El último autobús para Dubay...
A la intempestiva hora
de las tres de la mañana, la acordada, estábamos parados en la
circunvalación de Alicante, antes de llegar a la desviación para el
aeropuerto del Altet, esperando la llegada del autobús que conducía
Hassan. Mohamed nos acompañó, quería estar presente en la salida
de aquella nuestra última etapa, retrasando la definitiva despedida
hasta el minuto más postrero. Ocultos detrás de la furgoneta,
aguardamos hasta que, en la distancia, vimos llegar un autobús, el
único vehículo que circuló por allí en aquella breve espera. El
autobús dio unas ráfagas y, acto seguido, el intermitente de la
derecha, indicando que se detenía. Al abrirse la puerta del autobús,
Mohamed asomó por allí su cabeza y, en árabe, se dirigió a su
cuñado con un saludo y una petición de ayuda. Nuestro vehículo se
había parado, al parecer por falta de combustible. Hassan, simulando
contrariedad, bajó del autobús y se dirigió hacia la parte de
atrás, en la que había quedado nuestro coche. Ya llevábamos listas
dos garrafillas de diez litros para que nos las llenase. Hassan
también había preparado un tubo de goma para hacer el trasvase, lo
llevaba en el hueco portaherramientas de la puerta del conductor.
Dijo que iba a recogerlo, pero yo me ofrecí a hacerlo por él. Subí
al autobús, en el que las luces ambientales permanecían
amortiguadas y los pasajeros dormidos, pero pude ver sus caras en
aquella semipenumbra. Me quedé muerto, pero recogí el tubo y,
procurando no hacer ruido, bajé del autobús y se lo entregue a
Hassan. Acto seguido me dirigí a la parte trasera de la furgoneta,
recogí el fusil ametrallador de Joaquinillo y, andando despacio, me
acerqué por detrás hasta donde estaban mis tres amigos. En la
oscuridad de la noche, no vieron el fusil que portaba hasta que me
escucharon hablar.
- Hassan, deja ya de
sacar gas-oil y cierra el depósito. Hay un cambio de planes. Nos
llevamos el autobús con tus pasajeros, y tú te vuelves andando.
Denuncia que un grupo de terroristas españoles te ha robado el
vehículo y a los ocupantes. Joaquinillo súbete al autobús, vas a
tener que conducirlo para que yo pueda encañonar a los pasajeros.-
les dije.
- Pero, ¿Tú te has
vuelto loco, muchacho? ¿Qué se te ha pasado ahora por la cabeza?-
me reconvino Joaquinillo a punto de un ataque de apoplejía.
- ¿Recuerdas la
pregunta que nos solíamos hacer en la casa tanta veces? ¿Por qué
habíamos tenido que quedar nosotros vivos? ¿Para qué? Pues bien,
ahora ya lo sé. Ahí está la explicación de nuestro destino, en
ese autobús, ahí está el motivo por el que la sabia naturaleza nos
ha dejado vivos a nosotros y nos ha proporcionado esta ametralladora.
Para hacer justicia. Así que sube. Ahora, cuando veas la gente que
llevamos en ese autobús lo comprenderás todo. Hassan, lo siento, tú
en nuestro lugar habrías hecho lo mismo. Mohamed, dame un abrazo.
Algún día nos volveremos a encontrar en vuestro Paraíso, también
a nosotros nos van a tener que abrir sus puertas, teniendo en cuenta
el grupo de cristianos que nos vamos a liquidar de aquí a un rato.
- Esperad, yo ir con
vosotros. Ahora que sé que padres no necesitar y que poder volver
con ellos cuando quiera, regreso con vosotros. Yo aprovechar ocasión,
nunca liquidar un cristiano. – Mohamed, al final no fue capaz de
resistir las fuerzas de atracción que, en aquellos meses de extrema
convivencia, se habían creado entre nosotros.
Nos subimos los tres
al autobús, quedando afuera a Hassan, a quien no le dimos ni las
llaves de la furgoneta. Joaquinillo, cuando descubrió la
personalidad de los pasajeros, nada más subir, empezó a forcejear
conmigo para coger él la ametralladora, a lo que me resistí.
- Dame eso a mí,
dámelo- repetía.
