CAPÍTULO 22





El último autobús para Dubay...

A la intempestiva hora de las tres de la mañana, la acordada, estábamos parados en la circunvalación de Alicante, antes de llegar a la desviación para el aeropuerto del Altet, esperando la llegada del autobús que conducía Hassan. Mohamed nos acompañó, quería estar presente en la salida de aquella nuestra última etapa, retrasando la definitiva despedida hasta el minuto más postrero. Ocultos detrás de la furgoneta, aguardamos hasta que, en la distancia, vimos llegar un autobús, el único vehículo que circuló por allí en aquella breve espera. El autobús dio unas ráfagas y, acto seguido, el intermitente de la derecha, indicando que se detenía. Al abrirse la puerta del autobús, Mohamed asomó por allí su cabeza y, en árabe, se dirigió a su cuñado con un saludo y una petición de ayuda. Nuestro vehículo se había parado, al parecer por falta de combustible. Hassan, simulando contrariedad, bajó del autobús y se dirigió hacia la parte de atrás, en la que había quedado nuestro coche. Ya llevábamos listas dos garrafillas de diez litros para que nos las llenase. Hassan también había preparado un tubo de goma para hacer el trasvase, lo llevaba en el hueco portaherramientas de la puerta del conductor. Dijo que iba a recogerlo, pero yo me ofrecí a hacerlo por él. Subí al autobús, en el que las luces ambientales permanecían amortiguadas y los pasajeros dormidos, pero pude ver sus caras en aquella semipenumbra. Me quedé muerto, pero recogí el tubo y, procurando no hacer ruido, bajé del autobús y se lo entregue a Hassan. Acto seguido me dirigí a la parte trasera de la furgoneta, recogí el fusil ametrallador de Joaquinillo y, andando despacio, me acerqué por detrás hasta donde estaban mis tres amigos. En la oscuridad de la noche, no vieron el fusil que portaba hasta que me escucharon hablar.
- Hassan, deja ya de sacar gas-oil y cierra el depósito. Hay un cambio de planes. Nos llevamos el autobús con tus pasajeros, y tú te vuelves andando. Denuncia que un grupo de terroristas españoles te ha robado el vehículo y a los ocupantes. Joaquinillo súbete al autobús, vas a tener que conducirlo para que yo pueda encañonar a los pasajeros.- les dije.
- Pero, ¿Tú te has vuelto loco, muchacho? ¿Qué se te ha pasado ahora por la cabeza?- me reconvino Joaquinillo a punto de un ataque de apoplejía.
- ¿Recuerdas la pregunta que nos solíamos hacer en la casa tanta veces? ¿Por qué habíamos tenido que quedar nosotros vivos? ¿Para qué? Pues bien, ahora ya lo sé. Ahí está la explicación de nuestro destino, en ese autobús, ahí está el motivo por el que la sabia naturaleza nos ha dejado vivos a nosotros y nos ha proporcionado esta ametralladora. Para hacer justicia. Así que sube. Ahora, cuando veas la gente que llevamos en ese autobús lo comprenderás todo. Hassan, lo siento, tú en nuestro lugar habrías hecho lo mismo. Mohamed, dame un abrazo. Algún día nos volveremos a encontrar en vuestro Paraíso, también a nosotros nos van a tener que abrir sus puertas, teniendo en cuenta el grupo de cristianos que nos vamos a liquidar de aquí a un rato.
- Esperad, yo ir con vosotros. Ahora que sé que padres no necesitar y que poder volver con ellos cuando quiera, regreso con vosotros. Yo aprovechar ocasión, nunca liquidar un cristiano. – Mohamed, al final no fue capaz de resistir las fuerzas de atracción que, en aquellos meses de extrema convivencia, se habían creado entre nosotros.
Nos subimos los tres al autobús, quedando afuera a Hassan, a quien no le dimos ni las llaves de la furgoneta. Joaquinillo, cuando descubrió la personalidad de los pasajeros, nada más subir, empezó a forcejear conmigo para coger él la ametralladora, a lo que me resistí.
