CAPÍTULO 17


Karl Briulov, Los últimos días de Pompeya

Y lo que tenía que pasar, pasó...
Como digo, pasaron meses, concretamente cuatro, desde aquel fatigoso día en que le dimos a nuestro vecino Naranjo cobijo eterno bajo las estrellas. No volvimos a tener noticia de la Guardia Civil, ni ningún otro contacto con el mundo exterior. Aquel mundo lejano y extraño que rodeaba a la heroica República de los Cuartero, como ya empezamos a llamarle a nuestro lugar de residencia. A pesar de tan aparentoso nombre, nuestra situación estaba revelándose cada día más y más insostenible. El considerable incremento de población de la colonia, que yo no tenía previsto cuando programé mis planes de asentamiento, desbarató de forma drástica nuestro inventario de provisiones. Teníamos suficientes existencias en determinados artículos, pero nos faltaban de otros muchos. Hubo que detraer, por ejemplo, del consumo de cereales, legumbres y tubérculos, cantidades suplementarias que tuvimos que destinar a semilla para conseguir una mayor producción en la próxima cosecha. El rebaño de, aproximadamente, cien ovejas que, transitoriamente, habíamos heredado de Naranjo fue, en todo caso, el obstáculo más importante que se cruzó en nuestro camino, pues, aparte del pasto que consumían en el campo, había que ayudarle con piensos suplementarios. En el aprisco de Naranjo encontramos existencias de piensos y paja de cereal, pero se acabaron los piensos y tuvimos que dedicar parte de nuestros cereales para suministrarles a los corderos, aunque a las ovejas adultas sólo les dábamos paja.
Nos tuvimos que replantear un cambio de actitud, al menos ocasional, ante el mercado. Si queríamos continuar con nuestra vida de colonizadores tendríamos que recurrir al consumo de recursos externos. Confeccionamos una lista de artículos de los que nos gustaría disponer de forma permanente, aunque fuese de forma racionada. Cosas tan simples como la pasta alimenticia, que ya se nos había terminado y no sabíamos elaborar, arroz, que estábamos sustituyendo con purés de trigo y cebada, harina fina de trigo, sal, chocolate, artículos de droguería como jabón, champú, esponjas, y, cómo no, cremas para las mujeres, compresas, de las que nunca tuvimos y que no sé exactamente cómo las estábamos remplazando, papel higiénico del más suave que hubiera, cartones para base de almacenaje que aislasen de la humedad a nuestros alimentos secos amontonados a granel directamente sobre el suelo de habitaciones con humedades, sacos de arpillera o de papel para envase alternativo de estos mismos productos y mil cosas más por el estilo. También añadimos a la lista, a iniciativa de Juan Luis, dos o tres parejas de cerdos pequeños con los que iniciar una cría porcina que finalmente condujera a la introducción del rico colesterol en nuestra dieta.
Con aquella larga lista, de la que Juan Luis no consintió en aceptar que yo pagara una parte, nos trasladaríamos hasta Albacete. Todo lo que había en la lista, menos los cerdos que los buscaríamos por las cercanías, lo podíamos encontrar en el Carrefour, más barato y más rápido que en otros sitios, de modo que compraríamos allí. Nos desplazamos Juan Luis y yo. Salimos temprano, aún era de noche, para estar en Albacete a primera hora, nada más abrir el comercio. A la vuelta, antes incluso de la hora de la comida, nos detendríamos en Férez y hablaríamos con la Guardia Civil para que, de una vez por todas, determinaran lo que hacer con las ovejas de Naranjo. A la hora de comer estaríamos de vuelta.
