalidad. Realmente, me di cuenta que nuestro mundo, el mundo unido al que pertenecíamos ahora todos los pueblos que firmamos el acuerdo que se llamó del Gran Sacrificio, estaba más desarrollado que esta pobre República de los Cuartero, pero las diferencias substanciales en nuestros conceptos, en nuestros principios e incluso en las formas de vivir de ambas comunidades, eran mínimas. Me explicaron cómo, por distintos tipos de razones, allí, en aquel enclave, se produjo un asentamiento y agrupación de individuos sobrevivientes del gran exterminio. Habían formado una comunidad cerrada y habían elaborado unas rígidas normas basadas, parte en la repulsa de los valores de la civilización anterior, que consideraban causantes de la devastación, y parte también en la ideología escrita y normalizada por los primeros creadores de la colonia, a los que precisamente debían el nombre y la iniciativa de constituirse en una república formal. Más o menos, todos ellos tenían algo en común con aquellos primeros miembros fundadores de la república. Precisamente, la persona que me albergó durante mi estancia, aquellos dos meses que pasé en su comunidad, era una descendiente de línea primogénita del propio creador de la República que todos identificaban como Sebastián Cuartero.
A la vuelta a mi lugar de trabajo realicé un informe completo para el comité directivo de la OMCUPE, en el que explicaba el descubrimiento en todos sus aspectos. Daba cuenta del yacimiento inagotable existente en la República de los Cuartero de aquel anti-carbono, que se debía haber conservado en aquella Cueva de las Estrellas durante millones de años rodeado de las rígidas placas cristalinas de silicatos que formaban aquella tierra arenosa, aislándolo del exterior y permitiendo solamente aquellas fugas no significativas de partículas, que en sus choques con iones metálicos presentes en algunas partículas minerales existentes en la cueva provocaban aquel espectáculo de apariencia estelar. Valoraba, objetivamente, en mi informe, la trascendencia de los avances técnicos que aquello podría reportar. Pero tampoco omití, ni un ápice la valoración del choque frontal con el que aquella revolución técnica iba a embestir a nuestros, hasta entonces, sólidos principios de organización y convivencia.
El comité debatió ampliamente la trascendencia de la información recibida. No estaba dentro de las competencias del comité la aprobación o la denegación de aquella nueva iniciativa, pero sí su propuesta a la opinión pública mundial. Por otro lado, el efecto demoledor de aquel avance científico sobre el sistema establecido en todo el mundo conocido, al que servía nuestra organización, era de una claridad meridiana. Pero, las ventajas y posibilidades que ofrecía la nueva implantación y el desarrollo del transporte a los presentes y futuros pobladores del planeta eran asimismo también considerables, sin reportar por otro lado los graves perjuicios que se derivaban de los antiguos medios de transporte basados en la combustión de productos carboníferos. Los miembros del comité, partidarios en su totalidad del mantenimiento de los sistemas vigentes, y legítimamente autorizados para haber rechazado la innovación, sin temor a ningún tipo de rectificación, moralmente se sintieron en la obligación de traspasar la decisión a los genuinos interesados, es decir: al pueblo. Y así lo decidieron. Se informaría de forma completa y masiva y se sometería a decisión estadística del uno por mil de la población, que era un procedimiento legalmente establecido, científicamente válido y suficiente para validar el sentido de la opinión pública sobre cualquier tema.
Se explicó todo. A fondo, por medio de películas, por medio de conferencias. Se elaboraron recreaciones con ordenador con la proyección a futuro de la nueva realidad que el descubrimiento de la nueva fuente de energía podía generar. Se desempolvaron antiguas imágenes con secuencias de la vida diaria en aquella antigua civilización ya tanto tiempo desaparecida.
No era la nuestra, hablando en términos de medias, una población inculta, ni nuestra cultura podía considerarse poco refinada. Tecnológicamente, sí, éramos una sociedad limitada. Sobre todo era deficiente el aprovechamiento funcional de nuestros conocimientos técnicos. Porque los conocimientos de la antigua civilización los seguíamos conservando y ampliando, pero no así se avanzó en la explotación práctica de estos conocimientos. Por tanto, éramos sensibles a los estímulos que el nuevo avance despertaba: Sí, era excitante poder viajar al antiguo Egipto. Nos parecía increíble poder contemplar las ancestrales pirámides a sus mismos pies, y visitar el, mucho más próximo, gran cañón del Colorado, o la increíble ciudad de Nueva York, para los que vivían en California, o bañarse en las paradisíacas playas de Hawai; Paris y el Louvre seguían en pie, y Roma, y, allí, en el Vaticano seguían frescos los frescos de Rafael y los de Miguel Ángel. Lo íbamos a poder comprobar. Quién nos iba a quitar ahora la ilusión de conducir un Mercedes de línea clásica con turbina de hidrógeno o paladear un delicioso caviar ruso, o un sabroso langostino de Huelva. Y más allá aún, era absolutamente previsible la posibilidad de poder saltar la frontera de la atmósfera con vehículos de escaso coste, de tamaño familiar, posibles de adquirir y pilotar con un simple carné de aficionado. Ibamos a navegar por el espacio exterior y podríamos comprobar, desde la negrura del universo, la luminosidad reflejada por nuestro maravilloso planeta azul. Es más ¿Qué habría más allá de Orión? Todo eso nos lo hicieron ver. Nos lo pasearon por nuestros ojos, por nuestras pantallas cinematográficas, por televisión, por nuestros medios de comunicación, suficientemente, cumplidamente, antes de las votaciones. También, cómo no, nos repasaron cumplidamente, sobradamente, imágenes procedentes de un pasado que no habíamos conocido. Nos enseñaron las carreteras y calles saturadas de vehículos, cualquier día, a la salida o a la entrada del trabajo, las modernísimas autovías, cuando aún no estaban pobladas de la selva invasora, un día de regreso de vacaciones. Los aeropuertos saturados en las épocas de verano o navidades, la euforia compradora que se desataba el día de las rebajas en unos grandes almacenes, el metro en hora punta, los plásticos dando vueltas de aquí para allá sobre las claras aguas de un lago o en la más lejana de las islas. Lla lavadora vieja abandonada en el curso seco de un río, las huelgas de agricultores incapaces de vender a buen precio su cosecha de patatas, el terrorismo fanático, el chabolismo en las afueras de una gran ciudad, y, en el lado opuesto, el gran chalet levantado en medio de una reserva natural por un millonario galáctico, más allá, una urbanización de adosados construida entre un estercolero macrourbano y unas vías de ferrocarril de un tráfico insufrible. Humanísticamente, éramos una sociedad que había sabido rumiar su propio fracaso, que había sabido reflexionar sobre sus propios errores y había sabido aceptarlos, reconocerlos y trazarse un nuevo sendero. Pero ahora nos encontrábamos en la encrucijada de averiguar si todo aquello era algo asumido por obligación o realmente habíamos llegado a un nivel superior de conciencia ¿Éramos una sociedad feliz? ¿Era la nuestra una sociedad satisfecha?
