CAPÍTULO 15


Pintores americanos actuales: Jeffrey T. Larson

Imprevistos previsibles....
- Está muerto- sentenció Juan Luis después de ponerle los dedos sobre la yugular, como hubiera hecho un policía profesional, incluso mejor, se notaba que lo había tenido que hacer más de una vez en sus películas-. Menudo estropicio me ha preparado con los botes el tonto este. Se ha dado maña para darme por saco hasta su último día.
- Venga Juan Luis, un respeto, por favor, que si no hubiéramos venido a buscarlo, como yo propuse, a estas horas, este hombre estaba vivo- sentí haber dicho aquellas palabras nada más haberlas pronunciado.
- Me importa tres pitos que esté muerto, Salomón. Este muerto que está aquí, a nuestros pies, sólo es respetable por la feliz circunstancia de que está muerto. De hecho, por la parte que nos corresponda de este cambio que ha sufrido, tenemos que sentirnos satisfechos, porque hemos ayudado a dignificarlo. Antes era un ignominioso asesino, capaz de matar a su propia abuela, de cargarse a mi perro, de quemarme la casa, de violar a Isabela, de mataros a ella, a ti y de darnos por detrás a todos habitantes del planeta caso de pillarnos de espaldas. Y ahora, ahí lo tienes, se ha convertido en un respetable cadáver. Gracias nos tendría que dar. Así que, por favor, no derramemos ni una triste lágrima por el alma de un desalmado como éste. Festejemos que hoy, otras almas, las almas de los inocentes, se han liberado de todas las fechorías que, a éste, aún le quedaban por hacer. Sintámonos auténticos quijotes, intrépidos caballeros caminantes de la faz del planeta, instrumentos de justicia en la mano correcta del destino, miembros honorarios de todas las ordenes de caballeros andantes que en el mundo han sido y dispongámonos a darle sepultura, si no cristiana, al menos misericorde, a este cierto pecador al que acabamos de despedir hacia su encuentro con el Divino Justiciero. Amén.
Yo no tenía ninguna gana de reír. Tampoco tenía claro que a aquel despersonalizado muerto al que Juan Luis se disponía a facturar directamente al subsuelo, clandestinamente y sin franqueo, estuviera en aquel momento dando fantasmagóricos saltos de alegría, por el favor que le acabábamos de hacer. Así que mi vi obligado a plantear un debate sobre los trámites que procedían en relación con el difunto allí presente. No podíamos trasladarlo al exterior y abandonarlo en el campo hasta que alguien lo encontrara, porque la sangre que había perdido no la podíamos trasladar, y la iban a echar de menos. Por otro lado, estaba el tema de la forma de morir, cortándose las venas, el solo, con las manos atadas, en la espalda, que no dejaba de ser un extraño formato de suicidio. Si buscaban un asesino, los más cercanos éramos nosotros, y Juan Luis, concretamente, tenía antecedentes sobrados para haberle tomado manía al suicidado. No sabíamos tampoco si en el caso de contar toda la verdad desde el principio se nos podía inculpar total o parcialmente de la muerte de Naranjo. Por otro lado, como proponía Juan Luis, si lo enterrábamos, por ejemplo, allí mismo, en la cueva, y pasados un par de días dábamos parte en la Guardia Civil de que habían aparecido por nuestra casa las ovejas de Naranjo, las posibilidades de que encontraran el cadáver eran escasas. Alguien podía haber venido a robarle los corderos, lucharon, se lo llevaron lejos, quizás lo mataron, quizás lo tiraron por un barranco, lejos. Este camino dirigiría las pesquisas lejos de nosotros, lejos del cadáver inculpatorio de Naranjo. En fin, analizamos, lo más imparcialmente que supimos, cada una de las posibilidades antes de tomar la decisión más justa.
Tuve que volver a la casa a por un pico y una pala. Efectivamente aquel día iba a ser largo. Decidimos practicar la fosa en la parte de la cueva donde estaba situada la estantería, pegada a la pared. Luego la volveríamos a colocar otra vez encima. Cavaríamos el suelo arenoso en el que hubiera rastros de sangre y lo rellenaríamos con la arena limpia que extrajéramos del foso cavado.
Tomé el pico con resolución. Juan Luis me ayudaba, cuando me cansaba del pico me daba la pala y viceversa. Y así, fuimos ahondando poco a poco una excavación de unos dos metros de largo por medio metro de ancho. En una de aquellas paladas de arena que iba sacando, me entró algo más sólido, algo inconfundible por su estructura y por su color: era un hueso, e inconfundible por su tamaño. ¡Coño, era un fémur!
- ¡Leche! ¿Y esto?- Exclamó Juan Luis, sorprendido de los tesoros que, sin saberlo, estaba guardando en su propia casa. - ¿Otro muerto? ¿Y éste quién es?
Yo sabía quien era aquel muerto. Juan Luis no lo podía saber, no lo podía imaginar, porque a él no le habían contado la verdad. Yo sí conocía la verdad, porque yo había leído el tercer cuaderno de las memorias del abuelo.
- Ese muerto, se llamaba Jonás López – sentencié con seguridad.
- ¿Qué dices, Salomón? ¿Insinúas que este muerto era mi padre?- exclamó Juan Luis sorprendido.
- No, este muerto no era tu padre. Este muerto era tan sólo Jonás López. Tu padre, Juan Luis, tu auténtico padre, se llamaba Sebastián Cuartero. Era mi abuelo.

Il mondo....


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