CAPÍTULO 21



Un viaje sorprendente...

Preparamos la partida de Mohamed con la esperanza no confesada de que al llegar a Alicante viera las cosas de otra manera y resolviera volverse. Aquella marcha era como una mutilación para aquel cuerpo nuevo que habíamos integrado entre los siete y como tal la sentíamos, pero debíamos transigir con la legítima voluntad del muchacho, que, sintiendo abandonarnos, que, aún sabiendo que se enfrentaba a una huida hacia adelante en la que seguramente perdería la vida, seguía con su empeño, que no era otro que el de intentar reunirse con su familia, a quienes creía vivos y necesitados de su apoyo.
Preferimos llevarnos la furgoneta de Joaquinillo, más pequeña y más económica que la mía. Joaquinillo no se olvidó de echar en la parte de atrás su ametralleta, por si nos salían los Jalan, que no se fueran a ir de vacío. También cargamos una garrafilla de diez litros con gas-oil, por si acaso, aunque el depósito de la furgoneta, lleno como iba, nos aseguraba el viaje de ida y vuelta sin repostar. Echamos dos corderos y un poco de pienso, más que nada para darle un poco de moral a Mohamed, para que se los llevara de regalo a su familia. Joaquinillo y yo le acompañaríamos hasta Alicante.
Salimos de noche, igual que hicimos en nuestro último viaje, para evitar ser vistos en lo posible. No encontramos ningún obstáculo, ni en la travesía de la sierra, ni después en todo el recorrido por la autopista hasta llegar a Alicante, sólo un desagradable olor a gas-oil.
- No, no es a gas-oil a lo que huele, es a mierda. Es que una vez se le derramó a la Julita una cántara de leche, y aunque la limpié bien y requetebién, con agua y jabón y todo, se ve que se le metió la leche entre las juntas del suelo, y se pudrió, y no se le va el olor de ninguna manera- me corrigió Joaquinillo.
- Vale- contesté-, Joaquín, huele a mierda, no lo voy a negar, pero, yo diría, que también huele a gas-oil.
No me equivoqué, pronto se pudo comprobar.
Como unos diez kilómetros antes de llegar a la circunvalación de Alicante, nos encontramos la autovía cortada por un muro de hormigón que nos impedía el paso. Nos bajamos del coche, sin parar el motor, para constatar que nos teníamos que dar la vuelta. Mohamed se empeñaba en que le dejásemos allí, que él ya llegaba andando, pero no le hicimos caso y decidimos desandar el camino y coger una desviación que acabábamos de pasar, que nos llevaba hasta Elche. Íbamos a subir de nuevo al vehículo, que apestaba a gas-oil por fuera muchísimo más que en el interior, cuando escuchamos como un ruidito extraño que salía del motor. Encendí la linterna y abrí el capó, que refulgía de limpio, chorreaba de gas-oil. Una tubería de retorno de la bomba de inyección presentaba libre un orificio, por el que fluía libremente un chorrito de gas-oil a presión. Allí debería haber habido un pequeño tapón, un simple taponcito de goma, que por las razones que fueran no estaba en su sitio. Aquel maldito tapón, no sólo nos había apestado el viaje, posiblemente nos hubiera puesto en el brete de tener que volver andando. Hicimos un sustituto del tapón con un trocito de tallo de un olivo próximo, de un diámetro similar al del orificio, forrado con un trozo de plástico que recortamos de una bolsa que había tirada por allí.