- Estate quieto
Joaquinillo, no es éste el momento.- le dije en voz baja intentando
no hacer ruido para no alborotar al personal.
- No, me dijo, si no
es lo que piensas, es que no me atrevo a conducir un autobús.
Llévalo tú, déjame a mí el arma. Y no te preocupes de nada, que
esto lo gobierno yo solo, sin el más mínimo problema. Si quieres
nos apostamos algo. - me dijo reflejando total confianza en su
rostro, como si estuviéramos hablando simplemente de secuestrar a
una camada de jabalines.
Arrancamos, conmigo al
volante, detrás, Joaquinillo apuntando con la ametralladora al
personal, ya despierto, que se miraban unos a otros y a Joaquinillo,
con su fusil y con su pinta de terrorista de la tercera edad.
Mohamed, también de pie, controlando sólo con la vista, como si
fuera el guía de la excursión, a aquel grupo de pasajeros en el que
se encontraba la flor y nata de lo que había sido la sociedad
española, la élite directiva de aquella sociedad, la que podía y
debía haber previsto que aquel camino por el que nos hacían
circular iba directamente hacia un abismo sin fondo. Los capitanes
del barco, los responsables de haber ordenado, a su tiempo, el golpe
de timón que nos podría haber salvado a todos. Allí estaban, los
más principales, en aquel autobús, rumbo a Dubay, como nos dijo el
cuñado de Mohamed, para dejar pasar allí cómodamente el resto de
sus días, en cualquiera de aquellas playas paradisíacas, jugando al
golf y bebiéndose las botellas de los mejores vinos de la Ribera del
Duero, que, seguramente, habrían colocado entre su equipaje, dándole
carácter prioritario a aquel tipo de detalles en la preparación de
su viaje.
Joaquinillo levantó
su voz para acallar el murmullo del grupo que, a la vista de la falta
de indicaciones, empezaba a mostrar signos de insubordinación.
- Me vais a escuchar
un momento, sus señorías. Os vais a quedar muy callados y os vais a
sentar, muy tranquilamente, cada uno en su sitio. El motivo que
aconseja ese tipo de comportamientos se encuentra representado en el
artilugio que sostengo entre mis brazos, que no es ni más ni menos
que una ametralleta de nuestra gloriosa Guardia Civil, de la que un
servidor es el actual depositario. Conozco perfectamente su manejo,
sólo tiene dos dispositivos de control, verbigracia o ejemplo: esta
palanquita de aquí- señaló con el dedo-, llamada seguro, que
ahora mismo está en la posición de quitado y esta otra de ahí- y
arrastró, despacio, el índice hasta otro punto del arma-, que
señala dos posiciones, una de ellas es la llamada de tiro a tiro, y
la otra, la que está seleccionada actualmente, que es la posición
de ráfagas. En esta posición de ráfagas, al apretar suavemente el
gatillo, se disparan alrededor de ciento sesenta proyectiles por
minuto. Quiere ello decir que, en menos de quince segundos, pueden
pasar al estado de muertos todas las señorías que en este
autobús, actualmente, disfrutan, injustamente, del estado de vivos.
Y una vez expuestas estas breves pero ilustrativas explicaciones, le
voy a traspasar el arma, aquí, a mi compañero, el famoso activista
de Al-Qaeda, Mohamed, con la indicación de que, a la menor, apunte
para todos los lados y apriete el gatillo a fondo. Y es que quiero yo
tomarme un relajo para hablaros a sus señorías, sólo serán unas
sencillas palabras. Quiero que me escuchéis, por una vez, vosotros a
mí, porque, para mi desgracia, yo os he tenido que escuchar a
vosotros muchas veces. Así que, ahora, me vais a corresponder y me
vais escuchar vosotros, en silencio, y quietecitos.- Y le entregó el
arma a Mohamed, mientras él se remangaba y, sentado de lado en una
butaca del pasillo de la segunda fila, provisto del micrófono del
guía del autobús, inició su discurso.
- Uno, dos. Uno, dos.
