CAPÍTULO 18

Vladimir Volegov
Un cuento de horror...
Y nos contó aquella horrible historia. La historia del desastre que yo hacía tiempo que venía barruntando. La que todos debimos haber previsto desde hacía ya muchísimo tiempo. La triste historia que, entre todos, pudimos y debimos haber evitado.
Primero, según nos dijo, hubo un periodo de encarecimiento brusco y generalizado de todas las cosas, derivado de la subida continuada del precio del crudo que nos veíamos obligados a importar. No se refería Joaquinillo a aquel encarecimiento inicial que yo conocí, sino a otros repuntes posteriores que, de forma alarmante y escandalosa, doblaron y triplicaron los precios. Aquel fue un proceso irresistible que, por sí mismo, paralizó la actividad económica y fragmentó a la sociedad. Ya hubo entonces quien se organizó la despensa para aguantar el periodo de sequía que se avecinaba. Mientras tanto, los otros, la gente corriente, seguían acudiendo al trabajo, intentando conseguir un escaso salario que poder intercambiar después por los carísimos artículos de primera necesidad que aún se encontraban en el mercado. Pero, de pronto, ya no llegó más crudo, ni caro, ni carísimo. Se acabó, definitivamente, y de golpe. Y entonces la gente se desorientó, dejó de asistir al trabajo, porque ya el dinero no servía, ya no había tiempo para esperar la paga mensual, había que buscar, directamente, un trozo de lo que fuera para echarlo a la boca del hijo, de la mujer, de uno mismo, esa misma mañana, y esa misma tarde, y esa misma noche. Y, si nadie iba a trabajar ¿Quién atendía los suministros, las centrales eléctricas, por ejemplo? Se cortó el suministro eléctrico. ¿Cómo vivir en un séptimo o en un veinteavo piso sin corriente eléctrica, sin ascensor? Y sin agua, porque el agua iba con la electricidad. Se cortaron también el resto de los suministros. No había trenes, ni aviones, ni barcos. ¿De qué nos servían ahora aquellas inversiones tan costosas que levantamos cuando las vacas eran gordas: autopistas, aeropuertos, pisos y pisos, los carísimos aeroplanos, los aves de trescientos cincuenta por hora, los mercedes, los audis? Ya no funcionaban los audis, ni siquiera los ricos podían hacerlos marchar. Pero estos, los ricos, ya lo hemos dicho, habían guardado provisiones, de aquellas que no llegaban ahora, de aquella leche que antes llegaba de Murcia procedente de aquellas vacas que se alimentaban con la alfalfa que entonces cultivábamos nosotros, de aquellos pollos congelados que antes venían de Andalucía y que se criaban allí con la cebada que producíamos aquí, de aquella harina que antes nos mandaban desde Cataluña fabricada con el trigo que antes les enviábamos nosotros desde aquí. Aquel absurdo desajuste espacial de la producción, aquel desorden absurdo de aquella economía artificial y estúpida que habíamos creado, nos pasaba ahora su factura.
Y había también otros que tenían armas. Y fueron a por ellos, a por los ricos. Y ganaron los de las armas, que ahora ya tenían, además de las armas, lo que quedaba de comida y lo que quedaba de energía. La gente, los que pudieron, huyeron de las ciudades, se fueron hacia los cursos de los ríos donde al menos había agua corriente. En Albacete se fueron al Jucar, que era el río más cercano. Debieron llegar muy pocos, pues la decisión de marcharse se tardaba en tomar y encima estábamos muy poco acostumbrados, o sea nada, a las misiones de supervivencia. Sólo las habíamos vivido en el cine, admirando como le crecía a Rambo la musculatura después de cuarenta días de ayuno selvático. Y luego estaban los ancianos, los niños. Ése era el origen del olor nauseabundo, a muerto, que percibimos en Albacete, el olor de los que se quedaron. Parece ser que, de los pocos que alcanzaron el Jucar, los primeros en llegar fueron los de las armas, y cuando fueron apareciendo los demás, ya los estaban esperando. Porque energía tenían, pero poca, y necesitaban gente que trabajara para ellos. Porque ahora había que volver a trabajar la tierra, a mano, como antaño, como en los tiempos remotísimos de la edad media, cuando no había sindicatos, pero sí había armas. Y ellos tenían ahora las armas. A los de las armas les llamaban los Jalan y por eso se escondía Joaquinillo en el interior de su casa, porque temían a los Jalan. Los Jalan se movían aún con automóviles por todos los alrededores y buscaban cosas de utilidad, herramientas, armas, semillas, ganados, personas, para que trabajasen para ellos como esclavos y aún para cosas peores. Joaquinillo vivía allí con su mujer y un joven marroquí, llamado Mohamed, que tenían trabajando con ellos, haciendo una obra en la casa, en el momento en que se desató el gran caos. Allí se pasaban el día los tres, encerrados en la casa, sin atreverse a salir por temor a ser vistos y a ser atacados después, para robarles lo poco que tenían. Joaquinillo fue previsor y, aquel año, en lugar del cerdo que tradicionalmente sacrificaban en la época de la matanza, compró dos y guardó toda aquella carne en orzas, en aceite, a pesar de que le supuso un considerable desembolso. Todavía le quedaba, para sus cálculos, casi un cerdo metido en aquellas orzas. También le quedaba un resto de patatas y, en un porche que había en el corral, donde entraba la luz pero quedaba al resguardo de la vista de los Jalan, tenía sembradas algunas verduras y patatas, para ir matando el hambre y estirando un poco aquella agonía en la que esperaban entrar en poco más de un mes, cuando se le empezara a ver el fondo a la última orza de chorizos. ¿Había más gente en el pueblo?