Bordeamos Elche en dirección a Santa Pola, siguiendo instrucciones de Mohamed, por si acaso la autovía de Murcia estuviera cerrada también al llegar a Alicante. Cuando llegamos a Santa Pola seguimos una estrecha carretera paralela a la playa, que unía una serie de urbanizaciones a las que llamaban Santa Pola del Este. Cuando rodeamos el cabo en el que se encuentra el antiguo faro de este pueblo pesquero, recibimos un nuevo impacto para el que no estábamos preparados. Serían como las cinco de la mañana de aquel veintidós de diciembre en que tradicionalmente se celebraba el sorteo de lotería de Navidad. Cualquiera que hubiera visto la alegría que nos invadió en aquel momento, el griterío de júbilo con el que festejamos aquella vuelta de la carretera, años atrás y en aquel mismo día, se hubiera sentido envidioso de nuestra suerte: sin duda nos acababa de tocar la lotería. Desde el cabo de Santa Pola, la ciudad de Alicante, a lo lejos, se extendía a la vista brillante como una galaxia. En la oscuridad de aquella madrugada, la luz eléctrica nos revelaba el mayor de los premios; sí que nos acababa de tocar la lotería: Allí había gente, mucha gente, a la que no le preocupaba la crisis energética. No estábamos solos. Según nos acercábamos nos surgieron nuevas dudas, referentes a la posibilidad de encontrarnos metidos de golpe en una ciudad de los jalan, y eso nos decidió a movernos con precaución y no hacernos notar hasta saber bien en dónde estábamos. Llegamos a Alicante sin problemas ni obstáculo alguno. A pesar de la hora, ya circulaban algunos vehículos con las luces todavía encendidas. También el alumbrado de las calles permanecía iluminado. La hermana de Mohamed vivía por el centro de la ciudad, que, por cierto, afortunadamente, no olía igual que Albacete, claro que, con aquella peste a gas-oil que traíamos encima, resultaba difícil saber a qué podía oler Alicante. Había aparcamiento de sobra en aquella estrecha calle. Mohamed se bajó del coche, nosotros nos quedamos esperándole en el interior de la furgoneta. Vimos como cruzaba la calle y llamaba al timbre en una casa de vecinos de tres pisos, de estrecha fachada. Observamos con ansiedad la espera de Mohamed ante aquella puerta, atentos a si salía alguna respuesta por aquella rejilla de la pared, el llamado portero automático. Vimos gesticular a Mohamed ante aquel aparato. ¡Le habían contestado! Nos hizo una seña de que esperásemos y entró al interior del edificio. Sentimos que un peso, que hasta ese momento nos aprisionaba, se nos quitaba de encima y nos miramos satisfechos, haciendo gestos de asentimiento con la cabeza, reconociendo la intuición de Mohamed, sin atrevernos a hablar, no fuera a ser que se nos quebrara la voz y nos viéramos allí abrazados y llorando como dos mujercitas.
Al poco, bajó Mohamed y nos indicó que le acompañásemos. Nos llevamos también los dos corderos. Les iban a venir al pelo para celebrar el ramadán. Nos recibió en chilaba Hassan, el cuñado de Mohamed, un tanto nervioso y desconfiado por aquella visita a horas tan intempestivas, de un cuñado a quien llevaba sin ver desde hacía más de dos años, a quien creía muerto y que venía acompañado de dos cristianos que, encima, le traían al piso dos corderos. ¿Qué iba a hacer él con dos corderos? Le urgió Mohamed que le pusiera al corriente del estado de su hermana y sus sobrinos y que acto seguido nos explicara a los tres la situación en que se encontraba Alicante, tan diferente de la que sabíamos que estaba el resto de España, por lo menos el resto de España por la que habíamos pasado en aquel apestoso viaje que teníamos a medio hacer.
Hassan tranquilizó en primer lugar a Mohamed, su hermana y sus sobrinos estaban bien en Casablanca, también lo estaban sus padres. En Marruecos no había pasado nada. Ni en Marruecos ni en los países árabes de la ribera mediterránea había ocurrido nada parecido a lo que, hacía justamente un año, había acabado con la población de toda Europa, nos confirmó la idea que ya teníamos.