¿Me se oye? ¿Me se oye? Uno, dos. Uno, dos. Bien, parece que me se
oye.- inició su intervención de la forma que él consideraba
protocolaria en el uso de aquel aparato, según había observado
hacer, en múltiples ocasiones, a los cantantes de las orquestas que
actuaban en el pueblo con ocasión de las fiestas de patronales San
Antón o las primaverales de San Isidro- Os voy a hacer una breve
presentación- empezó-. Os diré que yo, que me llamo Joaquinillo y
soy de Los Manantiales. Miento, vivo en Los Manantiales, que ser de
Los Manantiales, para uno de mi edad es algo imposible, porque no
existía entonces ese pueblo para que naciera nadie en él. Yo nací
en El Ballestero, pero siendo sólo un chaval emigramos todos los
miembros de mi familia a Los Manantiales. Todos los vecinos del
pueblo llegamos el mismo día, todos a la vez, en las mismas
condiciones, no llevábamos nada, pero nos dieron un pueblo entero,
nuevo, para nosotros. Un pueblo vacío, sin vida. La vida se la
teníamos que dar nosotros. Ése era el trato. Y vaya si se la dimos.
En el pueblo habría doscientas casas, creo yo, más o menos. Cada
casa se llenó de chavales, la que menos cuatro o cinco, pero hubo
alguna de hasta diecisiete. Ya os digo, cosas, teníamos pocas:
comíamos, trabajábamos, hablábamos, reíamos, llorábamos,
soñábamos…incluso soñábamos que teníamos cosas, pero no las
teníamos. No teníamos coche, ni lavadora, ni frigorífico, ni
íbamos de vacaciones. Pero estábamos vivos. Ahora, allí, en
aquellas mismas casas están las cosas, pero ¿Dónde están ahora
los chavales? ¿Dónde está ahora la vida? ¿Era ése el progreso
que nos ofrecíais? ¿Era ése el precio de las cosas?- hizo aquí
una pausa Joaquinillo mientras los miraba uno por uno con gesto
reprobatorio.
- Ya os he dicho antes
lo harto que estaba ya, de escuchar vuestros discursos cansinos,
siempre igual: lo bien que lo hacíais, lo bien que lo ibais a hacer,
lo mal que lo hacían los otros y lo mal que lo iban a hacer los
otros si les votábamos a ellos. En eso se podía resumir el
contenido de vuestros mensajes. Y no os dabais cuenta que cada vez
votaba menos gente a los unos y a los otros. Y es que nos teníais
hartos. No os dabais cuenta de que el sistema no era operativo, que
funcionaba mal, que no generaba ni ilusiones ni esperanzas, sólo
malestar y descontento. Esa democracia vuestra, tan festejada y tan
mal diseñada, tan franquistamente diseñada- aunque vosotros erais
todos antifranquistas puros-, era como un coche con las ruedas
cuadradas. A cada paso, a cada intento de avanzar de aquellas ruedas
cuadradas, se producían fricciones, encontronazos y desacuerdos
imposibles de resolver. Aquel maldito sistema no proporcionaba
suficientes herramientas para resolver los conflictos que él mismo
creaba. Si el partido del gobierno proponía un cambio, la oposición,
no es que se opusiera, es que se escandalizaba. Lo mismo que pasaba
cuando la propuesta venía de la oposición, pero al revés. Y no
salíamos de aquel círculo vicioso. Unos y otros transmitiendo al
pueblo su malestar, su odio, su desconfianza, su egoísmo. Y el
pueblo, pidiendo intervenir, deseando intervenir para resolver
aquella permanente incongruencia, manifestándose, incluso, a la
llamada de los unos y de los otros, para nada. Lo fácil que hubiera
sido haberle dado al pueblo aquel papel de árbitro que os estaba
pidiendo, que le correspondía. Lo fácil que hubiera sido haberle
dejado que resolviera definitivamente cada enfrentamiento, cada
disputa, cada dilema. Era tan fácil. Hubiera sido tan útil.