- Puede- nos dijo-, él sabía de Manolo, el peluquero, y su mujer. Algunas noches se juntaban Manolo y Mohamed para ir a buscar agua a una huerta que distaba como tres kilómetros del pueblo. En esta huerta había una alberca pequeñita que se alimentaba con una bomba de energía solar y funcionaba durante el día por medio de una boya que mantenía siempre llena la alberca. Cargaban el agua en garrafas de plástico y la transportaban en sus bicicletas, a las que suplementaban con un armazón de palos atravesados de los que colgaban las garrafas para su traslado hasta el pueblo. Nunca se habían encontrado con nadie en estas salidas. La mayoría de los habitantes de Los Manantiales eran personas mayores, más aún que Joaquinillo. Habían llegado todos a aquel pueblo como colonos de nueva implantación a principios de los años sesenta. En total, unas doscientas familias. La mayor parte de aquellos cabezas de familia eran entonces adultos jóvenes, como los padres de Joaquinillo, que murieron muy pronto, hacía ya tiempo. Muchos de ellos, sin embargo, aún seguían vivos. Casi todos los matrimonios vinieron cargados de hijos pequeños. Según fueron creciendo, estos niños, casi todos, se fueron marchando, como los hermanos de Joaquinillo. Él se quedó al cargo de las tierras de sus padres. No obstante encontrarse Los Manantiales en un entorno rural, más favorable que el urbano de Albacete para la supervivencia, en lo que se refiere al suministro de agua corriente, dependían, igualmente, de la electricidad, gracias a la cual podían, antes, extraerla de los pozos, desde una profundidad que rondaba ya los doscientos metros, y transportarla por toda la red de tuberías hasta sus casas. Quién se lo iba a decir, cuando llegaron a aquel pueblo nuevo, de reciente creación, que iban a estrenar ellos, entonces, en el año mil novecientos sesenta. Entonces escarbabas un poco en la tierra y allí estaba el agua, a menos de medio metro. Quién les iba a decir a ellos, entonces, que iban terminar muriéndose de sed allí, precisamente allí, precisamente de sed. Porque hambre sí que habían pasado también antes, antes de llegar a aquella tierra prometida que fue para ellos Los Manantiales, donde les dieron tierras para cultivar, tierras con agua para regar, y una casa, y aperos. Y hasta una vaca y una mula, para empezar. Y al principio tuvieron que volver a pasar hambre allí también, en aquel nuevo pueblo sin historia, dependiendo de aquellas tierras estériles, tierras que habían tenido que mezclar con otras sacadas del subsuelo para nivelarlas y que no tenían vida y, aunque las podían regar, no producían, porque no tenían alimento. Hasta que ellos, poco a poco, les fueron dando vida con su trabajo, con sus aportaciones de estiércol y de abonos. Recordaba Joaquinillo aquella primera noche que pasaron en el pueblo. Era la víspera de Noche Buena, y allí estaban todos, en la cocinilla, alrededor de la mesa camilla, al lado de la chimenea; sus padres, entonces jóvenes, y los ocho hijos, todos con un año de diferencia de uno a otro, después llegarían otros tres más. Todo el dinero que tenían estaba encima de la mesa, lo acababa de contar su padre, ante la expectación de su mujer y de sus ocho hijos:
- Ciento setenta y siete pesetas. Eso es lo que tenemos, ciento setenta y siete pesetas y la matanza recién hecha. Tenemos también una casa, diez hectáreas de tierra de regadío, una mula, un carro y una vaca. Todo lo debemos, porque nos lo han dado todo, ayer no teníamos nada. Pero hay que pagarlo. Así que, nos tendremos que apretar el cinturón, pero por lo menos ahora tenemos un cinturón que apretarnos.- y les indicó el padre con un gesto las ciento setenta y siete pesetas que había sobre la mesa y las orzas donde se conservaban los recién elaborados chorizos de la matanza. Aquel era el cinturón que tocaba apretarse.
