Un viaje sorprendente...
Preparamos la partida
de Mohamed con la esperanza no confesada de que al llegar a Alicante
viera las cosas de otra manera y resolviera volverse. Aquella marcha
era como una mutilación para aquel cuerpo nuevo que habíamos
integrado entre los siete y como tal la sentíamos, pero debíamos
transigir con la legítima voluntad del muchacho, que, sintiendo
abandonarnos, que, aún sabiendo que se enfrentaba a una huida hacia
adelante en la que seguramente perdería la vida, seguía con su
empeño, que no era otro que el de intentar reunirse con su familia,
a quienes creía vivos y necesitados de su apoyo.
Preferimos llevarnos
la furgoneta de Joaquinillo, más pequeña y más económica que la
mía. Joaquinillo no se olvidó de echar en la parte de atrás su
ametralleta, por si nos salían los Jalan, que no se fueran a ir de
vacío. También cargamos una garrafilla de diez litros con gas-oil,
por si acaso, aunque el depósito de la furgoneta, lleno como iba,
nos aseguraba el viaje de ida y vuelta sin repostar. Echamos dos
corderos y un poco de pienso, más que nada para darle un poco de
moral a Mohamed, para que se los llevara de regalo a su familia.
Joaquinillo y yo le acompañaríamos hasta Alicante.
Salimos de noche,
igual que hicimos en nuestro último viaje, para evitar ser vistos en
lo posible. No encontramos ningún obstáculo, ni en la travesía de
la sierra, ni después en todo el recorrido por la autopista hasta
llegar a Alicante, sólo un desagradable olor a gas-oil.
- No, no es a gas-oil
a lo que huele, es a mierda. Es que una vez se le derramó a la
Julita una cántara de leche, y aunque la limpié bien y requetebién,
con agua y jabón y todo, se ve que se le metió la leche entre las
juntas del suelo, y se pudrió, y no se le va el olor de ninguna
manera- me corrigió Joaquinillo.
- Vale- contesté-,
Joaquín, huele a mierda, no lo voy a negar, pero, yo diría, que
también huele a gas-oil.
No me equivoqué,
pronto se pudo comprobar.
Como unos diez
kilómetros antes de llegar a la circunvalación de Alicante, nos
encontramos la autovía cortada por un muro de hormigón que nos
impedía el paso. Nos bajamos del coche, sin parar el motor, para
constatar que nos teníamos que dar la vuelta. Mohamed se empeñaba
en que le dejásemos allí, que él ya llegaba andando, pero no le
hicimos caso y decidimos desandar el camino y coger una desviación
que acabábamos de pasar, que nos llevaba hasta Elche. Íbamos a
subir de nuevo al vehículo, que apestaba a gas-oil por fuera
muchísimo más que en el interior, cuando escuchamos como un ruidito
extraño que salía del motor. Encendí la linterna y abrí el capó,
que refulgía de limpio, chorreaba de gas-oil. Una tubería de
retorno de la bomba de inyección presentaba libre un orificio, por
el que fluía libremente un chorrito de gas-oil a presión. Allí
debería haber habido un pequeño tapón, un simple taponcito de
goma, que por las razones que fueran no estaba en su sitio. Aquel
maldito tapón, no sólo nos había apestado el viaje, posiblemente
nos hubiera puesto en el brete de tener que volver andando. Hicimos
un sustituto del tapón con un trocito de tallo de un olivo próximo,
de un diámetro similar al del orificio, forrado con un trozo de
plástico que recortamos de una bolsa que había tirada por allí.
Bordeamos Elche en
dirección a Santa Pola, siguiendo instrucciones de Mohamed, por si
acaso la autovía de Murcia estuviera cerrada también al llegar a
Alicante. Cuando llegamos a Santa Pola seguimos una estrecha
carretera paralela a la playa, que unía una serie de urbanizaciones
a las que llamaban Santa Pola del Este. Cuando rodeamos el cabo en
el que se encuentra el antiguo faro de este pueblo pesquero,
recibimos un nuevo impacto para el que no estábamos preparados.