Simplemente una consulta mensual, al azar, pero formal y de carácter
vinculante, a un porcentaje de la opinión pública, un simple uno
por mil, cambiante mes a mes, que hubiera sentenciado cada cuestión,
unas veces para un lado y otras para el otro, sin más traumas, pero
dirigiendo el rumbo en la dirección correcta, en la dirección que
el pueblo, no vosotros, decidiera. Bien está que dependiéramos de
vuestras propuestas, que dependiéramos de vuestras escogidas mentes
para que diseñarais diversas y plurales soluciones para nuestros
problemas, pero la decisión, a quien correspondía adoptarla, era a
nosotros, al pueblo. Ése fue el gran problema, ése era el motivo de
que el sistema no marchase. El sistema os dio a vosotros la capacidad
para hacer las propuestas y también para decidir sobre esas mismas
propuestas. Y al final, lógicamente, vosotros os proponíais cosas
que solo os importaban a vosotros. Y a nosotros, al pueblo, que nos
fueran dando. Pues eso mismo va a pasar ahora, que a los que os van a
dar, es a vosotros. ¿Estás de acuerdo con lo que les voy diciendo,
Salomón? – me preguntó, haciendo una pausa.
- Sí, sí, está muy
bien- le contesté- sigue, que yo te voy escuchando.
- Bueno, pues como os
iba diciendo, yo desde pequeño tuve que trabajar en la agricultura.
Yo no sé a cuántos de vosotros os habré alimentado en tantos años
de producir patatas, cebollas y tantas otras cosas. Que, si yo lo
llego a saber, me había hecho mi huertecica para mí y a vosotros
que os hubiera vendido las patatas, las cebollas y tantas otras cosas
vuestra tía. Pero en fin, había que producir y producíamos.
Algunos de los aquí presentes habéis pasado por ese ministerio de
la economía y ramas afines y habréis tenido la oportunidad y la
responsabilidad de contemplar el horizonte al que se dirigía nuestro
barco, qué era lo que necesitaba aquel barco imprescindiblemente
para marchar- petróleo-, hacia dónde nos dirigíamos en aquella
incesante carrera, creando una dependencia cada vez mayor de aquel
producto sin el cual quedaríamos parados, irremisiblemente, en el
medio del mar, náufragos absurdos de un viaje imposible que no nos
llevaba a ningún otro sitio que no fuera a aquel en que nos acaba de
dejar: pudriéndonos inanes bajo el sol, bajo aquel sol del que nos
habíamos olvidado, al que habíamos repudiado, para correr detrás
de aquel cómodo petróleo, en cuyo fango quedamos prisioneros.
Vosotros tuvisteis la ocasión de desacelerar esa economía
productivista, cuyos efectos no eran visibles a su arranque, en los
años cincuenta, después de la gran guerra europea, cuando
efectivamente era tan necesario producir a gran escala, y mecanizar,
industrializar, la agricultura y la minería, y la construcción y el
transporte. Porque entonces había hambre, se necesitaban más
alimentos y había que activar la utilización de los recursos
naturales a nuestra disposición. Pero llegó un momento en que ese
modelo se vio caducado y no era plan enterrar la cabeza en la arena y
seguir hacía adelante como hicisteis. Por seguir la marcha,
seguisteis hasta subvencionando la producción de cosas que nadie
demandaba, porque era lo más cómodo. Si la gente no quería beber
más vino, ¿Qué necesidad había de seguir produciendo tanto vino?