Y tuvieron que pasar necesidades y muchas privaciones, pero eran unas privaciones con esperanza, con ventana al futuro, con la confianza puesta en aquellas tierras que año a año iban tomando color y que supieron responder al trabajo y a la prioridad que les daban aquellos padres de entonces a la compra de abonos minerales antes que a los filetes de lomo, que se hacían viejos en la carnicería del viejo Carmelo. Aquellos padres de entonces, ésos que ahora se estaban muriendo o se acababan de morir de hambre y de sed, precisamente de sed, precisamente allí.
- Pero bueno ¿Y el gobierno? ¿No ha hecho nada para evitar esta anarquía?- preguntó Juan Luis asombrado de lo que estábamos oyendo.
- ¿El gobierno? No lo hicieron antes, cuando pudieron, lo iban a hacer ahora que no tenían recursos. Porque, ideas, ni las tenían ahora ni las tuvieron antes.- le respondió Joaquinillo.
- ¡Hijos de mala madre!- exclamó Juan Luis irritado
- Un respeto, por favor- se puso grave Joaquinillo, poco acostumbrado, como estaba, a que en su casa nadie levantara la voz, aparte de él.
- Disculpa Joaquinillo, ha sido un pronto.- rectificó Juan Luis.
- Estás disculpado.- le contestó Joaquinillo con tono más amable.
Permanecimos un momento todos en silencio, pensativos. Lo cortó Joaquinillo, recordando en voz alta tiempos pasados.
- ¿Te acuerdas, Salomón? Tú me hablabas de esto antes. Algunas veces me decías que estábamos acabando con el petróleo, que se iba a agotar y que entonces no íbamos a saber sobreponernos, porque no nos estábamos preparando para esa coyuntura. ¿Te acuerdas?
- Sí- intervino Julita- me acuerdo hasta yo, que me lo venías contando tú: “Este Salomón se va acabar volviendo loco, todo el día ahí metido, cambiándole piezas a la furgoneta, venga escuchar una música, pesaísma, en vez de echarse una novia como Dios manda. ¿Te parece a ti las tonterías que se le han metido en la cabeza ahora? !Pues no, que dice, que se va a acabar el petróleo! ¿Qué te parece a ti, Julita?”. “ Pues no sé, él sabrá por qué lo dice, Joaquín ¿Por qué va a estar loco?” – le contestaba yo. “¿Por qué va a estar loco? Cómo se va a acabar el petróleo, muchacha ¿Es que estás loca tú también?”- ¿Es verdad, o no, que decías eso, Joaquín? Confiésalo. ¿O tú creías que se iba a acabar el petróleo?- Le sacó a relucir Julita sus conversaciones en la intimidad a Joaquinillo.
- Pues qué pijo iba pensar yo que se acababa el petróleo. Yo me creía que eso manaba, como manaba el agua, como sale el sol cada mañana y después se pone cada tarde. ¿Cómo podía yo pensar que todo eso estaba tasado? ¿Cómo iba a pensar yo que un buen día el sol iba a dejar de dar vueltas? ¿Porque es el sol el que da vueltas, o es la tierra? Siempre se me olvida - se justificó Joaquinillo.
- Pero ¿No decían que había otras energías alternativas? La energía nuclear, la energía eólica, ... ¿No era ésa la salida prevista para el futuro?- Se preguntó a sí mismo Juan Luis.
- Era, era, era.. y las eras se nos convertían en viñas, ellas solas, de tanto mentarlas. Las soluciones son soluciones si son practicables cuando se las necesita, pero si están tan sólo en la cabeza de los sabios, no son más que problemas sin resolver.- sentenció Joaquinillo.
Y tristemente volvió a caer sobre nosotros el silencio con el que aquella sinrazón no paraba de envolvernos. No había otra salida que el silencio para aquella irracionalidad que habíamos cometido. Perder la voz, que no nos merecíamos, como habíamos perdido la razón. Habíamos querido ser como dioses, algunos hasta lo habían conseguido, pensé, al recordar a aquellos galácticos millonarios que salían en la prensa cada día. Pero todos habíamos pecado, todos habíamos sido orgullosos e inconscientes, no nos conformamos con ser lo que éramos, sólo hombres, simples hombres, no supimos valorar aquella vida que se nos regalaba cada día para disfrutar de lo que la naturaleza nos ponía a nuestro alcance, sin transformarla, sin destruirla, como han hecho el resto de los animales desde el principio del mundo, contemplar la vida, vivirla tal como es, hoy como hoy, mañana como mañana, cuando llegue mañana, si es que llega. Volvió a mi memoria, como un soniquete, como una muletilla que necesitaba para mantener activa mi propia mente, aquellos versos en los que continuaba la canción de Ismael Serrano:
Es tan frágil el abrazo del
mundo y su paz,
la promesa desde la tribuna
y su empeño por perdurar.
Soberbio y resistente
es el grito del miedo
anunciando el final
y la noche que escupen al
cielo
tantas chimeneas,
los disparos de nieve,
el rugido de la bayonetas.....

Ce monde....

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