Serían como las cinco de la mañana de aquel veintidós de diciembre
en que tradicionalmente se celebraba el sorteo de lotería de
Navidad. Cualquiera que hubiera visto la alegría que nos invadió en
aquel momento, el griterío de júbilo con el que festejamos aquella
vuelta de la carretera, años atrás y en aquel mismo día, se
hubiera sentido envidioso de nuestra suerte: sin duda nos acababa de
tocar la lotería. Desde el cabo de Santa Pola, la ciudad de
Alicante, a lo lejos, se extendía a la vista brillante como una
galaxia. En la oscuridad de aquella madrugada, la luz eléctrica nos
revelaba el mayor de los premios; sí que nos acababa de tocar la
lotería: Allí había gente, mucha gente, a la que no le preocupaba
la crisis energética. No estábamos solos. Según nos acercábamos
nos surgieron nuevas dudas, referentes a la posibilidad de
encontrarnos metidos de golpe en una ciudad de los jalan, y eso nos
decidió a movernos con precaución y no hacernos notar hasta saber
bien en dónde estábamos. Llegamos a Alicante sin problemas ni
obstáculo alguno. A pesar de la hora, ya circulaban algunos
vehículos con las luces todavía encendidas. También el alumbrado
de las calles permanecía iluminado. La hermana de Mohamed vivía por
el centro de la ciudad, que, por cierto, afortunadamente, no olía
igual que Albacete, claro que, con aquella peste a gas-oil que
traíamos encima, resultaba difícil saber a qué podía oler
Alicante. Había aparcamiento de sobra en aquella estrecha calle.
Mohamed se bajó del coche, nosotros nos quedamos esperándole en el
interior de la furgoneta. Vimos como cruzaba la calle y llamaba al
timbre en una casa de vecinos de tres pisos, de estrecha fachada.
Observamos con ansiedad la espera de Mohamed ante aquella puerta,
atentos a si salía alguna respuesta por aquella rejilla de la pared,
el llamado portero automático. Vimos gesticular a Mohamed ante aquel
aparato. ¡Le habían contestado! Nos hizo una seña de que
esperásemos y entró al interior del edificio. Sentimos que un peso,
que hasta ese momento nos aprisionaba, se nos quitaba de encima y nos
miramos satisfechos, haciendo gestos de asentimiento con la cabeza,
reconociendo la intuición de Mohamed, sin atrevernos a hablar, no
fuera a ser que se nos quebrara la voz y nos viéramos allí
abrazados y llorando como dos mujercitas.
Al poco, bajó Mohamed
y nos indicó que le acompañásemos. Nos llevamos también los dos
corderos. Les iban a venir al pelo para celebrar el ramadán. Nos
recibió en chilaba Hassan, el cuñado de Mohamed, un tanto nervioso
y desconfiado por aquella visita a horas tan intempestivas, de un
cuñado a quien llevaba sin ver desde hacía más de dos años, a
quien creía muerto y que venía acompañado de dos cristianos que,
encima, le traían al piso dos corderos. ¿Qué iba a hacer él con
dos corderos? Le urgió Mohamed que le pusiera al corriente del
estado de su hermana y sus sobrinos y que acto seguido nos explicara
a los tres la situación en que se encontraba Alicante, tan diferente
de la que sabíamos que estaba el resto de España, por lo menos el
resto de España por la que habíamos pasado en aquel apestoso viaje
que teníamos a medio hacer.
Hassan tranquilizó en
primer lugar a Mohamed, su hermana y sus sobrinos estaban bien en
Casablanca, también lo estaban sus padres. En Marruecos no había
pasado nada. Ni en Marruecos ni en los países árabes de la ribera
mediterránea había ocurrido nada parecido a lo que, hacía
justamente un año, había acabado con la población de toda Europa,
nos confirmó la idea que ya teníamos.
Ellos se marcharon
antes de que sucediera, les avisaron, sin explicarles la razón, para
que volviesen inmediatamente y que igualmente le hicieran saber a sus
vecinos y amigos la necesidad urgente de regresar. Ni remotamente se
les ocurrió pensar en aquello, pero, obedientes, volvieron.
Coincidía también la celebración del Ramadán, aunque aquel año
el ayuno del Ramadán anterior parecía no haber terminado todavía.