¿Es que no se podían haber cambiado las producciones? Pues claro
que se podían arrancar las cepas y cultivar otras cosas que hubieran
sustituido por ejemplo los transportes de otras que se traían desde
lejos. Pudisteis subvencionar por ejemplo el desarrollo de una
agricultura peri-urbana que autoabasteciera a cada población con un
anillo externo, próximo, contiguo, planificado, de cultivos
agrícolas y explotaciones ganaderas, sin necesidad de transportar
nada o lo mínimo posible. Pudisteis planificar la distribución
industrial, acotando las áreas de influencia, dándole importancia
al suministro local, dándole importancia prioritaria a la
disminución del transporte. Pudisteis daros cuenta que el turismo
nos estaba empobreciendo a largo plazo, que no nos traía nada más
que consumo y fomento de más consumo, que esquilmaba nuestros
recursos naturales, los deterioraba y nos llenaba de nuevas
infraestructuras que ahora, en esta coyuntura en que nos encontramos,
no son más que peso muerto. Pudisteis transmitir a la población el
mensaje de que había llegado la hora de cambiar nuestra filosofía,
que lo importante, a partir de aquel punto de inflexión, que nunca
llegó, era algo que se nos había olvidado: vivir; que nos teníamos
que ir organizando, poco a poco, a partir de aquel momento, para
cambiar de hábitos consumistas, para aprender a vivir con los
mínimos elementos que fuéramos capaces de producir con sólo
nuestra propia capacidad, que era mucha; que eso implicaba a largo
plazo un cambio transcendental, que ese cambio nos iba a acercar a
nuestra naturaleza humana, que iba a relacionar más directamente
nuestra actividad diaria con nuestras necesidades diarias, que bien
organizados íbamos a poder vivir perfectamente y contemplar el
futuro con sosiego, que íbamos a contar con mucho más tiempo para
una vida familiar, para una vida íntima, que íbamos a poder vivir
una vida mucho más natural y mucho más parecida a la que Dios había
pensado para los hombres cuando los creó. Pero no lo hicisteis, no
porque no lo vierais necesario, no porque no tuvierais huevos para
hacer algo que era impopular, no, no fue por eso. Es que os daba lo
mismo, porque, al fin y al cabo, vosotros, os ibais a marchar a
Dubay. Pero os vais a joder, porque se han acabado las plazas para
Dubay. Ya no quedan plazas en Dubay para vosotros. Podría deciros
muchas más cosas. ¡Son tantas las cosas que hacíais mal! Pero son
muchísimas más todavía las que no hacíais, ni mal ni bien,
simplemente pasabais, pasabais de vuestras obligaciones. En cualquier
dirección que apuntásemos, en cualquier área de vuestras
competencias que entrásemos, podríamos hablar sin parar de las
omisiones, de las deficiencias que se eternizaron sin resolver, de
las priorizaciones interesadas en vuestras extrañas y escasas
resoluciones. Sólo podéis presumir de haber dispuesto de poder y de
dinero, ambas cosas en abundancia. Y ninguna de las dos las habéis
sabido emplear debidamente. Podría entrar en un detalle
interminable de críticas. Si quisiera igualmente detallar aciertos,
creo que no sería capaz de nombrar dos cosas de importancia, en ese
sentido os podéis sentir orgullosos también. Pero no me voy a
cansar. Ya no tiene razón de ser. Ya no es tiempo de cambiar nada.
Ya se me está secando la boca y sobre todo la voluntad y la fe que
hay que tener para hablaros como si pudierais ser buenos, como si
alguna vez, siquiera, pensasteis en serlo. Sólo les pido a San
Dantón, a San Robespierre y a San Marat que nos ayuden a encontrarle
solución a este conflicto moral en que nos encontramos nosotros
ahora. Yo he terminado ya, Salomón, ¿quieres tú añadir algo?-
terminó Joaquinillo aquel breve discurso, que empezó eufórico y
terminó desmoralizado, cediéndome un turno de palabra.
- No, Joaquinillo- le
dije al micrófono que me puso en la boca-, sólo te ha faltado
identificar al resto de los asesinos de masas que transportamos en
este autobús. Este holocausto no es sólo responsabilidad de los
gobernantes, de los ministros, de los diputados, con ser ellos los
más culpables de todos, porque fueron el instrumento que se dejó
manejar por las manos equivocadas. Aquí, en este autobús, van
también los representantes del capital. Éstos también se han
subido aquí para salvarse de la quema final, a la que nos llevó su
avaricia y su ambición, su endiosamiento y su desprecio hacía
cualquier tipo de derecho que no fuera el suyo propio. También nos
acompañan en esta bonita excursión los sindicatos, es el premio que
les ha correspondido por su silencio cómplice y culpable. El sistema
judicial, ese poder independiente y vigilante que ocupó el lugar de
la justicia para bloquearla, para piratearla, para dejarnos sin ella,
en un juego de auténtica magia: aquí está, pero no está. Es la
misma magia que practicaba la prensa libre. Porque teníamos prensa
libre y televisión privada, medios de masas, para practicar el mismo
tipo de magia, la magia de la mentira: ésta es la noticia porque lo
decimos nosotros que somos la prensa; si no lo decimos nosotros es
que no es noticia. Estaba claro, erais portavoces, por eso os han
guardado plaza también en este autobús para Dubay.- terminé sin
despedirme, simplemente me callé.
