El retorno a la República de los Cuartero....
- Mira, Margaret- me
dijo la niña-, este el grupo escultórico que te quería mostrar, le
llamamos el último autobús. La figura del hombre que está de pie
en la puerta representa Salomón Gaspar, el otro, más mayor, a su
lado, es Joaquinillo, y el joven que aparece sentado encima, sobre el
techo, representa a Mohamed. La talla la hizo el propio Salomón
Gaspar, cuando ya era viejo.
La explicación de
aquella niña se refería a un conjunto escultórico en madera
representando un antiguo autobús reducido a escala un cuarto, más o
menos, con tres figuras de hombre colocadas en actitud de posado
sobre aquel vehículo parado. La escultura se exponía en el centro
de una pequeña placita rodeada de casas antiguas. En el edificio más
destacado y principal de aquella placita, en su interior, una sala
oscura, húmeda y fría, con bancos corridos que servían de asiento
a los vecinos de aquel pueblo en sus reuniones asamblearias, había
más figuras de madera de parecido estilo. Parece que aquel edificio,
en tiempos, fue la iglesia del pueblo de Casares. Por la forma de
manifestarse y comportarse de la niña, con relación a aquellas
figuras y hacía el edificio en general, se podía deducir que ambas
cosas estaban unidas componiendo una especie de símbolo en el que
aquella comunidad representaba lo más sagrado de sus creencias, la
fuerza esencial que los unía como pueblo. La niña se llamaba
Isabela y era nieta de una nieta de un nieto de Manolo, el peluquero
de Los Manantiales, casado, este nieto de Manolo, con una hija de
Salomón y de Carlota. Habían pasado ciento cuarenta años de los
hechos que se conmemoraban con aquel grupo de figuras de madera. Fue
la propia madre de esta niña quien me había atendido en aquella
visita que giré a la República de los Cuartero que se prolongó
durante dos meses, y fue ella también quien me hizo entrega, para su
lectura, de aquellos cuadernos biográficos de Sebastián Cuartero.
El último de aquellos cuadernos, el cuarto, se continuaba con un
tipo de letra distinto, la letra del nieto de Sebastián, de Salomón
Gaspar. Salomón dio fin a esta serie de cuadernos narrando en este
último los hechos que se cuentan en las páginas precedentes y que
constituyen el contenido de este libro. También me enseñó aquella
mujer una extraña cueva a la que ella llamó la Cueva de las
Estrellas, y cuya localización, aunque ella no lo sabía, era el
motivo fundamental de mi viaje a aquella tierra ignota.
Tengo que ser, ahora,
yo misma, quien se presente al lector. Mi nombre es Margaret Lemmond.
Nací hace cuarenta años en la ciudad de San Antonio (Texas). No
fui, lógicamente, testigo del gran holocausto que hace,
aproximadamente, siglo y medio, redujo la población del planeta a
menos de su cuarta parte, en una especie de reacción en cadena de
hambre y de impotencia para enfrentarse, de pronto, con una nueva
vida, de aspecto desconocido, en medio de un entorno empobrecido y
desnaturalizado. No, rectifico, en un entorno naturalizado,
increíblemente naturalizado. Pero soy de las pocas personas vivas
que han tenido la oportunidad de conocer y estudiar aquel terrible
acontecimiento en profundidad y disponer de datos e información que
no se han puesto al alcance del resto de la gente. Por eso me
considero capacitada para emitir una opinión sin sentirme
condicionada, siglo y medio después, por ningún tipo de vinculación
ni responsabilidad que me obligue a contar nada distinto a lo que
realmente siento.
Fue una cruel
decisión, terrible. Pero gracias a ellos, a los que se atrevieron a
tomarla, hay alguien aquí, ahora, para poder contarlo. Si se
hubieran retrasado, tan sólo un año más, si hubieran tenido la
timidez de abrir la mano aquí o allá de manera discriminada, quién
sabe si, aún la toma de aquella misma medida, hubiera resultado
inútil. Casi toda la población de Europa y de Asia, más de la
mitad de la de América del Sur y Central, gran parte de la de
África, agrupada en ciudades y países, todos ellos dependientes de
unos suministros vitales que, súbitamente, dejaron de llegar, porque
aquella economía especializada basada en el buen funcionamiento de
los mercados, en los intercambios continuos y masivos, dentro de un
ámbito mundial, se vio despojada, de repente, de una pieza logística
vital, la pieza básica del sistema: el transporte.