Decidimos coger el camino más corto, que nos llevaba hasta Albacete atravesando la sierra y que casi nadie tomaba, porque, aunque se ahorraban como veinte kilómetros, se perdía en tiempo y en comodidad, por las múltiples curvas que incluía aquel itinerario. Nosotros lo elegimos por corto y porque en ningún caso íbamos a correr, el tiempo no nos importaba. Cuando atravesamos Ayna, el primer pueblo por el que se pasaba, a unos sesenta kilómetros de Albacete, a mitad de camino, más o menos, ya estaba amaneciendo. No nos extrañó excesivamente no haber encontrado ningún vehículo durante aquel trayecto, por la hora, pero tampoco era normal que en cincuenta kilómetros no nos hubiéramos cruzado con nadie. Más extraño nos resultó no ver a nadie tampoco en el recorrido de la travesía de Ayna. Lo comentamos: ¡Qué raro! ¿No? Pero continuamos la marcha, pendientes ya, en cada curva, de ver aparecer algún vehículo circulando en dirección contraria. El siguiente pueblo, Peñas de San Pedro, estaba veinte kilómetros más allá, aún por carreteras de sierra, serían ya las siete de la mañana. Ni encontramos ningún vehículo ni vimos a ningún vecino cuando, a lo largo de toda la calle principal, cruzamos el pequeño pueblo. Igual nos pasó en el Salobral, ya a veinte kilómetros de Albacete. Aquí entramos ya en la zona de regadío denominada de los Llanos. Estábamos en mayo. En esa fecha ya debía estar nacido el maíz y las cebadas tremesinas ya tenían que estar espigadas. Pero, los bancales de riego estaban de rastrojo, es decir no habían sembrado nada en ellos. Se lo hice notar a Juan Luis. Aquello era increíble, seguíamos sin encontrar signos de vida humana. Llegamos a La Pulgosa, un parque periurbano a unos tres kilómetros de la ciudad. A esa hora, habitualmente, un día laborable como aquel, ya teníamos que ir casi en caravana. Al llegar al primer semáforo teníamos que doblar a la izquierda para dirigirnos al Carrefur, el semáforo no funcionaba, seguíamos sin ver coches en movimiento, estacionados sí que los había, en la forma habitual, pero no persona alguna en movimiento. Ni parada. Ni viva. Ni muerta. Nos olvidamos del Carrefur, continuamos de frente, cruzamos la antigua circunvalación de Albacete, que a esa hora debía haber sido un río de coches, y ahora aparecía vacía. Nos dirigimos por la estrecha y larga calle del Rosario hacia el centro de la ciudad. Respeté las direcciones prohibidas a pesar de que teníamos todas las calles para nosotros solos.
- No puede haber sido ninguna bomba, ni los efectos radioactivos de alguna explosión nuclear, los árboles están vivos, en todo su esplendor- pasábamos en aquel momento frente al parque de Abelardo Sánchez, orgullo y pulmón de la ciudad, y, efectivamente, los árboles presentaban un verdor espléndido, igual que el resto de los vegetales que habíamos encontrado a lo largo de todo el viaje. Habíamos visto pájaros, y muchos insectos se chocaron con nuestro parabrisas, como sucede habitualmente en un viaje en esa época- Juan Luis, igual que yo, intentaba encontrar una explicación a aquella inquietante situación. Recorrimos la céntrica y comercial calle de Tesifonte Gallego, transitamos por delante del Corte Inglés que estaba cerrado, como todos los establecimientos por los que pasamos, lentamente, pero sin parar la furgoneta. Cafeterías, comercios, oficinas, todo cerrado. Las calles no se veían particularmente sucias, ni desordenadas: simplemente desiertas. Nos detuvimos un momento, sólo para mirar desde el coche, en la Plaza del Altozano en la que se asientan las entidades bancarias más importantes de la ciudad, podríamos haber atracado todas, sin tener que pronunciar una amenaza, ni un saludo. Rodeamos la plaza y giré a la izquierda buscando otra vez la comercial calle del Rosario en su tramo inicial para recorrer ahora la ciudad en sentido opuesto. Es ésta una calle estrecha, semi-peatonal, en la que se asienta el pequeño comercio especializado de Albacete. En la esquina con la calle Mayor, paré la furgoneta y nos bajamos para inspeccionar de cerca alguna de estas tiendas. Justo donde paramos, había una droguería de una importante cadena. Aunque no con la exuberancia de otras veces, en el interior, a través de los cristales de los escaparates se veían productos en las estanterías. Juan Luis me hizo un gesto indicativo de que podíamos entrar y coger algunas de las cosas que habíamos escrito en nuestra lista. Tendríamos