- Dame eso a mí, dámelo- repetía.
- Estate quieto Joaquinillo, no es éste el momento.- le dije en voz baja intentando no hacer ruido para no alborotar al personal.
- No, me dijo, si no es lo que piensas, es que no me atrevo a conducir un autobús. Llévalo tú, déjame a mí el arma. Y no te preocupes de nada, que esto lo gobierno yo solo, sin el más mínimo problema. Si quieres nos apostamos algo. - me dijo reflejando total confianza en su rostro, como si estuviéramos hablando simplemente de secuestrar a una camada de jabalines.
Arrancamos, conmigo al volante, detrás, Joaquinillo apuntando con la ametralladora al personal, ya despierto, que se miraban unos a otros y a Joaquinillo, con su fusil y con su pinta de terrorista de la tercera edad. Mohamed, también de pie, controlando sólo con la vista, como si fuera el guía de la excursión, a aquel grupo de pasajeros en el que se encontraba la flor y nata de lo que había sido la sociedad española, la élite directiva de aquella sociedad, la que podía y debía haber previsto que aquel camino por el que nos hacían circular iba directamente hacia un abismo sin fondo. Los capitanes del barco, los responsables de haber ordenado, a su tiempo, el golpe de timón que nos podría haber salvado a todos. Allí estaban, los más principales, en aquel autobús, rumbo a Dubay, como nos dijo el cuñado de Mohamed, para dejar pasar allí cómodamente el resto de sus días, en cualquiera de aquellas playas paradisíacas, jugando al golf y bebiéndose las botellas de los mejores vinos de la Ribera del Duero, que, seguramente, habrían colocado entre su equipaje, dándole carácter prioritario a aquel tipo de detalles en la preparación de su viaje.
Joaquinillo levantó su voz para acallar el murmullo del grupo que, a la vista de la falta de indicaciones, empezaba a mostrar signos de insubordinación.
- Me vais a escuchar un momento, sus señorías. Os vais a quedar muy callados y os vais a sentar, muy tranquilamente, cada uno en su sitio. El motivo que aconseja ese tipo de comportamientos se encuentra representado en el artilugio que sostengo entre mis brazos, que no es ni más ni menos que una ametralleta de nuestra gloriosa Guardia Civil, de la que un servidor es el actual depositario. Conozco perfectamente su manejo, sólo tiene dos dispositivos de control, verbigracia o ejemplo: esta palanquita de aquí- señaló con el dedo-, llamada seguro, que ahora mismo está en la posición de quitado y esta otra de ahí- y arrastró, despacio, el índice hasta otro punto del arma-, que señala dos posiciones, una de ellas es la llamada de tiro a tiro, y la otra, la que está seleccionada actualmente, que es la posición de ráfagas. En esta posición de ráfagas, al apretar suavemente el gatillo, se disparan alrededor de ciento sesenta proyectiles por minuto. Quiere ello decir que, en menos de quince segundos, pueden pasar al estado de muertos todas las señorías que en este autobús, actualmente, disfrutan, injustamente, del estado de vivos. Y una vez expuestas estas breves pero ilustrativas explicaciones, le voy a traspasar el arma, aquí, a mi compañero, el famoso activista de Al-Qaeda, Mohamed, con la indicación de que, a la menor, apunte para todos los lados y apriete el gatillo a fondo. Y es que quiero yo tomarme un relajo para hablaros a sus señorías, sólo serán unas sencillas palabras. Quiero que me escuchéis, por una vez, vosotros a mí, porque, para mi desgracia, yo os he tenido que escuchar a vosotros muchas veces. Así que, ahora, me vais a corresponder y me vais escuchar vosotros, en silencio, y quietecitos.- Y le entregó el arma a Mohamed, mientras él se remangaba y, sentado de lado en una butaca del pasillo de la segunda fila, provisto del micrófono del guía del autobús, inició su discurso.