Una semana sin comer
se hace muy larga, pero una semana sin beber ya hubo mucha gente que
no la aguantó. Y aquella semana se prolongó y se prolongó, hasta
acabar con la resistencia incluso de los más duros.
Pero aquella tremenda
decisión de poco o nada hubiera servido si no se hubiera acompañado
de otras decisiones o acuerdos tomados entre los países que
impusieron aquella dura medida, por medio de las cuales se
determinaban a acabar con aquel cómodo e irresponsable sistema de
vida que había generado tal hecatombe. Gracias a aquella firmeza de
decisión y a la claridad de ideas en que se apoyaban, puedo contar
yo, aquí y ahora, esta historia. De haber continuado con el antiguo
sistema económico basado en un consumismo creciente y abusivo, ni
aún reducida a su cuarta parte la población del planeta, hubieran
durado las reservas de crudo estos ciento cuarenta años. Se
establecieron compromisos para eliminar los transportes de todas las
cadenas de producción en todos los países que quedaron. Se marcó
un plazo de diez años para llegar de forma progresiva y continuada a
una economía de tipo local. Ello implicó una planificación de
producciones en ciclo cerrado y un cierre paulatino de mercados,
justamente lo contrario a que se aspiraba en el anterior sistema,
cuando se celebraba con champán un incremento de una décima del
crecimiento económico o de la expansión comercial. Se siguió
distribuyendo combustible, pero en cantidades muy limitadas y
racionadas para su uso en operaciones mecanizables que exigían gran
potencia y cuya realización por el hombre se desestimaba, no desde
el punto de vista económico, sino desde un punto de vista que
evaluaba estrictamente la incidencia global de aquel tipo de
mecanización en la sostenibilidad del sistema y, por otro lado,
también, la penosidad y la peligrosidad desde un punto de vista
humano. Así, se siguieron produciendo de forma mecánica, con
tractores y maquinaria de alto rendimiento, por cada Agrupación
Local, los cultivos de fácil mecanización como los cereales,
incluido el transporte de los productos agrarios desde el campo de
cultivo circundante hasta los almacenes e industrias locales
periféricas a cada localidad. La producción, directa y personal,
del resto de sus propios alimentos y su conservación, ya fueran
hortalizas o productos derivados del ganado, constituyeron, a partir
de entonces, las actividades que absorbían gran parte de las horas
de la vida de un hombre, así como la fabricación artesanal de sus
propios artículos de consumo, como enseres domésticos de
carpintería, textil, etc. En la realización de estas actividades,
gran parte de la penosidad estaba paliada por la posibilidad del uso
de herramientas electrificadas y de la propia energía eléctrica, de
la que se disponía gratuitamente. Asimismo eran gratuitos todos los
productos y materias primas que se producían a nivel comunitario.