Al llegar lo supieron todo, el suyo fue el último ferry que salió
de Alicante. Había un acuerdo entre todos los países productores
para cortar drásticamente el suministro de petróleo al resto. Al
parecer, nos explicó Hassan, los informes técnicos que manejaban
los países productores estaban equivocados en la evaluación de las
reservas de crudo que, hasta entonces, se estimaban en cincuenta
años. En aquel momento, informes fidedignos revelaban con total
certeza que, al ritmo de consumo actual, no en cincuenta, sino en tan
sólo diez años no habría petróleo para nadie. Era imposible en
ese tiempo reconvertir los sistemas de vida en sentido regresivo,
hacia un consumo menor. De no tomar una medida radical, en menos de
diez años no quedaría nadie en el planeta para contarlo. La
decisión era clara, o ellos o ninguno. Si cortaban el suministro de
golpe, los países consumidores natos iban a perecer. Aquello era
mandarlos directamente al matadero, pero cesaría también de golpe
el enorme consumo de aquella parte de la humanidad y ello
posibilitaría la salvación del resto. Sólo con la reducción a
cero del consumo de Europa, las reservas de petróleo en los países
del norte de África, sin realizar suministros a terceros fuera del
continente, que fue el acuerdo alcanzado, se podía alargar a más
de doscientos años. En otros países productores, como en Estados
Unidos, con un ritmo de consumo considerablemente más alto, ese
número se reducía a sólo cien años, pero éstos controlaban
plataformas en otros continentes y ésas las iban a mantener. A
partir de esta situación, en todos los países sobrevivientes se iba
a producir una remodelación de los sistemas de vida imperantes, esos
sistemas de vida al estilo consumista occidental que habían
prevalecido en todo el mundo en el último siglo y que habían sido
la causa directa de aquella catástrofe. Se implantarían nuevos
sistemas de organización demográfica con agrupaciones urbanas más
pequeñas, totalmente autárquicas, con eliminación de todo tipo de
transporte, el grande y el pequeño, el de materias primas y el de
productos, daba igual por tierra, mar o aire. Seguiría existiendo,
eso sí, el sistema de telecomunicaciones y también posibilidades de
transferencias físicas de carácter extraordinario, pero el nuevo
sistema, mientras no se descubriese una nueva fuente de energía que
asegurase un consumo continuado y posible, estaría basado en el
ahorro energético, que a su vez era la medida que se venía
reclamando desde hacía ya más de cincuenta años por todas las
instituciones científicas y ecologistas para la conservación de la
vida humana en el planeta.
Ellos estaban allí,
de nuevo- prosiguió su relato el cuñado de Mohamed-, desde hacía
cinco meses más o menos. Habían vuelto para instalar una base en
Alicante, tenían que mantener en buen estado de funcionamiento el
aeropuerto y el puerto marítimo. Estaban poniendo en uso todas las
centrales hidroeléctricas de las cuencas hidrográficas españolas y
europeas. El proyecto que desarrollarían a continuación era la
colonización de toda la zona litoral del Mediterráneo europeo con
población africana procedente de zonas en que las condiciones
ambientales eran inhóspitas por su extrema aridez.
Ésa era la situación.
La población que había en Alicante actualmente eran todos
militares y técnicos marroquíes. Él había venido por ser
conocedor de la zona, por haber vivido allí con anterioridad.
Conducía un autobús que hacía el servicio entre Alicante y el
aeropuerto del Altet. Hassan sentía mucho el desastre humano que
aquella tremenda decisión había producido. También muchos
compatriotas suyos habían perecido en aquel apagón, incluso él y
su familia se salvaron por los pelos, pero comprendía que los que
habían tomado aquella resolución no habían tenido otra salida.
Tuvieron que decidir entre ellos o nadie y optaron por ellos. En
realidad era la misma elección, pero en sentido contrario, que se
había venido tomando, cada día, desde hacía más de cien años, en
los países occidentales.
Después de descansar
unas horas en la casa de Hassan, empezamos a preocuparnos de nuestro
regreso. Bajamos al coche para inspeccionar el estado del tapón
provisional que habíamos colocado en el extremo de la tubería de
gas-oil. El tapón no estaba, se había vuelto a caer. El nivel del
depósito y los diez litros que teníamos en la garrafita, con un
consumo normal de la furgoneta, nos permitirían hacer, como mucho,
unos ciento cincuenta kilómetros, pero, si no arreglábamos el
asunto del tapón, en esas condiciones, no llagábamos ni a Villena
que distaría unos ochenta kilómetros de Alicante. Para llegar a
nuestro destino nos quedaban alrededor de trescientos veinte
kilómetros. Nos preocupamos de encontrar en las calles alguna
furgoneta como la que llevábamos. No nos costó mucho encontrar una
exactamente igual, ni romperle el cristal del conductor para abrirle
después el capó y quitarle el tapón de goma que le faltaba a la
nuestra. Ahora había que encontrar la forma de conseguir al menos
otros diez litros de gas-oil que nos permitieran el regreso hasta
Casares. El cuñado de Hassan lo veía difícil. Había, en uso, sólo
una estación de servicio, en el aeropuerto, y sólo suministraba a
los vehículos autorizados. Pero, aquella noche, él tenía un
servicio especial. Debería llevar a un grupo de personas al
aeropuerto para un vuelo directo a Dubay, podríamos pararlo, ya en
la carretera, y él, tratándose de una emergencia, se detendría y
nos permitiría sacar desde el depósito de su autobús el gas-oil
que necesitábamos. Así acordamos.
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