- Uno, dos. Uno, dos. ¿Me se oye? ¿Me se oye? Uno, dos. Uno, dos. Bien, parece que me se oye.- inició su intervención de la forma que él consideraba protocolaria en el uso de aquel aparato, según había observado hacer, en múltiples ocasiones, a los cantantes de las orquestas que actuaban en el pueblo con ocasión de las fiestas de patronales San Antón o las primaverales de San Isidro- Os voy a hacer una breve presentación- empezó-. Os diré que yo, que me llamo Joaquinillo y soy de Los Manantiales. Miento, vivo en Los Manantiales, que ser de Los Manantiales, para uno de mi edad es algo imposible, porque no existía entonces ese pueblo para que naciera nadie en él. Yo nací en El Ballestero, pero siendo sólo un chaval emigramos todos los miembros de mi familia a Los Manantiales. Todos los vecinos del pueblo llegamos el mismo día, todos a la vez, en las mismas condiciones, no llevábamos nada, pero nos dieron un pueblo entero, nuevo, para nosotros. Un pueblo vacío, sin vida. La vida se la teníamos que dar nosotros. Ése era el trato. Y vaya si se la dimos. En el pueblo habría doscientas casas, creo yo, más o menos. Cada casa se llenó de chavales, la que menos cuatro o cinco, pero hubo alguna de hasta diecisiete. Ya os digo, cosas, teníamos pocas: comíamos, trabajábamos, hablábamos, reíamos, llorábamos, soñábamos…incluso soñábamos que teníamos cosas, pero no las teníamos. No teníamos coche, ni lavadora, ni frigorífico, ni íbamos de vacaciones. Pero estábamos vivos. Ahora, allí, en aquellas mismas casas están las cosas, pero ¿Dónde están ahora los chavales? ¿Dónde está ahora la vida? ¿Era ése el progreso que nos ofrecíais? ¿Era ése el precio de las cosas?- hizo aquí una pausa Joaquinillo mientras los miraba uno por uno con gesto reprobatorio.
- Ya os he dicho antes lo harto que estaba ya, de escuchar vuestros discursos cansinos, siempre igual: lo bien que lo hacíais, lo bien que lo ibais a hacer, lo mal que lo hacían los otros y lo mal que lo iban a hacer los otros si les votábamos a ellos. En eso se podía resumir el contenido de vuestros mensajes. Y no os dabais cuenta que cada vez votaba menos gente a los unos y a los otros. Y es que nos teníais hartos. No os dabais cuenta de que el sistema no era operativo, que funcionaba mal, que no generaba ni ilusiones ni esperanzas, sólo malestar y descontento. Esa democracia vuestra, tan festejada y tan mal diseñada, tan franquistamente diseñada- aunque vosotros erais todos antifranquistas puros-, era como un coche con las ruedas cuadradas. A cada paso, a cada intento de avanzar de aquellas ruedas cuadradas, se producían fricciones, encontronazos y desacuerdos imposibles de resolver. Aquel maldito sistema no proporcionaba suficientes herramientas para resolver los conflictos que él mismo creaba. Si el partido del gobierno proponía un cambio, la oposición, no es que se opusiera, es que se escandalizaba. Lo mismo que pasaba cuando la propuesta venía de la oposición, pero al revés. Y no salíamos de aquel círculo vicioso. Unos y otros transmitiendo al pueblo su malestar, su odio, su desconfianza, su egoísmo. Y el pueblo, pidiendo intervenir, deseando intervenir para resolver aquella permanente incongruencia, manifestándose, incluso, a la llamada de los unos y de los otros, para nada. Lo fácil que hubiera sido haberle dado al pueblo aquel papel de árbitro que os estaba pidiendo, que le correspondía. Lo fácil que hubiera sido haberle dejado que resolviera definitivamente cada enfrentamiento, cada disputa, cada dilema. Era tan fácil. Hubiera sido tan útil. Simplemente una consulta mensual, al azar, pero formal y de carácter vinculante, a un porcentaje de la opinión pública, un simple uno por mil, cambiante mes a mes, que hubiera sentenciado cada cuestión, unas veces para un lado y otras para el otro, sin más traumas, pero dirigiendo el rumbo en la dirección correcta, en la dirección que el pueblo, no vosotros, decidiera. Bien está que dependiéramos de vuestras propuestas, que dependiéramos de vuestras escogidas mentes para que diseñarais diversas y plurales soluciones para nuestros problemas, pero la decisión, a quien correspondía adoptarla, era a nosotros, al pueblo. Ése fue el gran problema, ése era el motivo de que el sistema no marchase. El sistema os dio a vosotros la capacidad para hacer las propuestas y también para decidir sobre esas mismas propuestas. Y al final, lógicamente, vosotros os proponíais cosas que solo os importaban a vosotros. Y a nosotros, al pueblo, que nos fueran dando. Pues eso mismo va a pasar ahora, que a los que os van a dar, es a vosotros. ¿Estás de acuerdo con lo que les voy diciendo, Salomón? – me preguntó, haciendo una pausa.