- A ti, Mohamed, no te
voy a dar la oportunidad de que les digas nada, que bastante putada
les has hecho ya, trayéndonos a nosotros al autobús.- se dirigió
Joaquinillo a nuestro amigo marroquí que contemplaba callado toda
aquella monserga, sin dejar de observar atentamente a los pasajeros
como si fuera un perro pastor alerta al menor movimiento del rebaño-
Y vosotros señorías echaros ahora un sueñecico, que ya estamos
cerca del destino y quizás, cuando lleguemos, os vague menos y no
tengáis tantas comodidades para descabezar una siesta. Yo os dejo,
tengo que darle algunas instrucciones referentes al itinerario, aquí
al señor conductor.- y dirigiéndose a Mohamed- Y tú, no vayas a
tener escrúpulos en mandarles un rafagazo, que nos van a pagar igual
llegue como llegue la mercancía.
Después de dejar la
autovía a la altura de un pueblo llamado Hoya Gonzalo, continuamos
por una estrecha carretera que serpenteaba en continuas curvas y
cambios de rasante. Joaquinillo me animaba a pisarle a tope, que no
importaba que saltaran los radares, que llevando a bordo a toda la
plana mayor no nos iban a llegar las multas. Bajamos fuertes
pendientes, ciñendo cerradas curvas hasta, después de recorrer al
menos treinta kilómetros, llegar al nivel del río y al pintoresco
pueblo de Alcalá del Jucar. A la entrada del pueblo, a la izquierda
de la carretera, se extiende una zona llana en la que se levantan los
hoteles y restaurantes que daban servicio a la numerosa afluencia de
turística que antaño animaba a esta población. Era la zona nueva
de Alcalá del Jucar, la zona económica y recreativa donde se
extendía la playa fluvial y el embarcadero que tanto atractivo le
dieron en tiempos a esta pequeña población. El río Jucar, en su
recorrido urbano que no llega a un kilómetro, es el límite que
separa esta mitad del pueblo, llana y moderna, de la otra parte de
casas ancestrales que dieron inicio al pueblo y lo configuraron
durante toda su historia. Casas que trepan por la ladera de aquel
cerro de blanca roca caliza, bordeando unas cuantas calles
serpenteantes, levantando cada casa sus ventanas por encima de los
tejados de las casas de la acera de enfrente, como para poder mirar
desde cualquier sitio, sin estorbos, el bonito panorama. Desde la
carretera, todo el conjunto de casas blancas cubriendo la ladera, la
arboleda que llena toda la parte baja entre las instalaciones
hoteleras, el castillo en la cumbre del cerro y la curva que describe
el río en su recorrido componen un conjunto fotogénico insuperable.
Al lado derecho de la carretera quedaba una amplia explanada que
sirvió de aparcamiento de los numerosos autocares que, en los buenos
tiempos, en los meses de primavera y verano llegaban al pueblo, cada
día, cargados de turistas. Allí, en aquella explanada, un poco
alejados de las casas de la orilla plana de pueblo y más alejados
aún de las otras casas del cerro de la otra parte del río, paramos
el autobús. Apreté el claxon de forma insistente. Eran las primeras
horas de la mañana. Al otro lado del río, se apreció un cierto
movimiento, se iluminaron varias luces en el interior de algunas
casas. Mantuve apretado el claxon provocando, en la apacibilidad del
tranquilo lugar, una notoria perturbación. Se acercaron algunas
personas caminado de forma precavida hasta el otro extremo del puente
que, a nuestra altura, unía las dos orillas del río. Desde la
distancia se podía apreciar, a la tenue luz de la mañana, que
aquellas personas vestían antigua ropa militar.
- Es la hora de salir.
