CAPÍTULO 16

Leonid Afremov, pintor ruso actual

Explicaciones debidas....
Como habíamos convenido, al día siguiente fuimos a dar parte a la Guardia Civil de que el ganado de Naranjo había llegado suelto y solo hasta nuestras tierras y de que habíamos recogido a los animales y habíamos buscado a Naranjo por las cercanías sin encontrar de él rastro alguno. La Guardia Civil se personó en la casa de Naranjo, inspeccionó el aprisco y los alrededores, pasaron dos días buscándolo y, finalmente, achacaron su desaparición a un probable accidente, a un posible infarto, o algo similar. Estaban seguros de que aparecería cualquier día, muerto, por los alrededores, de muerte natural; era ya mayor y no estaba sano. Juan Luis le hizo notar al cabo que las ubres de algunas de las ovejas estaban congestionadas, como si hubieran dejado de dar de mamar de forma brusca a sus corderos, cosa que era cierta y evidente y, además, consecuencia lógica de lo que decía. Pero, si los corderos habían dejado de mamar, ¿Por qué habían dejado de mamar?, es más, ¿Dónde estaban aquellos corderos que habían dejado de mamar? No estaban. Los corderos que estaban, mamaban, y sus madres no tenían las ubres congestionadas. ¿Dónde estaban los corderos de aquellas ovejas que no tenían corderos? ¿No se los habrían robado? ¿Eh? ¿No se habrían llevado con ellos, aquellos posibles ladrones de corderos, al propio Naranjo? ¿Habíamos visto nosotros algo? No, nosotros no habíamos visto nada, absolutamente nada. Parecía lógico, según esta última hipótesis, esperar a que apareciera Naranjo, cualquier día, vivo o muerto, seguramente lejos de allí. Esperarían. Ya, dos o tres días después de la desaparición, era inútil buscarlo con vida. Pero, ¿Quién se iba a hacer cargo de las ovejas y de los corderos de Naranjo hasta que el señor juez designara a un responsable? ¡Hombre no, nosotros no! Era sólo cuestión de unos días. Nos compensarían por ello. En fin, si era sólo por unos días y tratándose de lo que se trataba.
Pasaron meses. Por allí no volvió a aparecer ni la Guardia Civil ni el señor juez ni, como era lógico, sabiendo lo que sabíamos, tampoco apareció Naranjo.
Por un lado, nosotros, como es de suponer, contentos. Pero el tema del ganado nos estaba representando un auténtico problema, pues ocupaba el tiempo de uno de nosotros, que, cada día, de forma rotatoria, nos tuvimos que emplear en sacar a pastar a aquel ganado. También hay que decir, para contarlo todo, los pros y los contras, que algunos de aquellos corderos que no se llevó el Sobón, contribuyeron a darle un poco de variación a nuestra dieta.
Juan Luis, por su parte, se enfrascó en la lectura de los cuadernos del abuelo, que fueron ampliamente comentados a partir de entonces en nuestras tertulias durante y después de las comidas.
Era curioso, la filosofía del abuelo se parecía tanto a nuestra forma de vivir en aquellos días que era como si estuviéramos poniéndola en práctica dos sucesores suyos, sesenta años después en el mismo sitio, de forma deliberada. El abuelo era enemigo del mercado, pues bien, nosotros estábamos ajenos al comercio, vivíamos olvidados del dinero, éramos, algebraicamente hablando, el elemento complementario de la sociedad de consumo. En una época, como en la que vivió el abuelo, después de la hambruna de la gran guerra, en la que toda la tendencia de la economía mundial se dirigía hacia la industrialización, a la transformación de la faz de la tierra a base de carreteras, autopistas, aeropuertos, fábricas, rascacielos, ciudades, excavadoras, deforestación, plastificación, el libre mercado etc., la filosofía que se desprendía de los cuadernos del abuelo era absolutamente todo lo contrario: el hombre debería adaptar su producción a su consumo, nada de mercado; era conforme en utilizar los recursos naturales, pero respetándolos y conservándolos; era un hombre dispuesto a la solidaridad, lo demostró de forma palpable cuando permitió a sus vecinos hacer uso de su almazara sin ningún costo, pero no participaba en el libre mercado; era capaz de mantener relaciones sociales, pero entendía, o había llegado a deducir, que estas relaciones sociales, cuando llegan a tomar dimensiones que escapan al control de los socios naturales, de las propias personas interesadas, y pasan a manos de representantes, por muy legítimos que sean, se vuelven absolutamente peligrosas. Los desastres de dos guerras, que vivió en primera persona, habían sido suficientemente explícitos. Para el abuelo, el núcleo familiar era el bastión detrás del cual debía parapetarse el hombre. La aldea de viviendas discontinuas era el referente social próximo y extremo hacia el que se podía permitir una apertura de relación y convivencia grata y conveniente, pero, más allá, para él, todo se volvía sospechoso. No me considero un ilustrado en este tema, pero, ese mundo de los cuáqueros, que alguna vez he podido contemplar indirectamente en alguna película americana, es algo aproximado a lo que yo creo que el abuelo entendía como su filosofía de vida, con la salvedad de que el abuelo no era creyente, toda su ideología tenía una base puramente racionalista, no estaba sometida a ningún tabú. Él era libre y quería sentirse libre de ningún tipo de imposición que no fuese discutible y libremente aceptada. Este principio le hubiera hecho imposible, supongo, la vida en una comunidad cuáquera de aquellas, tan rígidas y serías, que yo había visto en alguna película. Juan Luis, después de la lectura de aquellas ideas del abuelo, llegó a plantear que colocásemos un cartel en el camino, a la entrada de la finca, en el que anunciásemos que no comprábamos nada, que no vendíamos nada y que, de momento, tampoco recibíamos visitas. No estaba mal la idea, pero la verdad es que, desde que estábamos allí, aparte de Naranjo, no habíamos visto a nadie más, por lo que llegamos a la conclusión que la advertencia se revelaba directamente innecesaria.