Era también obligatoria la prestación gratuita de servicios a la
comunidad cuando éstos eran requeridos. Obviamente la gratuidad era
un concepto obligatorio, desde el punto y momento, de que no existía
el dinero. Cada uno tenía que producir sus propios artículos e
incluso podía regalar parte de su producción o cederla a la
comunidad, pero quedaba prohibido todo tipo de canje. En estas
condiciones, en ausencia de competitividad, mucho tiempo de la vida
del hombre estaba dedicado al ocio, a la convivencia o a la
creatividad. El uso de la telecomunicación y la informática se
incrementó. Perdieron vigencia y apreciación social valores
materialistas que antes gobernaban los comportamientos humanos, como
el poder, el dinero, la posesión de bienes, el lujo, el éxito
profesional, la explotación especulativa de los semejantes. Se
decantaron como preferidos otros valores en la consideración de la
gente, como la generosidad, la solidaridad, la amabilidad, la
sociabilidad, la familia, el respeto al prójimo, el amor al medio
ambiente. La televisión, aún siendo un avance tecnológico
perfectamente sostenible, redujo su programación a cuatro horas
diarias por considerarse que su incidencia en la degradación de los
valores del hombre de la civilización anterior había resultado
altamente negativa. Sí, se continuaron celebrando actos culturales
públicos, como representaciones teatrales, proyecciones
cinematográficas, conferencias y todo tipo de eventos culturales,
pero se mantuvo la intimidad de los hogares protegida de la invasión
por medios externos de incontrolada influencia. Se descentralizó el
poder y se impidió por todos los medios la personalización de
cargos públicos con capacidad decisoria sobre la vida, los sistemas
o los medios de la comunidad. Se establecieron órganos colegiados de
turno rotatorio que pensaban sobre los problemas y asuntos de la
colectividad, pero, las decisiones, siempre se tomaron por el pueblo
de forma previamente definida y estadísticamente fiable, y, siempre,
respetando los cánones que constituyeron aquel acuerdo que se firmó
hace ya ciento cuarenta años. Se crearon también organizaciones de
vigilancia, de carácter supraestatal, cuyo ámbito de actuación
alcanzaba todo el territorio de los Pueblos Unidos del Mundo,
encargadas, por ejemplo, de supervisar y autorizar o denegar las
nuevas iniciativas de todo tipo que pudieran surgir en cualquier
localidad, en función de su respeto de las condiciones del nuevo
sistema de vida mundial. Un nuevo sistema de vida que se ha sentado
en todo nuestro mundo y que es el que condiciona nuestra forma de
vivir actualmente. Una de estas organizaciones de control es la
OMCUPE (Organización Mundial para el Control del Uso y la Producción
Energética), en la cual yo desempeño mi trabajo como Técnica
Licenciada en Investigación de Nuevas Tecnologías, en su sede de
Nueva York. Desde hace veinte años, yo concretamente investigo en la
búsqueda de nuevas fuentes de energía no contaminantes y de
carácter renovable que nos permitan resolver, en un futuro, las
carencias de nuestras reservas del todavía, hoy por hoy,
imprescindible petróleo, para las muy reducidas actividades con
transporte autorizado. Mi área de investigación se ha centrado en
los últimos años en la producción de energía por medio de la
llamada fusión fría.
La producción de
energía eléctrica procedente de la fisión nuclear, que se
generalizó en la extinta civilización anterior, en la nuestra,
prácticamente se paralizó durante el periodo inicial de diez años
en el que se redujo de forma radical el consumo energético. Con las
antiguas centrales hidroeléctricas y las redes existentes, se podían
suministrar, sobradamente, las muy reducidas necesidades de consumo
de la muy reducida población mundial en aplicaciones estáticas.
Incluso, muchas centrales hidroeléctricas de las zonas actualmente
despobladas se cerraron, simplemente para evitar su mantenimiento.
Sólo pensando en asegurar las necesidades futuras de los medios de
transporte, se mantenía esta línea de investigación sobre la
fusión, o unión, nuclear en la que yo trabajaba. Como es sabido, en
el proceso de fisión, o división, el núcleo atómico de un
elemento pesado es dividido en partes por medio de radiación o
bombardeo con partículas nucleares, como neutrones e incluso
protones u otros núcleos, dando lugar a otros elementos menos
pesados y a una pérdida de masa paralela que se transforma en
energía, según la proporción definida en la conocida ecuación de
Einsten. Estos elementos pesados son muy radiactivos, y ése es el
principal inconveniente de este tipo de procesos. En el pasado, la
producción de energía por fisión o división nuclear dio lugar a
gravísimos accidentes, como el de Chernóbil en Ucrania en 1986 o
el de Tokaimura (Japón) en 1999. Las centrales nucleares por fisión,
