CAPÍTULO 19


Isaac Levitan
La colonia crece... 
- Tenéis que venir con nosotros, Joaquinillo. Vamos a preparar las cosas. Hay que buscar envases para llevarnos todo el gas-oil que queda en el depósito de mi casa. También podemos llevarnos tu furgoneta, y así dispondremos de más espacio para transportar. Es conveniente que os traigas vuestras cosas personales, vuestros colchones, si pudiéramos encontrar semillas o piensos, todo lo que podamos.- les dije cuando terminamos de comernos un trozo de costilla y unas acelgas que sacó Julita, acompañadas de un vaso de vino de la propia cosecha de Joaquinillo, de hacía tres años. Lo guardaba todo, clasificado por años, así como un aguardiente de orujo que también elaboraba en su propio alambique, por el gusto de hacerlo, porque él casi no bebía, y ya pocos de sus amigos conservaban la salud necesaria para celebrar, ni, últimamente, había demasiados motivos para convocar celebraciones.
- No- contestó Joaquinillo-, nosotros no nos movemos de aquí. Si se quiere marchar Mohamed, yo le animo a que se vaya con vosotros, él es joven y os puede servir de ayuda y tiene salud para afrontar lo que venga, pero nosotros dos nos quedamos aquí el tiempo que nos reste, que ya será poco. No, no vamos ahora, nosotros, a serviros de obstáculo.
- Pero ¿Qué estás diciendo? Vosotros os venís y, además vamos a avisar a Manolo, al peluquero, para que se vengan con nosotros también. Lo que sea de uno que sea de todos. Lo que tengamos, lo compartiremos entre todos. Venga, vamos a preparar, que Isabela y Carlota nos esperaban para comer, y ya veis que horas son ya.
- He dicho que no nos vamos, y no hay más que hablar, preparad vosotros lo que queráis y llevaos la furgoneta y todo lo que necesitéis- siguió erre que erre, Joaquinillo.
- Bueno, venga, vamos a lo nuestro, ya veremos qué hacemos contigo. Mohamed, ve tú a avisar a Manolo y pensad en dónde puede haber cosas que nos podamos llevar. Tenemos gas-oil y coches para organizar una caravana.- los animé a ponerse en marcha.
Joaquinillo disponía de un trastero en el que almacenaba de todo lo que, poco a poco, a lo largo de cuarenta o cincuenta años se le había ido volviendo inútil. No tiraba nada. Por eso pudimos disponer de suficientes vasijas de plástico de cincuenta litros, en las que él, en otras épocas, almacenaba aceite y vino para el año, y en las que ahora podríamos llevarnos el gas-oil que quedaba en el tanque de calefacción de mi casa. También había tenido, Joaquinillo, la osadía de introducirse en el cuartel de la Guardia Civil, aquel día en que se enteró que acababa de desertar el último de los números. Allí buscó y encontró un fusil ametrallador y munición, que se llevó para su casa, por si un acaso, algún día, tenía que defenderse de muchos. Vino Manolo, que esperaba aún, que él creía que sus hijos tendrían que volver, les daba otro mes, si no volvían para entonces, cogería a su mujer y se iría con nosotros. Le hice un plano. Le dejamos gas-oil suficiente para emprender el viaje. Les esperábamos a ellos y a sus hijos. Nos ayudó a buscar semillas, cantidad de semillas, en casa de un agricultor del pueblo que llevaba una representación. Semillas de hortalizas, semillas de trigo, de maíz, de patata. También había allí muchos sacos de arpillera que nos iban a venir muy bien. Decidimos que no saldríamos hasta bien entrada la noche, para evitar a los Jalan. Esperamos hasta las dos de la mañana. Teníamos cargadas, a tope las dos furgonetas, la de Joaquinillo y la mía. En mi furgoneta se subió Julita. Juan Luis y Mohamed en la otra, de esa forma, si nos teníamos que separar, en los dos vehículos habría alguien conocedor del camino exacto.
Entré a buscar a Joaquinillo que permanecía sentado en una butaca, en la cocina, despierto, pensativo, encerrado en sí mismo.
- Venga, ya estás saliendo, que te estamos esperando todos. Julita y Mohamed ya están montados en los coches.
- ¡No me digas que esos dos están dispuestos a marcharse sin mí! ¡No me digas que son capaces de irse y dejarme aquí solico! ¡Dios mío! ¡Adónde vamos a llegar a parar!- y se incorporó de su butaca, de un salto, saliendo delante de mí, sin ocuparse ni de cerrar la puerta. Subió al coche, se sentó al lado de Julita, la miró, como marcando las distancias. Julita le mantuvo la mirada y se movió un poco, hacia mi lado, para hacerle más sitio. Joaquinillo no volvió a abrir la boca. Julita se durmió. Y yo puse mi CD preferido y seguí escuchando aquellos versos que parecían escritos especialmente para nosotros, para aquellos días. Si bien la crisálida no llegó a despertar, no estalló en un grito de basta ya. Pero allí estábamos nosotros que, efectivamente, no éramos héroes, pero estábamos vivos, intentando hacer futuro nuestra fuerte fragilidad.
Yo soy fragil como el cristal
si falta usted a esta cita, mi
amor,
si el canto se llena de olvido,
si el recuerdo se va
y ya no ríe conmigo.
Quizá no seamos héroes
pero aún seguimos vivos
y en la crisálida su voz
estallará.
Y no se quedará inmóvil al
borde del camino
y hará futuro su fuerte fragilidad.

Me sacó de la abstracción con la que escuchaba a Ismael Serrano, de pronto, la voz de Joaquinillo:
- No me extraña nada que se haya dormido la Julita, ni que tú te vuelvas loco, ni que se te ocurran locuras como ésa de que se iba a acabar el petróleo. Con estas músicas que oyes. ¡Que tío más pesao, la Virgen! ¿Cómo dices que se llama? ¿Ismael? ¿Ismael qué?
Serían ya las cuatro de la mañana cuando llegamos a nuestros dominios. Despertamos a Isabel y a Carlota y les presentamos a nuestros nuevos compañeros. Tuvieron que escuchar, incrédulas, la triste noticia de la que éramos mensajeros y sufrir el tremendo impacto de su significado: la reducción del mundo que habían conocido. A efectos prácticos, aquel inmenso mundo de nueve mil millones de personas, de las autopistas, de los aves, de los boeings transatlánticos, de las naves interplanetarias, se había quedado reducido de pronto, de un simple plumazo, a nuestra pequeña república independiente. Nos habían vuelto a expulsar del paraíso. Acomodamos a los nuevos ocupantes de la casa en sus habitaciones y nos marchamos, como sonámbulos, a descansar de aquel tan largo día. Al entrar en mi dormitorio, escuché una voz que me llamaba en la oscuridad del pasillo. Era Joaquinillo.
- ¿Qué quieres?- le dije, acercándome hasta donde permanecía parado y en silencio, con la cabeza baja.

- Sólo quería darte las gracias, Salomón. Dios te bendiga. - dijo, abrazándose a mí. Después, sin darme ocasión de contestarle, ni de mirarle a los ojos, se metió en su habitación.   
¿Y a hora qué?.....

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