Con relación al contenido de aquel tercer cuaderno del abuelo, a través del que pudimos conocer hechos cruciales que conducían a la revelación de la identidad del esqueleto aparecido en el sótano de la almazara y al descubrimiento tardío por parte de Juan Luis de sus auténticos orígenes, nunca sabremos si el abuelo había vertido allí aquel relato con la finalidad de dejar escrita una confesión, una justificación o, simplemente, la explicación de la verdad de lo ocurrido en dos noches que marcaron su vida y determinaron varias muertes. La segunda de estas noches empezó con una llamada, alguien vino a transmitirle que acudiera al pueblo, era urgente, un vecino, a quien el abuelo conocía poco más que de vista, estaba agonizante, se moría y había pedido que le llevaran a su presencia a Sebastián Cuartero. Tenía que hacerle una confesión, le dijo con voz apenas audible, cuando estuvieron solos, aquel hombre, a quien, a pesar de que se llamaba Marcelino Paniagua, todo el mundo en el pueblo, conocía como Marcelino Pan y Vino, porque todos sabían perfectamente cual era la auténtica bebida que Marcelino prefería para amortiguar la sed entre  desayuno y desayuno. La revelación era mitad confesión mitad acusación. Se lo dijo bien claro: Él había sido uno de los dos hombres que estuvieron en su casa aquella otra noche, la más fatídica noche de su vida, la noche de sus noches, la noche del asesinato de sus padres. El hombre se confesó borracho también aquella vez, como siempre, participante festivo en una jarana que terminó en tragedia, una tragedia que le había perseguido, desde entonces, en todas sus pesadillas de borracho y que sólo, a última hora, en aquella obligatoria sobriedad de la agonía, había revivido en su dimensión real, terrible y sangrienta y había sentido la necesidad de aligerar aquel tremendo peso de la culpa, con la descarga de la confesión que le estaba haciendo. No le pedía el perdón, no había hecho nada para merecerlo, no le había llamado tampoco para delatar al otro culpable, pero, si quería saber su nombre, estaba dispuesto a decírselo.
-Dame su nombre- le pidió el abuelo.
- También iba borracho como yo, es cierto, pero fue él, el inductor de todo. Fue tu amigo Jonás.- le reveló el moribundo.
- Estás muerto Marcelino – le respondió el abuelo separándose de su lado, al pie de la cama, donde había tenido que permanecer para escuchar todo aquel mensaje, de aquella voz agonizante, entrecortada y débil.- Ya has pagado tu crimen – prosiguió-. Tu condena ha sido larga, ha sido tu propia vida. Fuiste condenado, de forma anticipada, el mismo día que naciste. Ahora, ya estás a punto de cumplir con tu pena. En unas horas serás libre. Te quedan horas, no muchas más de las que le quedan a tu cómplice.
Se fue directo a la casa de campo de Jonás, donde sabía que podía encontrarle. Era verano. En el jardín delantero de la casa, Marianela, su antigua novia, ya mujer madura, esparcía sobre las plantas, con sus manos, el agua contenida en un cubo de hojalata, la última labor del día antes de irse a la cama. Su marido, Jonás, sentado en una silla, recostada sobre la pared de la casa, miraba hacer a su mujer, disfrutando del frescor que aquel pequeño riego nocturno aportaba al seco y cálido ambiente.
No le oyeron llegar, amortiguaron sus pisadas el chapoteo del agua del cubo y el crepitar de las gotas sobre el suelo. No le percibieron hasta que pronunció las primeras palabras.
- Buenas noches asesino.- le dijo.- Buenas noches, Marianela. Quisiera pedirte que nos dejaras un momento solos. Tengo una cuenta pendiente con este marido tuyo, a quién, hasta ahora, consideraba tan sólo un ladrón y un mal amigo, pero, esta noche, acabo de enterarme de que es también un asesino. Esta noche, acabo de saber que fue él quien mató a mis padres.