en todo caso, generan una producción de residuos radiactivos cuya
acumulación es el otro de los grandes inconvenientes que
desaconsejan la producción de energía por este procedimiento. Por
eso, desde hace muchos años se ha perseguido la producción de
energía nuclear por el otro procedimiento, o sea, por medio de la
fusión o unión de dos núcleos ligeros para formar un núcleo,
también ligero, pero más pesado que los núcleos reaccionantes. En
este proceso también se produce una pérdida de masa que se
convierte en energía en la misma cantidad que predice la citada
ecuación einsteniana. La gran ventaja de los procesos de fusión
sobre los de fisión se deriva de que, al trabajar con productos
reaccionantes de núcleos ligeros, como el deuterio- un isótopo del
hidrógeno cuyo núcleo consta sólo de un protón y un neutrón, a
diferencia del uranio, por ejemplo, utilizado en la fisión, que
cuenta con noventa y dos protones y ciento cuarenta y tres neutrones-
es que estos núcleos ligeros no producen contaminación radiactiva
y, además, son muy abundantes en la naturaleza- el deuterio está
presente, por ejemplo, en el agua de mar en cantidades prácticamente
inagotables-. La dificultad que ha impedido la puesta en práctica de
este tipo de procesos de fusión radica en que, para que se fundan
dos núcleos de deuterio, y como resultado de esta unión se forme un
núcleo de tritio (dos protones y un neutrón), perdiendo el neutrón
que les sobra, que es, precisamente, la parte de masa que se
transformará en la energía buscada dando cumplimiento a la ya
varias veces citada ecuación E=Mc2. La dificultad de producir esta
unión, repito, estriba en que es necesario acercar entre sí los
dos átomos de deuterio reaccionantes hasta la total proximidad, y
para ello es necesario vencer unas fuerzas de repulsión
electrostática, definidas en la famosa ecuación de Culomb,
derivadas de que ambos núcleos tienen cargas eléctricas,
igualmente positivas, que, como es sabido, se repelen.
La dificultad para
vencer estas fuerzas iniciales de repulsión electrostática ha sido,
hasta el momento, insalvable. Como ejemplo, baste citar, que, una
forma de vencer esta resistencia sería por calentamiento de los
núcleos de deuterio hasta el estado de plasma, a temperaturas de
millones de grados, que son las que permiten que esta reacción se
produzca de forma espontánea en la superficie solar. Se pueden
reproducir estas condiciones de elevadas temperaturas, que den inicio
al proceso de fusión, por medio de una explosión nuclear provocada
por un proceso de fisión controlado. Esta línea de investigación
es la que se ha llamado la fusión en caliente. Hay otras líneas de
investigación de los procesos de fusión, como la fusión por
confinamiento o como la fusión en frío. En esta línea de
investigación, la fusión en frío, es en la que yo llevo trabajando
desde hace casi veinte años. Antes que yo, y a la misma vez que yo,
miles de personas integradas en instituciones públicas y privadas de
todos los países del mundo han estudiado durante años en esta
sugestiva línea. Eso sí, hasta la fecha sin resultados que puedan
ser explicados y demostrados de forma convincente y meridiana.
Las líneas de
investigación seguidas desarrollan hipótesis derivadas o deducidas
de conocimientos científicos básicos de los que se pueden
desprender prolongaciones no conocidas ni ensayadas que puedan
dirigirnos en el camino buscado. En ocasiones, hay que decirlo
también, la desesperación nos conduce, a los investigadores, al
seguimiento de intuiciones o corazonadas, que no tienen por qué
partir de una base científica acreditada y firme. Una de estas
corazonadas, tengo que confesar, me asaltó con ocasión de una
visita de tipo lúdico a un museo de carácter religioso que visité
en la ciudad de Nueva York, donde trabajo y resido. Se exhibía allí,
entre otras muchas cosas, una pequeña joya, un anillo, que
perteneció al tesoro de la Iglesia de la Cienciología, que mostraba
engarzada una pequeña y extraña piedra del tamaño de una lenteja,
más o menos, que refulgía de una forma inusual, y que llamó
poderosamente mi atención. Me puse al habla oficialmente con el
patronato que se encargaba de la conservación del museo,
identificándome como investigadora del OMCUPE y solicitándole que
me permitiera la extracción de una pequeña muestra vestigial de
aquella piedra.
Sólo tuve que poner
en contacto aquel polvillo con una corriente ionizada de agua de mar,
contenida en una cazoleta y encerrada en el interior de una gruesa
corteza de litio, para comprobar el calentamiento inmediato derivado
de la captación por la esfera de litio, de los neutrones emitidos
por la fusión de los núcleos de deuterio activados gracias a la
presencia de aquella pequeña muestra de sustancia refulgente.