que forzar la puerta, lo que no nos hubiera resultado difícil con las herramientas que llevábamos en el coche. No me atreví a hacerlo, le indiqué que siguiéramos más adelante. Unos metros más allá, en la misma acera, una pastelería muy famosa atrajo mi atención. Aquí, la puerta ya había sido forzada. Entramos. Todo estaba vacío, buscamos sacos de harina que llevábamos en nuestra lista. No había nada, ni azúcar, ni aceite, nada. Allí habían asaltado con anterioridad. Volvimos nuestros pasos hacia atrás, hasta la droguería en la que estuvimos antes, y apalancamos con una barra de hierro entre la unión de dos cristales del escaparate. Saltaron los dos, armando un escándalo enorme. Arramblamos con todo lo que había, cremas, champús, compresas, perfumes, lápices de labios, de todo lo que vimos. Después movimos el coche hasta la puerta de una tienda de deportes que había más allá. Repetimos nuestra anterior rapiña. Nos llenamos de chándales, camisetas, chubasqueros, calzados deportivos de todos los números. Eran prendas de calidad, ligeras pero con cuerpo, lo más indicado para nuestras circunstancias. Pasamos por un estanco y una expendería de lotería ¿Para qué? Entramos en una tienda de caza y pesca que ya estaba abierta y totalmente esquilmada. Mala suerte, se lamentó mi compañero, nos hubiera venido muy bien pertrecharnos de cartuchos. A todo esto, hay que significar que el hedor era insoportable. Albacete, como el resto de las ciudades que conozco, no tienen olor, o tienen un olor múltiple, el que destilan cada uno de los distintos establecimientos cuando pasas por sus cercanías: el olor a café o a churros o a bollería fina, cuando se abre la puerta de una cafetería, o el suave aroma a agua de colonia procedente de la planta de perfumería cuando pasas por unos grandes almacenes, el festivo y refrescante olor marino de las pescaderías, el olor a humo que dejan los autobuses al pasar, el olor a cuero nuevo de las tiendas de zapatos y un sin fin de olores en el que sólo se echa en falta el maravilloso efluvio de las cocinas de los pisos, demasiado altos y alejados de la calle para que, en la misma, se lleguen a percibir esos exquisitos aromas que transcienden entorno a un ama de casa a la hora de comer. Aquella mañana, en todas las calles por las que pasamos, antes con el coche y ahora andando, había un olor único y homogéneo, un olor nauseabundo a no sé qué dulzón y mareante, como a grasa rancia, a ropas viejas, a miseria, a sudor pocho, a paloduz. Era algo desagradable, inevitable y que urgía a evadirse pronto de aquel insano lugar. Nos tuvimos que tapar la boca y la nariz con un pañuelo que tomamos prestado en una de aquellas tiendas de las que entrábamos y salíamos, con prisa, deseando marcharnos de allí cuanto antes. Y eso hicimos, nos marchamos, aunque antes echamos en la furgoneta algunas piezas de tela que nos regalamos en una tienda de tejidos que encontramos abierta. Todos los establecimientos a los que pasamos estaban a oscuras, no había corriente y sólo la luz natural que entraba a través de los escaparates nos permitía reconocer las existencias en las partes anteriores de los establecimientos. En los almacenes traseros y en los sótanos no se distinguía nada, así que ni pasábamos.
Al salir del casco urbano, otra vez con dirección a la sierra, antes de llegar a la Pulgosa, tuve que parar el coche. Abrimos todas las puertas para ventilarlo y nos sentamos en la cuneta, entre las hierbas espontáneas, donde florecían algunas manzanillas, a las que materialmente nos arrojamos para aspirar su olor. Juan Luis dio unos pasos y acabó vomitando a causa de aquel olor a muerto, porque a eso, a muerto, era a lo que olía toda aquella ciudad.
- Sin duda están muertos dentro de los pisos. Lo que sea que los ha matado lo ha hecho en el interior de sus propias casas, quizá en la misma cama. No les ha dado lugar a salir a la calle. Vayámonos de aquí antes de que, sea lo que sea, nos mate también a nosotros - reflexionó en voz alta Juan Luis al subirnos de nuevo al coche.
- Tenemos un problema, Juan Luis- le sorprendí - No nos queda gas-oil para volver.  
Era obvio que no íbamos a ser capaces de sacar gas-oil de los tanques de ninguna gasolinera con la corriente eléctrica cortada, eso contando con que hubiera gas-oil en los tanques.
- ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Juan Luis- ¿Para cuantos kilómetros nos queda combustible?