Marianela dejó caer al suelo el cubo de agua. Jonás, sobresaltado, intentó levantarse precipitadamente de aquella silla mal asentada sobre sus patas traseras. Podía haber sido una larga e igualada pelea, pues eran los dos de similar estatura y corpulencia, pero resultó tan corta que no podemos considerarla ni una simple escaramuza. El abuelo, indignado como iba, sólo tuvo tiempo de darle una primera bofetada, con la mano abierta, con el revés, al acercarse a él, cuando todavía Jonás estaba sentado, intentando incorporarse. El impulso de la manotada, su propio movimiento, la mala postura de la silla, el borde del cercano escalón, la mala suerte. Ya no se levantó. Se desnucó del golpe, en la caída. No tuvo tiempo de dar explicaciones, que casi sobraban, pues su propia conducta le delataba tanto o más que las palabras del borracho moribundo. Fue el abuelo quién tuvo que explicarle a Marianela, lo que le había llevado hasta allí, tan tardíamente, para consumar aquella postrera venganza. La reacción de Marianela no fue de dolor, no fue de rabia contra aquel que acababa, si no de dejarla viuda directamente, de actuar como agente desencadenante del accidente mortal que la había cambiado, de un golpe, nunca mejor dicho, su estado civil. La actitud de Marianela no fue la propia de una viuda, sino más bien la de una novia que ayuda a su amado a salir de un mal paso.
- Tenemos que enterrarlo- le dijo- No hay nadie en la casa. Yo diré que se ha ido, que se ha marchado sin decir adiós. Que me ha abandonado. Que se ha ido con otra. Yo seré la víctima ante el pueblo, y él, un desaparecido sin rastro, que nunca nadie más volverá a ver.
Lo enterraron allí, en aquella cueva arenera que había mandado abrir Jonás para extraer de ella la argamasa para la construcción de la nueva almazara, la que levantó encima mismo de la cueva y en la que, a partir de entonces, extrajo el aceite de sus olivares sin tener que recurrir a triquiñuelas para que se la moliera su vecino sin siquiera saber que era suya. El abuelo descubrió en aquella señalada ocasión “La Cueva de las Estrellas” y también la describió en su cuaderno como una visión irreal. Allí sintió la sensación de ser transportado hasta el espacio exterior, mientras Marianela le hacia nuevas revelaciones, que le convertían, así, de pronto, en padre de otro hijo. Le contó que, aunque aún ella no lo sabía, cuando se marchó el abuelo al servicio militar, al estallar la guerra, ya estaba embarazada del hijo que tuvo luego, de Juan Luis. Le siguió contando que, cuando lo supo, se asustó, que no tenía forma de avisarle, que temió decírselo a sus padres, que, en cambio, se lo confió a su mejor amigo, a Jonás. Éste la amparó, y la propuso ampararla aún más, él se casaría con ella, sería el padre de su hijo ¿ Quién sabe si volvería con vida Sebastián?  Ella agradeció el calor de aquel cobijo, se sintió apoyada, aquel acto de protección de Jonás la conquistó y, en su debilidad, consintió. Después de la boda, la actitud de Jonás cambió inexplicablemente. La maltrataba de palabra y obra. E igual ocurrió con el hijo que nació después, nunca fue un padre para él. Antes de casarse, ella era un trofeo apetecible, era la novia de otro, la mujer que le estaba quitando a su mejor amigo, después era la esposa que le había traído un hijo de otro, la mujer que había sido antes que de él de aquel amigo a quien él quiso burlar. Este amigo se convirtió en el culpable de su vergüenza, en la cicatriz incurable de su orgullo herido. Y quizá esto fue lo que le llevó al disparadero de la venganza en la persona de sus padres. Todo quedaba explicado de una forma estúpidamente lógica y malévola.

Y del conocimiento surgió la paz. Y allí, en el silencio de aquella penumbra maravillosa y extraña, sabiendo bajo sus pies, definitivamente alejado, infinitamente lejos, a aquel monstruo malvado que no respetó sus vidas, que transmutó los destinos de sus sueños, que desató su irá y su venganza sobre las almas de los inocentes, se sintieron flotar entre las estrellas y, en el breve transcurso de una noche, recuperaron casi la plenitud de la vida que les habían arrebatado, gozaron a la vez del dulce sabor del triunfo final sobre el malvado allí muerto, de la euforia juvenil de un inesperado reencuentro y de la madura y amarga emoción de la inevitable y voluntaria despedida, que acordaron allí, aquella misma noche. Marianela se marchó unos días después a vivir a Madrid, para no volver nunca jamás a Casares. Por el pueblo se hizo circular aquella historia del abandono de Jonás y de la marcha de Marianela cerrando tras de sí la puerta del olvido. Ésta fue también la versión que le llegó a Juan Luis, en Francia, por medio de una larga carta de su propia madre, donde, también, le hacía saber sus nuevas señas en Madrid.
Silvie Vartan...


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