Analicé la
composición de aquella muestra, con la sorpresa de encontrarme, no
ya un elemento desconocido, que no estaba en la tabla periódica,
sino un elemento que iniciaba una nueva tabla periódica. Porque
aquel elemento tenía una estructura atómica diferente a todos los
conocidos, contraria más bien. Sí, tenía la masa en su núcleo,
como el resto de los elementos. Doce unidades de masa atómica, es
decir, la misma masa que el carbono, pero la carga del núcleo, seis
unidades de carga, también como el carbono, era negativa. Seis
neutrones y seis antiprotones pues, constituían su núcleo, mientras
alrededor giraban seis anti-electrones, sin masa y con carga
positiva. Aquello era el anti-carbono, la antimateria. Esa
configuración atómica explicaba todo, explicaba que no hiciera
falta ningún esfuerzo para unir los dos núcleos de deuterio en
presencia de aquel anti-carbono que actuaba como puente de enlace.
Tenían cargas opuestas en sus núcleos y en lugar de fuerzas
electrostáticas de repulsión estaban sometidos a fuerzas de
atracción. Cómo había llegado a su lugar de origen ese nuevo
anti-carbono, cuál era su procedencia, cómo podía haberse
conservado, oculto e inactivo, y durante cuánto tiempo había
permanecido en donde quiera que fuera, eran toda una serie de
preguntas sin respuesta, que algún día sin duda se podrían
conocer, sin duda. Pero ahora, la noticia era otra: Habíamos
encontrado la piedra filosofal. Con aquella pequeña muestra de unos
microgramos de polvillo recogida del museo y un depósito de agua de
mar con la capacidad de un frigorífico normal de cualquier casa, se
podía abastecer de electricidad y calefacción a una vivienda
familiar durante toda la vida de aquella familia. La producción de
energía obtenida en aquel experimento inicial y la simplicidad
técnica del proceso hacían prever unas posibilidades de desarrollo
infinito en la producción y utilización de energías limpias. De
este sencillo descubrimiento se deducía la posibilidad de contar a
partir de ahora de unas nuevas fuentes energéticas inagotables, sin
ningún límite previsble derivado de costos ni de existencias
reducidas de las materias primas. Todo tipo de transporte:
terrestre, marítimo, aéreo, interplanetario, interestelar,
cualquiera de ellos era ahora susceptible de ser desarrollado a la
escala más ambiciosa imaginable. Cualquier tipo de vehículo, para
cualquier tipo de distancia concebible, en cualquier tipo de medio se
podría diseñar a partir de ahora, sin ningún tipo de limitación
en lo referente al suministro de combustible, del que podría
autoabastecerse, con total autonomía, con sólo encontrar una fuente
de hidrógeno, que podía ser simplemente el agua de un grifo, en el
hipotético caso de que, dicho vehículo, llegase alguna vez a agotar
su propio depósito de cien o doscientos litros. Eso sí, siempre que
encontrásemos una fuente de abastecimiento de aquellos poderosos
polvos blancos.
Esto daba un cambio
brusco, un giro de trescientos sesenta grados, a los pilares básicos
en los que se sustentaba aquella nueva comunidad humana mundial. Y el
pilar más fundamental de todos era la prohibición absoluta del
transporte de personas y materiales, tanto por los efectos
contaminantes que de la combustión de productos hidrocarbonados se
desprende, como, principalmente, por el déficit absoluto para el
resto de aplicaciones energéticas, si el transporte se generalizaba
de nuevo de forma incontrolada, que ya, anteriormente, fue el motivo
del mayor genocidio conocido en la vida del planeta.