- Sí, sí, está muy bien- le contesté- sigue, que yo te voy escuchando.
- Bueno, pues como os iba diciendo, yo desde pequeño tuve que trabajar en la agricultura. Yo no sé a cuántos de vosotros os habré alimentado en tantos años de producir patatas, cebollas y tantas otras cosas. Que, si yo lo llego a saber, me había hecho mi huertecica para mí y a vosotros que os hubiera vendido las patatas, las cebollas y tantas otras cosas vuestra tía. Pero en fin, había que producir y producíamos. Algunos de los aquí presentes habéis pasado por ese ministerio de la economía y ramas afines y habréis tenido la oportunidad y la responsabilidad de contemplar el horizonte al que se dirigía nuestro barco, qué era lo que necesitaba aquel barco imprescindiblemente para marchar- petróleo-, hacia dónde nos dirigíamos en aquella incesante carrera, creando una dependencia cada vez mayor de aquel producto sin el cual quedaríamos parados, irremisiblemente, en el medio del mar, náufragos absurdos de un viaje imposible que no nos llevaba a ningún otro sitio que no fuera a aquel en que nos acaba de dejar: pudriéndonos inanes bajo el sol, bajo aquel sol del que nos habíamos olvidado, al que habíamos repudiado, para correr detrás de aquel cómodo petróleo, en cuyo fango quedamos prisioneros. Vosotros tuvisteis la ocasión de desacelerar esa economía productivista, cuyos efectos no eran visibles a su arranque, en los años cincuenta, después de la gran guerra europea, cuando efectivamente era tan necesario producir a gran escala, y mecanizar, industrializar, la agricultura y la minería, y la construcción y el transporte. Porque entonces había hambre, se necesitaban más alimentos y había que activar la utilización de los recursos naturales a nuestra disposición. Pero llegó un momento en que ese modelo se vio caducado y no era plan enterrar la cabeza en la arena y seguir hacía adelante como hicisteis. Por seguir la marcha, seguisteis hasta subvencionando la producción de cosas que nadie demandaba, porque era lo más cómodo. Si la gente no quería beber más vino, ¿Qué necesidad había de seguir produciendo tanto vino? ¿Es que no se podían haber cambiado las producciones? Pues claro que se podían arrancar las cepas y cultivar otras cosas que hubieran sustituido por ejemplo los transportes de otras que se traían desde lejos. Pudisteis subvencionar por ejemplo el desarrollo de una agricultura peri-urbana que autoabasteciera a cada población con un anillo externo, próximo, contiguo, planificado, de cultivos agrícolas y explotaciones ganaderas, sin necesidad de transportar nada o lo mínimo posible. Pudisteis planificar la distribución industrial, acotando las áreas de influencia, dándole importancia al suministro local, dándole importancia prioritaria a la disminución del transporte. Pudisteis daros cuenta que el turismo nos estaba empobreciendo a largo plazo, que no nos traía nada más que consumo y fomento de más consumo, que esquilmaba nuestros recursos naturales, los deterioraba y nos llenaba de nuevas infraestructuras que ahora, en esta coyuntura en que nos encontramos, no son más que peso muerto. Pudisteis transmitir a la población el mensaje de que había llegado la hora de cambiar nuestra filosofía, que lo importante, a partir de aquel punto de inflexión, que nunca llegó, era algo que se nos había olvidado: vivir; que nos teníamos que ir organizando, poco a poco, a partir de aquel momento, para cambiar de hábitos consumistas, para aprender a vivir con los mínimos elementos que fuéramos capaces de producir con sólo nuestra propia capacidad, que era mucha; que eso implicaba a largo plazo un cambio transcendental, que ese cambio nos iba