Ellos se marcharon antes de que sucediera, les avisaron, sin explicarles la razón, para que volviesen inmediatamente y que igualmente le hicieran saber a sus vecinos y amigos la necesidad urgente de regresar. Ni remotamente se les ocurrió pensar en aquello, pero, obedientes, volvieron. Coincidía también la celebración del Ramadán, aunque aquel año el ayuno del Ramadán anterior parecía no haber terminado todavía. Al llegar lo supieron todo, el suyo fue el último ferry que salió de Alicante. Había un acuerdo entre todos los países productores para cortar drásticamente el suministro de petróleo al resto. Al parecer, nos explicó Hassan, los informes técnicos que manejaban los países productores estaban equivocados en la evaluación de las reservas de crudo que, hasta entonces, se estimaban en cincuenta años. En aquel momento, informes fidedignos revelaban con total certeza que, al ritmo de consumo actual, no en cincuenta, sino en tan sólo diez años no habría petróleo para nadie. Era imposible en ese tiempo reconvertir los sistemas de vida en sentido regresivo, hacia un consumo menor. De no tomar una medida radical, en menos de diez años no quedaría nadie en el planeta para contarlo. La decisión era clara, o ellos o ninguno. Si cortaban el suministro de golpe, los países consumidores natos iban a perecer. Aquello era mandarlos directamente al matadero, pero cesaría también de golpe el enorme consumo de aquella parte de la humanidad y ello posibilitaría la salvación del resto. Sólo con la reducción a cero del consumo de Europa, las reservas de petróleo en los países del norte de África, sin realizar suministros a terceros fuera del continente, que fue el acuerdo alcanzado, se podía alargar a más de doscientos años. En otros países productores, como en Estados Unidos, con un ritmo de consumo considerablemente más alto, ese número se reducía a sólo cien años, pero éstos controlaban plataformas en otros continentes y ésas las iban a mantener. A partir de esta situación, en todos los países sobrevivientes se iba a producir una remodelación de los sistemas de vida imperantes, esos sistemas de vida al estilo consumista occidental que habían prevalecido en todo el mundo en el último siglo y que habían sido la causa directa de aquella catástrofe. Se implantarían nuevos sistemas de organización demográfica con agrupaciones urbanas más pequeñas, totalmente autárquicas, con eliminación de todo tipo de transporte, el grande y el pequeño, el de materias primas y el de productos, daba igual por tierra, mar o aire. Seguiría existiendo, eso sí, el sistema de telecomunicaciones y también posibilidades de transferencias físicas de carácter extraordinario, pero el nuevo sistema, mientras no se descubriese una nueva fuente de energía que asegurase un consumo continuado y posible, estaría basado en el ahorro energético, que a su vez era la medida que se venía reclamando desde hacía ya más de cincuenta años por todas las instituciones científicas y ecologistas para la conservación de la vida humana en el planeta.
Ellos estaban allí, de nuevo- prosiguió su relato el cuñado de Mohamed-, desde hacía cinco meses más o menos. Habían vuelto para instalar una base en Alicante, tenían que mantener en buen estado de funcionamiento el aeropuerto y el puerto marítimo. Estaban poniendo en uso todas las centrales hidroeléctricas de las cuencas hidrográficas españolas y europeas. El proyecto que desarrollarían a continuación era la colonización de toda la zona litoral del Mediterráneo europeo con población africana procedente de zonas en que las condiciones ambientales eran inhóspitas por su extrema aridez.
Ésa era la situación. La población que había en Alicante actualmente eran todos militares y técnicos marroquíes. Él había venido por ser conocedor de la zona, por haber vivido allí con anterioridad. Conducía un autobús que hacía el servicio entre Alicante y el aeropuerto del Altet. Hassan sentía mucho el desastre humano que aquella tremenda decisión había producido. También muchos compatriotas suyos habían perecido en aquel apagón, incluso él y su familia se salvaron por los pelos, pero comprendía que los que habían tomado aquella resolución no habían tenido otra salida. Tuvieron que decidir entre ellos o nadie y optaron por ellos. En realidad era la misma elección, pero en sentido contrario, que se había venido tomando, cada día, desde hacía más de cien años, en los países occidentales.

Después de descansar unas horas en la casa de Hassan, empezamos a preocuparnos de nuestro regreso. Bajamos al coche para inspeccionar el estado del tapón provisional que habíamos colocado en el extremo de la tubería de gas-oil. El tapón no estaba, se había vuelto a caer. El nivel del depósito y los diez litros que teníamos en la garrafita, con un consumo normal de la furgoneta, nos permitirían hacer, como mucho, unos ciento cincuenta kilómetros, pero, si no arreglábamos el asunto del tapón, en esas condiciones, no llagábamos ni a Villena que distaría unos ochenta kilómetros de Alicante. Para llegar a nuestro destino nos quedaban alrededor de trescientos veinte kilómetros. Nos preocupamos de encontrar en las calles alguna furgoneta como la que llevábamos. No nos costó mucho encontrar una exactamente igual, ni romperle el cristal del conductor para abrirle después el capó y quitarle el tapón de goma que le faltaba a la nuestra. Ahora había que encontrar la forma de conseguir al menos otros diez litros de gas-oil que nos permitieran el regreso hasta Casares. El cuñado de Hassan lo veía difícil. Había, en uso, sólo una estación de servicio, en el aeropuerto, y sólo suministraba a los vehículos autorizados. Pero, aquella noche, él tenía un servicio especial. Debería llevar a un grupo de personas al aeropuerto para un vuelo directo a Dubay, podríamos pararlo, ya en la carretera, y él, tratándose de una emergencia, se detendría y nos permitiría sacar desde el depósito de su autobús el gas-oil que necesitábamos. Así acordamos.


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