Dirigí mis pasos en
primer lugar a encontrar el yacimiento de aquel increíble polvo
blanco. Indagué en el museo el origen de aquella piedra. Estaba todo
perfectamente documentado. La piedra fue donada a la Iglesia de la
Cienciología por una actriz francesa, muy conocida en los años
cincuenta del siglo veinte, llamada Mylene Boyard. Al parecer, ella
había recibido el anillo como regalo de su marido, un actor de cine
español, llamado Juan Luis Casares, que personalmente había
extraído aquella rara piedra de una cueva que se encontraba en una
finca de su propiedad, en un pueblo de la provincia de Albacete,
llamado Casares de la Sierra. Solicité y obtuve una autorización
especial de la alta dirección de la OMCUPE para desplazarme hasta
una ciudad llamada Alicante, en la que existía un aeropuerto
autorizado para seis vuelos al año. No hubo problema para conseguir
de forma especial la autorización de este vuelo adicional. Desde
Alicante, me desplacé en una caravana integrada por un grupo de seis
soldados africanos que me acompañaron y protegieron, en aquella
exploración a lomos de camello, a través de antiguas carreteras,
absolutamente invadidas por vegetación arbórea, hasta una zona de
sierra que se extiende al sur de la antigua provincia de Albacete. El
trayecto de ida nos llevó cinco días, al cabo de los cuales
entramos en contacto con los habitantes de aquella zona geográfica,
que curiosamente estaban organizados en una rudimentaria formación
estatal denominada la República de los Cuartero. Me di a conocer a
sus representantes, en su antiguo idioma castellano, que hablo
correctamente. Me presenté como una historiadora procedente del otro
lado del Atlántico que investigaba los orígenes de la gran matanza.
Comprendieron y aceptaron todas mis explicaciones con absoluta
naturalidad. Realmente, me di cuenta que nuestro mundo, el mundo
unido al que pertenecíamos ahora todos los pueblos que firmamos el
acuerdo que se llamó del Gran Sacrificio, estaba más desarrollado
que esta pobre República de los Cuartero, pero las diferencias
substanciales en nuestros conceptos, en nuestros principios e incluso
en las formas de vivir de ambas comunidades, eran mínimas. Me
explicaron cómo, por distintos tipos de razones, allí, en aquel
enclave, se produjo un asentamiento y agrupación de individuos
sobrevivientes del gran exterminio. Habían formado una comunidad
cerrada y habían elaborado unas rígidas normas basadas, parte en la
repulsa de los valores de la civilización anterior, que consideraban
causantes de la devastación, y parte también en la ideología
escrita y normalizada por los primeros creadores de la colonia, a los
que precisamente debían el nombre y la iniciativa de constituirse en
una república formal. Más o menos, todos ellos tenían algo en
común con aquellos primeros miembros fundadores de la república.
Precisamente, la persona que me albergó durante mi estancia,
aquellos dos meses que pasé en su comunidad, era una descendiente de
línea primogénita del propio creador de la República que todos
identificaban como Sebastián Cuartero.
A la vuelta a mi lugar
de trabajo realicé un informe completo para el comité directivo de
la OMCUPE, en el que explicaba el descubrimiento en todos sus
aspectos. Daba cuenta del yacimiento inagotable existente en la
República de los Cuartero de aquel anti-carbono, que se debía haber
conservado en aquella Cueva de las Estrellas durante millones de años
rodeado de las rígidas placas cristalinas de silicatos que formaban
aquella tierra arenosa, aislándolo del exterior y permitiendo
solamente aquellas fugas no significativas de partículas, que en sus
choques con iones metálicos presentes en algunas partículas
minerales existentes en la cueva provocaban aquel espectáculo de
apariencia estelar. Valoraba, objetivamente, en mi informe, la
trascendencia de los avances técnicos que aquello podría reportar.
Pero tampoco omití, ni un ápice la valoración del choque frontal
con el que aquella revolución técnica iba a embestir a nuestros,
hasta entonces, sólidos principios de organización y convivencia.
El comité debatió
ampliamente la trascendencia de la información recibida. No estaba
dentro de las competencias del comité la aprobación o la denegación
de aquella nueva iniciativa, pero sí su propuesta a la opinión
pública mundial. Por otro lado, el efecto demoledor de aquel avance
científico sobre el sistema establecido en todo el mundo conocido,
al que servía nuestra organización, era de una claridad meridiana.
Pero, las ventajas y posibilidades que ofrecía la nueva implantación
y el desarrollo del transporte a los presentes y futuros pobladores
del planeta eran asimismo también considerables, sin reportar por
otro lado los graves perjuicios que se derivaban de los antiguos
medios de transporte basados en la combustión de productos
carboníferos. Los miembros del comité, partidarios en su totalidad
del mantenimiento de los sistemas vigentes, y legítimamente
autorizados para haber rechazado la innovación, sin temor a ningún
tipo de rectificación, moralmente se sintieron en la obligación de
traspasar la decisión a los genuinos interesados, es decir: al
pueblo. Y así lo decidieron. Se informaría de forma completa y
masiva y se sometería a decisión estadística del uno por mil de la
población, que era un procedimiento legalmente establecido,
científicamente válido y suficiente para validar el sentido de la
opinión pública sobre cualquier tema.