a acercar a nuestra naturaleza humana, que iba a relacionar más directamente nuestra actividad diaria con nuestras necesidades diarias, que bien organizados íbamos a poder vivir perfectamente y contemplar el futuro con sosiego, que íbamos a contar con mucho más tiempo para una vida familiar, para una vida íntima, que íbamos a poder vivir una vida mucho más natural y mucho más parecida a la que Dios había pensado para los hombres cuando los creó. Pero no lo hicisteis, no porque no lo vierais necesario, no porque no tuvierais huevos para hacer algo que era impopular, no, no fue por eso. Es que os daba lo mismo, porque, al fin y al cabo, vosotros, os ibais a marchar a Dubay. Pero os vais a joder, porque se han acabado las plazas para Dubay. Ya no quedan plazas en Dubay para vosotros. Podría deciros muchas más cosas. ¡Son tantas las cosas que hacíais mal! Pero son muchísimas más todavía las que no hacíais, ni mal ni bien, simplemente pasabais, pasabais de vuestras obligaciones. En cualquier dirección que apuntásemos, en cualquier área de vuestras competencias que entrásemos, podríamos hablar sin parar de las omisiones, de las deficiencias que se eternizaron sin resolver, de las priorizaciones interesadas en vuestras extrañas y escasas resoluciones. Sólo podéis presumir de haber dispuesto de poder y de dinero, ambas cosas en abundancia. Y ninguna de las dos las habéis sabido emplear debidamente. Podría entrar en un detalle interminable de críticas. Si quisiera igualmente detallar aciertos, creo que no sería capaz de nombrar dos cosas de importancia, en ese sentido os podéis sentir orgullosos también. Pero no me voy a cansar. Ya no tiene razón de ser. Ya no es tiempo de cambiar nada. Ya se me está secando la boca y sobre todo la voluntad y la fe que hay que tener para hablaros como si pudierais ser buenos, como si alguna vez, siquiera, pensasteis en serlo. Sólo les pido a San Dantón, a San Robespierre y a San Marat que nos ayuden a encontrarle solución a este conflicto moral en que nos encontramos nosotros ahora. Yo he terminado ya, Salomón, ¿quieres tú añadir algo?- terminó Joaquinillo aquel breve discurso, que empezó eufórico y terminó desmoralizado, cediéndome un turno de palabra.
- No, Joaquinillo- le dije al micrófono que me puso en la boca-, sólo te ha faltado identificar al resto de los asesinos de masas que transportamos en este autobús. Este holocausto no es sólo responsabilidad de los gobernantes, de los ministros, de los diputados, con ser ellos los más culpables de todos, porque fueron el instrumento que se dejó manejar por las manos equivocadas. Aquí, en este autobús, van también los representantes del capital. Éstos también se han subido aquí para salvarse de la quema final, a la que nos llevó su avaricia y su ambición, su endiosamiento y su desprecio hacía cualquier tipo de derecho que no fuera el suyo propio. También nos acompañan en esta bonita excursión los sindicatos, es el premio que les ha correspondido por su silencio cómplice y culpable. El sistema judicial, ese poder independiente y vigilante que ocupó el lugar de la justicia para bloquearla, para piratearla, para dejarnos sin ella, en un juego de auténtica magia: aquí está, pero no está. Es la misma magia que practicaba la prensa libre. Porque teníamos prensa libre y televisión privada, medios de masas, para practicar el mismo tipo de magia, la magia de la mentira: ésta es la noticia porque lo decimos nosotros que somos la prensa; si no lo decimos nosotros es que no es noticia. Estaba claro, erais portavoces, por eso os han guardado plaza también en este autobús para Dubay.- terminé sin despedirme, simplemente me callé.