- Podríamos llegar hasta medio camino, hasta Ayna, con suerte, ya se me ha encendido la reserva- le anuncié mientras le daba vueltas en la cabeza a mis recuerdos de los sitios en los que podíamos encontrar gas-oil accesible. De pronto caí.
- Vamos a Los Manantiales- le dije- Allí es donde yo vivía, y acabo de recordar que, cuando me marché, el tanque de gas-oil de la calefacción me lo dejé como a medias. Debían quedarle unos quinientos litros. Vamos para allá.
Y emprendimos la marcha, en la misma dirección en la que estábamos, pues aquella era también la carretera para Los Manantiales. Nos quedaban apenas seis kilómetros para llegar.
Tampoco en Los Manantiales vimos moverse a nadie, aunque las calles se veían más o menos como siempre. Paré en la puerta de casa y busque la llave dentro del manojo del que había separado, ya antes, la llave del coche, colocando el resto en la guantera. Me bajé del coche para levantar la portada y poder meter el vehículo en el interior de la nave diáfana que formaba toda la planta baja de mi casa.
Fue entonces cuando se entreabrió la puerta de la casa de al lado.
- ¡Salomón! ¡Eres tú!- me asusté con las exclamaciones de Julita, mi vecina, por lo inesperadas y bruscas. Detrás de ella, mirando por encima de su hombro, ajustándose las gafas, apareció Joaquinillo, su marido.
- Pero, ¿qué estás diciendo, muchacha? ¿Me vas a decir que está Salomón ahí afuera?- se oyó la voz de Joaquinillo, incrédulo.
- Mira, míralo tú mismo- le contestó Julita dejándole paso.
Mis vecinos eran un matrimonio mayor, como de unos sesenta años. Él había sido agricultor toda su vida, un buen agricultor, aunque tuvo problemas en los huesos y tuvo que operarse. Ahora ya estaba jubilado. Tenía mucha confianza con ellos, sobre todo con él, que se venía conmigo muchos ratos, a darme compañía, mirándome trabajar en mi nave, los fines de semana. Me daba consejos, información y ayuda en todo lo referente a la huerta por su experiencia de sesenta años, decía él, de hablar con las plantas. También le gustaba darme sabios consejos con relación a la vida, aunque la vida con la que él hablaba, yo creo que tenía distinto idioma.
- Cagüen la mar, Salomón. Dame un abrazo. Cómo podía yo a imaginarme que estabas vivo. ¡Por Dios! ¿Dónde te habías metido? Pero anda, entra rápido la furgoneta en la cochera, antes de que la vea nadie y pasad, pasad a la casa tú y tu acompañante quien quiera que sea. – Joaquinillo manifestó su prisa por hacer desaparecer de la calle todo vestigio de nuestra presencia.
- Éste señor es tío mío, Joaquinillo, se llama Juan Luis- le presenté al matrimonio- Aquí dos buenos amigos, Juan Luis. – terminé las presentaciones.
- Pero, ¿Usted no es Juan Luis Casares, el actor?- descubrió rápidamente Julita la identidad de Juan Luis.
- El mismo, señora, para servirla. Me alegra comprobar que todavía hay alguien que me recuerda.- se estiró Juan Luis sacando aquella pose de galán maduro que llevaba con tanta naturalidad.
- No, si yo también le recuerdo- le dijo Joaquinillo, extendiéndole la mano- Era usted un ligoncillo de mucho cuidao. ¡Tanto gusto!
- ¿Pero qué ha pasado aquí? ¿Nos lo pueden ustedes explicar?- cortó Juan Luis, ya, por fin, aquella introducción de cortesía, nervioso por encontrar la explicación de aquel holocausto que estábamos presintiendo desde la primera hora de aquella mañana.
- ¿Es que no sabéis lo que ha pasado? ¿Dónde habéis estado vosotros? – ahora fue Joaquinillo quien volvió a repreguntar. No salíamos de aquel atranque, así que les expliqué más o menos mis pasos desde que salí de allí, sin despedirme, hacía ya dos años.

- ¡Madre mía! ¡Qué suerte habéis tenido!- exclamó Joaquinillo cuando terminé de hablar- Ahora lo vais a comprobar cuando os cuente todo lo que ha pasado en este tiempo. ¡No te lo vas ni a creer, Salomón!!No te lo vas ni a creer!

Johnny Halliday....

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