Es la hora de afrontar la dura realidad de la vida cotidiana. En unos
momentos estará aquí vuestro comité de bienvenida. Nosotros,
lamentándolo mucho, no podemos quedarnos. Vayan saliendo, por favor,
rapidito. Mohamed, déjame que les suelte una pequeña traca de
despedida- Joaquinillo le quitó de las manos el fusil ametrallador
y, dicho y hecho, apretó el gatillo en dirección a los cristales de
una zona en la que ya no había nadie sentado, provocando una
estampida de detonaciones y de cristales rotos que atronó el autobús
y llenó todos los asientos y el suelo de los fragmentos de vidrio
despedidos. Los ocupantes del autobús apresuraron su, hasta
entonces, lento descenso.
Al otro lado del
puente ya había un grupo numeroso de personas que se detuvieron en
seco al escuchar los disparos. Al bajar el último de los pasajeros,
Joaquinillo se dirigió a mí, en estos términos:
- Mucho me gustaría
quedarme aquí, a ver como se los jalan, pero corremos peligro de que
se nos jalen también a nosotros, porque estos se jalan a todo el que
pillan. Así que acelera, Salomón, salgamos de aquí echando leches.
Los dejamos donde
debían estar, con su pueblo. En el mismo lugar y en las mismas
condiciones que ellos habían propiciado. Era justo que se
enfrentaran con los resultados de sus hechos. Aquel era su sitio, no
las playas del paradisíaco Dubay.
Volví otra vez al
volante y, cumpliendo al pie de la letra las instrucciones de
Joaquinillo, aceleré a fondo el autobús para ascender por aquellas
curvas cerradas, de elevadas pendientes, que nos alejaban del Jucar
en dirección a la planicie de la Manchuela albacetense, que
atravesaríamos por una carretera recta, ancha y plana a lo largo de
unos sesenta kilómetros que llevaban directamente hasta la ciudad de
Albacete, en un abrir y cerrar de ojos.
No tuvimos problemas
en este trayecto, ni tampoco al rodear la circunvalación de la
muerta ciudad para dirigirnos finalmente por la carretera de Peñas
en dirección a la sierra. Llegamos a Ayna y, esta vez sí, esta vez
justamente allí, en el mismo mirador de Ayna, antes de llegar a las
calles del pueblo, cuando aún nos faltaban sesenta kilómetros para
llegar a Casares, precisamente allí, se nos terminó el combustible
del autobús.
No nos quedaba otra
alternativa que continuar a pie, pero no iba a ser ése el obstáculo
que no fuéramos, ahora, capaces de vencer. Bajamos la pendiente
carretera que llevaba hasta el estrecho desfiladero por el que corría
el río Mundo, al pie de aquellas sierras. A la vera del río vimos
un huerto cultivado, un primoroso huerto de acelgas, de repollos, de
espinacas que eran los cultivos propios de la época. Conseguimos
encontrar incluso al hortelano y acercarnos a él y hablarle y
contarle quiénes éramos. Y el hombre lloró con nosotros de
alegría, después de haber llorado antes de miedo cuando pensó que
éramos jalan. Nos contó que creía que había otros como él,
desperdigados, a lo largo del río, que puede que hubiera familias
enteras sobreviviendo aquí y allá, en toda aquella ribera del río
Mundo. Le animamos a que los buscara, a que los reuniera, a que nos
visitaran. Estábamos en el próximo valle del Segura, le explicamos
el sitio preciso. Teníamos que organizarnos, agruparnos. El hombre
nos vio marchar incrédulo, se resistía a aceptar que fuéramos
reales, que aquella mañana hubiera hablado con alguien, que todo
aquello no había sido un sueño.
Proseguimos nuestra
ruta, sin prisa, buscando en el paisaje otras señales que nos
indicaran la presencia de nuevos y anhelados vecinos. Volveríamos
por allí. Exploraríamos los cursos de los ríos para encontrar
congéneres con los que engrandecer la colonia.
- No estamos solos y
no vamos dejar que otros lo estén, si lo podemos evitar-
comentábamos, justo al coronar la colina alta, al otro lado del río,
desde la que ya pudimos divisar, a lo lejos, a Isabela, sentada en un
risco, contemplando, tranquilamente, como pastaba el rebaño. Un poco
más allá, Juan Luis jugueteaba con los perros que fueron de
Naranjo.
- Aún parecen resonar
en el aire los acordes finales del último movimiento de la sexta
sinfonía, Pastoral, de Beethoven.- me dije interiormente.
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