- A ti, Mohamed, no te voy a dar la oportunidad de que les digas nada, que bastante putada les has hecho ya, trayéndonos a nosotros al autobús.- se dirigió Joaquinillo a nuestro amigo marroquí que contemplaba callado toda aquella monserga, sin dejar de observar atentamente a los pasajeros como si fuera un perro pastor alerta al menor movimiento del rebaño- Y vosotros señorías echaros ahora un sueñecico, que ya estamos cerca del destino y quizás, cuando lleguemos, os vague menos y no tengáis tantas comodidades para descabezar una siesta. Yo os dejo, tengo que darle algunas instrucciones referentes al itinerario, aquí al señor conductor.- y dirigiéndose a Mohamed- Y tú, no vayas a tener escrúpulos en mandarles un rafagazo, que nos van a pagar igual llegue como llegue la mercancía.
Después de dejar la autovía a la altura de un pueblo llamado Hoya Gonzalo, continuamos por una estrecha carretera que serpenteaba en continuas curvas y cambios de rasante. Joaquinillo me animaba a pisarle a tope, que no importaba que saltaran los radares, que llevando a bordo a toda la plana mayor no nos iban a llegar las multas. Bajamos fuertes pendientes, ciñendo cerradas curvas hasta, después de recorrer al menos treinta kilómetros, llegar al nivel del río y al pintoresco pueblo de Alcalá del Jucar. A la entrada del pueblo, a la izquierda de la carretera, se extiende una zona llana en la que se levantan los hoteles y restaurantes que daban servicio a la numerosa afluencia de turística que antaño animaba a esta población. Era la zona nueva de Alcalá del Jucar, la zona económica y recreativa donde se extendía la playa fluvial y el embarcadero que tanto atractivo le dieron en tiempos a esta pequeña población. El río Jucar, en su recorrido urbano que no llega a un kilómetro, es el límite que separa esta mitad del pueblo, llana y moderna, de la otra parte de casas ancestrales que dieron inicio al pueblo y lo configuraron durante toda su historia. Casas que trepan por la ladera de aquel cerro de blanca roca caliza, bordeando unas cuantas calles serpenteantes, levantando cada casa sus ventanas por encima de los tejados de las casas de la acera de enfrente, como para poder mirar desde cualquier sitio, sin estorbos, el bonito panorama. Desde la carretera, todo el conjunto de casas blancas cubriendo la ladera, la arboleda que llena toda la parte baja entre las instalaciones hoteleras, el castillo en la cumbre del cerro y la curva que describe el río en su recorrido componen un conjunto fotogénico insuperable. Al lado derecho de la carretera quedaba una amplia explanada que sirvió de aparcamiento de los numerosos autocares que, en los buenos tiempos, en los meses de primavera y verano llegaban al pueblo, cada día, cargados de turistas. Allí, en aquella explanada, un poco alejados de las casas de la orilla plana de pueblo y más alejados aún de las otras casas del cerro de la otra parte del río, paramos el autobús. Apreté el claxon de forma insistente. Eran las primeras horas de la mañana. Al otro lado del río, se apreció un cierto movimiento, se iluminaron varias luces en el interior de algunas casas. Mantuve apretado el claxon provocando, en la apacibilidad del tranquilo lugar, una notoria perturbación. Se acercaron algunas personas caminado de forma precavida hasta el otro extremo del puente que, a nuestra altura, unía las dos orillas del río. Desde la distancia se podía apreciar, a la tenue luz de la mañana, que aquellas personas vestían antigua ropa militar.