El uno por mil de la población mundial alcanzaba la cifra de dos millones de personas, distribuidas de forma heterogénea por los cinco continentes, pero todos comunicados y organizados con medios de telecomunicación y normalización funcional para llevar adelante la consulta prevista. Era frecuente realizar sondeos con este formato para consultar, de forma vinculante, la opinión pública sobre diversos temas puntuales de modernización o cambio. No salió ningún fantoche a decirnos lo que iba a votar él, o lo que deberíamos votar nosotros. No hacía falta, ni lo hubiéramos escuchado. La opinión pública obtenida en aquellas consultas era objeto de la más alta consideración, del más alto grado de priorización que se podía otorgar a una decisión. Todos y cada uno de nosotros disponíamos de un código de identificación individualizado mundial, el CIIM, constituido por nueve dígitos numéricos y una letra final. En aquella ocasión, como siempre se hacía en estos casos, se sorteó el número de tres dígitos en que finalizaba el código de identificación de los que tenían que votar aquella crucial decisión. Recuerdo que la terminación que correspondió fue la 946. Yo tengo la 746. No me tocó por un número, pero me dio igual, asumía absolutamente la representatividad que el puro azar le confería a la muestra. Los votantes tenían todo un mes para votar. El primer día del mes de mayo de aquel año 141 después del Gran Sacrificio, se iba a realizar el recuento de los votos y, a última hora de la noche, ya se iba a hacer público el resultado. No hubo sorpresas. Yo siempre lo supe. Incluso lo celebré con anticipación. Mayoritariamente, masivamente, el pueblo dijo no. No quisieron cambiar. Lo decidieron ellos, lo decidimos todos, la estadística no miente. Todos valoramos lo que teníamos, lo que se nos daba gratuitamente, para disfrutarlo, para conservarlo. No hacía falta comprobar que nuestro planeta era azul visto desde el espacio exterior, lo importante es que nunca dejara de serlo. Todos sentíamos la fragilidad, la fuerte fragilidad de aquella nuestra pertenencia más preciada, todos nos sentíamos a la vez frágiles y amenazados con ella y todos hicimos fuerte nuestra fragilidad uniéndonos para protegerla. Supimos renunciar a la gran tentación. Sabíamos muy bien, o simplemente nos lo temíamos, que cualquier medida, por insignificante que pareciera, adoptada de una forma masiva podía tener consecuencias imprevisibles. Lo que se llama el efecto mariposa acumulativo. No era una simple mariposa. Éramos dos mil millones de mariposas, motorizadas y avaladas por un carné interestelar. En fin, lo decidimos entre todos, sin presiones, sin intereses, de corazón, y democráticamente. Yo lo supe al día siguiente, aquella tarde, como digo, lo estuve celebrando anticipadamente y al final me quedé dormida. Me había traído conmigo una botella de vino blanco semi-dulce de Casares, nunca había probado el vino, no se cultivan vides en Nueva York. Creo que me mareé mientras escuchaba aquella música, que también me traje grabada en un CD, de allí, de la pequeña Republica de Cuartero. Recuerdo que el CD se titulaba “Naves ardiendo más allá de Orión” – mira lo que había- y el corte número ocho de aquel CD era aquella canción de Ismael Serrano, llamada Fragilidad, que le gustaba escuchar a Salomón y que terminaba así:
Quizá no sea tan frágil
tu costumbre de amarme,
mi fe,
tu voz y tu memoria.
¿Sabes? quizá me equivoqué.
Quizá no sea indestructible
el trueno del fusil, el dolor,
la burbuja que encierra este grito,
este temor a saberme perdido,
a perderte y perder la razón.
Yo soy frágil como el cristal
si falta usted a esta cita, mi
amor,
si el canto se llena de olvido,
si el recuerdo se va
y ya no ríe conmigo.
Quizá no seamos héroes,
pero aún seguimos vivos,
y en la crisálida su voz estallará.
Y no se quedará inmóvil al borde del camino

y hará futuro su fuerte fragilidad.


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