Se explicó todo. A
fondo, por medio de películas, por medio de conferencias. Se
elaboraron recreaciones con ordenador con la proyección a futuro de
la nueva realidad que el descubrimiento de la nueva fuente de energía
podía generar. Se desempolvaron antiguas imágenes con secuencias de
la vida diaria en aquella antigua civilización ya tanto tiempo
desaparecida.
No era la nuestra,
hablando en términos de medias, una población inculta, ni nuestra
cultura podía considerarse poco refinada. Tecnológicamente, sí,
éramos una sociedad limitada. Sobre todo era deficiente el
aprovechamiento funcional de nuestros conocimientos técnicos. Porque
los conocimientos de la antigua civilización los seguíamos
conservando y ampliando, pero no así se avanzó en la explotación
práctica de estos conocimientos. Por tanto, éramos sensibles a los
estímulos que el nuevo avance despertaba: Sí, era excitante poder
viajar al antiguo Egipto. Nos parecía increíble poder contemplar
las ancestrales pirámides a sus mismos pies, y visitar el, mucho más
próximo, gran cañón del Colorado, o la increíble ciudad de Nueva
York, para los que vivían en California, o bañarse en las
paradisíacas playas de Hawai; Paris y el Louvre seguían en pie, y
Roma, y, allí, en el Vaticano seguían frescos los frescos de Rafael
y los de Miguel Ángel. Lo íbamos a poder comprobar. Quién nos iba
a quitar ahora la ilusión de conducir un Mercedes de línea clásica
con turbina de hidrógeno o paladear un delicioso caviar ruso, o un
sabroso langostino de Huelva. Y más allá aún, era absolutamente
previsible la posibilidad de poder saltar la frontera de la atmósfera
con vehículos de escaso coste, de tamaño familiar, posibles de
adquirir y pilotar con un simple carné de aficionado. Ibamos a
navegar por el espacio exterior y podríamos comprobar, desde la
negrura del universo, la luminosidad reflejada por nuestro
maravilloso planeta azul. Es más ¿Qué habría más allá de Orión?
Todo eso nos lo hicieron ver. Nos lo pasearon por nuestros ojos, por
nuestras pantallas cinematográficas, por televisión, por nuestros
medios de comunicación, suficientemente, cumplidamente, antes de las
votaciones. También, cómo no, nos repasaron cumplidamente,
sobradamente, imágenes procedentes de un pasado que no habíamos
conocido. Nos enseñaron las carreteras y calles saturadas de
vehículos, cualquier día, a la salida o a la entrada del trabajo,
las modernísimas autovías, cuando aún no estaban pobladas de la
selva invasora, un día de regreso de vacaciones. Los aeropuertos
saturados en las épocas de verano o navidades, la euforia compradora
que se desataba el día de las rebajas en unos grandes almacenes, el
metro en hora punta, los plásticos dando vueltas de aquí para allá
sobre las claras aguas de un lago o en la más lejana de las islas.
Lla lavadora vieja abandonada en el curso seco de un río, las
huelgas de agricultores incapaces de vender a buen precio su cosecha
de patatas, el terrorismo fanático, el chabolismo en las afueras de
una gran ciudad, y, en el lado opuesto, el gran chalet levantado en
medio de una reserva natural por un millonario galáctico, más allá,
una urbanización de adosados construida entre un estercolero
macrourbano y unas vías de ferrocarril de un tráfico insufrible.
Humanísticamente, éramos una sociedad que había sabido rumiar su
propio fracaso, que había sabido reflexionar sobre sus propios
errores y había sabido aceptarlos, reconocerlos y trazarse un nuevo
sendero. Pero ahora nos encontrábamos en la encrucijada de averiguar
si todo aquello era algo asumido por obligación o realmente habíamos
llegado a un nivel superior de conciencia ¿Éramos una sociedad
feliz? ¿Era la nuestra una sociedad satisfecha?