- Es la hora de salir. Es la hora de afrontar la dura realidad de la vida cotidiana. En unos momentos estará aquí vuestro comité de bienvenida. Nosotros, lamentándolo mucho, no podemos quedarnos. Vayan saliendo, por favor, rapidito. Mohamed, déjame que les suelte una pequeña traca de despedida- Joaquinillo le quitó de las manos el fusil ametrallador y, dicho y hecho, apretó el gatillo en dirección a los cristales de una zona en la que ya no había nadie sentado, provocando una estampida de detonaciones y de cristales rotos que atronó el autobús y llenó todos los asientos y el suelo de los fragmentos de vidrio despedidos. Los ocupantes del autobús apresuraron su, hasta entonces, lento descenso.
Al otro lado del puente ya había un grupo numeroso de personas que se detuvieron en seco al escuchar los disparos. Al bajar el último de los pasajeros, Joaquinillo se dirigió a mí, en estos términos:
- Mucho me gustaría quedarme aquí, a ver como se los jalan, pero corremos peligro de que se nos jalen también a nosotros, porque estos se jalan a todo el que pillan. Así que acelera, Salomón, salgamos de aquí echando leches.
Los dejamos donde debían estar, con su pueblo. En el mismo lugar y en las mismas condiciones que ellos habían propiciado. Era justo que se enfrentaran con los resultados de sus hechos. Aquel era su sitio, no las playas del paradisíaco Dubay.
Volví otra vez al volante y, cumpliendo al pie de la letra las instrucciones de Joaquinillo, aceleré a fondo el autobús para ascender por aquellas curvas cerradas, de elevadas pendientes, que nos alejaban del Jucar en dirección a la planicie de la Manchuela albacetense, que atravesaríamos por una carretera recta, ancha y plana a lo largo de unos sesenta kilómetros que llevaban directamente hasta la ciudad de Albacete, en un abrir y cerrar de ojos.
No tuvimos problemas en este trayecto, ni tampoco al rodear la circunvalación de la muerta ciudad para dirigirnos finalmente por la carretera de Peñas en dirección a la sierra. Llegamos a Ayna y, esta vez sí, esta vez justamente allí, en el mismo mirador de Ayna, antes de llegar a las calles del pueblo, cuando aún nos faltaban sesenta kilómetros para llegar a Casares, precisamente allí, se nos terminó el combustible del autobús.
No nos quedaba otra alternativa que continuar a pie, pero no iba a ser ése el obstáculo que no fuéramos, ahora, capaces de vencer. Bajamos la pendiente carretera que llevaba hasta el estrecho desfiladero por el que corría el río Mundo, al pie de aquellas sierras. A la vera del río vimos un huerto cultivado, un primoroso huerto de acelgas, de repollos, de espinacas que eran los cultivos propios de la época. Conseguimos encontrar incluso al hortelano y acercarnos a él y hablarle y contarle quiénes éramos. Y el hombre lloró con nosotros de alegría, después de haber llorado antes de miedo cuando pensó que éramos jalan. Nos contó que creía que había otros como él, desperdigados, a lo largo del río, que puede que hubiera familias enteras sobreviviendo aquí y allá, en toda aquella ribera del río Mundo. Le animamos a que los buscara, a que los reuniera, a que nos visitaran. Estábamos en el próximo valle del Segura, le explicamos el sitio preciso. Teníamos que organizarnos, agruparnos. El hombre nos vio marchar incrédulo, se resistía a aceptar que fuéramos reales, que aquella mañana hubiera hablado con alguien, que todo aquello no había sido un sueño.
Proseguimos nuestra ruta, sin prisa, buscando en el paisaje otras señales que nos indicaran la presencia de nuevos y anhelados vecinos. Volveríamos por allí. Exploraríamos los cursos de los ríos para encontrar congéneres con los que engrandecer la colonia.
- No estamos solos y no vamos dejar que otros lo estén, si lo podemos evitar- comentábamos, justo al coronar la colina alta, al otro lado del río, desde la que ya pudimos divisar, a lo lejos, a Isabela, sentada en un risco, contemplando, tranquilamente, como pastaba el rebaño. Un poco más allá, Juan Luis jugueteaba con los perros que fueron de Naranjo.
- Aún parecen resonar en el aire los acordes finales del último movimiento de la sexta sinfonía, Pastoral, de Beethoven.- me dije interiormente.


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