El uno por mil de la
población mundial alcanzaba la cifra de dos millones de personas,
distribuidas de forma heterogénea por los cinco continentes, pero
todos comunicados y organizados con medios de telecomunicación y
normalización funcional para llevar adelante la consulta prevista.
Era frecuente realizar sondeos con este formato para consultar, de
forma vinculante, la opinión pública sobre diversos temas puntuales
de modernización o cambio. No salió ningún fantoche a decirnos lo
que iba a votar él, o lo que deberíamos votar nosotros. No hacía
falta, ni lo hubiéramos escuchado. La opinión pública obtenida en
aquellas consultas era objeto de la más alta consideración, del más
alto grado de priorización que se podía otorgar a una decisión.
Todos y cada uno de nosotros disponíamos de un código de
identificación individualizado mundial, el CIIM, constituido por
nueve dígitos numéricos y una letra final. En aquella ocasión,
como siempre se hacía en estos casos, se sorteó el número de tres
dígitos en que finalizaba el código de identificación de los que
tenían que votar aquella crucial decisión. Recuerdo que la
terminación que correspondió fue la 946. Yo tengo la 746. No me
tocó por un número, pero me dio igual, asumía absolutamente la
representatividad que el puro azar le confería a la muestra. Los
votantes tenían todo un mes para votar. El primer día del mes de
mayo de aquel año 141 después del Gran Sacrificio, se iba a
realizar el recuento de los votos y, a última hora de la noche, ya
se iba a hacer público el resultado. No hubo sorpresas. Yo siempre
lo supe. Incluso lo celebré con anticipación. Mayoritariamente,
masivamente, el pueblo dijo no. No quisieron cambiar. Lo decidieron
ellos, lo decidimos todos, la estadística no miente. Todos valoramos
lo que teníamos, lo que se nos daba gratuitamente, para disfrutarlo,
para conservarlo. No hacía falta comprobar que nuestro planeta era
azul visto desde el espacio exterior, lo importante es que nunca
dejara de serlo. Todos sentíamos la fragilidad, la fuerte fragilidad
de aquella nuestra pertenencia más preciada, todos nos sentíamos a
la vez frágiles y amenazados con ella y todos hicimos fuerte nuestra
fragilidad uniéndonos para protegerla. Supimos renunciar a la gran
tentación. Sabíamos muy bien, o simplemente nos lo temíamos, que
cualquier medida, por insignificante que pareciera, adoptada de una
forma masiva podía tener consecuencias imprevisibles. Lo que se
llama el efecto mariposa acumulativo. No era una simple mariposa.
Éramos dos mil millones de mariposas, motorizadas y avaladas por un
carné interestelar. En fin, lo decidimos entre todos, sin presiones,
sin intereses, de corazón, y democráticamente. Yo lo supe al día
siguiente, aquella tarde, como digo, lo estuve celebrando
anticipadamente y al final me quedé dormida. Me había traído
conmigo una botella de vino blanco semi-dulce de Casares, nunca había
probado el vino, no se cultivan vides en Nueva York. Creo que me
mareé mientras escuchaba aquella música, que también me traje
grabada en un CD, de allí, de la pequeña Republica de Cuartero.
Recuerdo que el CD se titulaba “Naves ardiendo más allá de Orión”
– mira lo que había- y el corte número ocho de aquel CD era
aquella canción de Ismael Serrano, llamada Fragilidad, que le
gustaba escuchar a Salomón y que terminaba así:
Quizá no sea tan
frágil
tu costumbre de
amarme,
mi fe,
tu voz y tu memoria.
¿Sabes? quizá me
equivoqué.
Quizá no sea
indestructible
el trueno del fusil,
el dolor,
la burbuja que
encierra este grito,
este temor a saberme
perdido,
a perderte y perder la
razón.
Yo soy frágil como el
cristal
si falta usted a esta
cita, mi
amor,
si el canto se llena
de olvido,
si el recuerdo se va
y ya no ríe conmigo.
Quizá no seamos
héroes,
pero aún seguimos
vivos,
y en la crisálida su
voz estallará.
Y no se quedará
inmóvil al borde del camino
y hará futuro su
fuerte fragilidad.
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