Un mundo sin fronteras....
La llegada de nuevos habitantes a la casa agudizó la escasez en que se movía nuestra despensa, pero nos alivió de trabajo y abrió nuevas vías de suministros con las que antes no contábamos. El hecho de conocer que el campo ya no tenía dueño nos impulsó a la exploración de los terrenos anejos. Así, Joaquinillo descubrió un sin número de árboles frutales de diversas especies y la existencia de una viña próxima que, llegado el momento, nos daría fruta y buen vino. Los corderos de Naranjo, que ahora ya sabíamos nuestros, los incorporamos sin ningún cuidado a partir de entonces a nuestro sustento. En el pueblo de Casares, encontramos varios cadáveres de ancianos en sus casas; no inspeccionamos el pueblo entero porque las posibilidades de encontrar alguien vivo eran mínimas, aunque sí hicimos suficiente ruido para que, si había alguien allí, nos escuchara. Buscamos, eso sí, en las naves agrícolas y en varias de ellas encontramos grano de cereal que utilizamos como alimento.
Pocos días después de nuestra llegada, Joaquinillo me cogió en un aparte y, muy serio, me dijo:
- No quisiera que te molestes conmigo, Salomón, pero quiero hacerte una pregunta. Es una pregunta muy delicá. Tan delicá, que casi no sé cómo hacértela.
- No te preocupes y pregúntame lo que quieras- le dije sin darle ningún pie de apoyo, aunque ya sabía por dónde iba a venir. Ya había observado las mal disimuladas miradas que les dedicaba a Isabela y a Carlota.
- Pues no le demos más vueltas entonces. Escúchame ¿Tú no has notado nada raro en la forma de hablar de esas dos muchachas?- me dijo, mirándome a los ojos directamente, muy colocado, en postura de recibir, con los brazos abiertos, los pies bien apoyados en ángulo y la espalda recostada hacía atrás. En realidad, a Joaquínillo se le entendía casi mejor observando sus gestos que escuchándole. Ahora estaba esperando recibir el gran peso de mi respuesta culpable y con esa postura me animaba a soltar lastre: allí estaba él para aguantar lo que le echase.
- ¿Pues, cómo hablan? – le decepcioné con mi corta perspicacia para aquellos turbios aspectos del lenguaje.
- Hombre Salomón, hombre, no me digas que no te has dado cuenta, por Dios. Hablan como las tías de los puticlubs, está muy claro. – me dijo, y se separó hacia un lado, medio metro, como para observarme de cuerpo entero, para indagar, así, a ojo, si de verdad era tan tonto como aparentaba o es que estaba intentando disimular.
- Cómo quieres que hablen, Joaquinillo, hombre, no ves que son cubanas. – le argumenté con total simplicidad.
- ¿Cubanas? Estás tú bueno. Cubanas, sí, sí, cubanas. No quiero yo hablar con malos propósitos de nadie, pero hablando sólo en hipótesis, fíjate bien lo que te digo, hablando en hipótesis, me apostaba yo ahora mismo mi ametralleta a que ésas dos son putas.
- Bueno, y en el caso hipotético de que acertaras, ¿Qué pasa, qué problema ves en eso?- le dije con seriedad. Su cara se convirtió en un perfecto signo de interrogación. No tenía respuesta, le estaba llevando al borde del abismo, el abismo inexplorado de sus propios prejuicios.
- Yo lo digo por Julita. Tú me comprendes ¿No?- de nuevo su gesto recuperó toda la apacibilidad del trato amistoso, de la buena y total disposición a la avenencia con el mejor amigo.
- ¿Qué hacemos con ellas, Joaquinillo? ¿Nos las cargamos? – Vuelta al precipicio de sus prejuicios. Un pequeño empujón, apenas un saltito imaginario y... cruzábamos al otro lado.
- Hombre, llegados a ese punto, y siempre hablando hipotéticamente, entiéndeme, siempre hablando en hipótesis, si nos tuviéramos que cargar a alguien, y sin que lo que te voy a decir salga de entre nosotros, yo propondría que mejor nos cargásemos a la Julita. ¿No te parece? – otra vez los pequeños ojillos de chino de Joaquinillo, riéndose con picardía convertían aquella seria conversación en una pequeña broma de amigotes, una broma más al infeliz de turno que, en este caso, como siempre, era yo.
Julita por otro lado, una santa, ni se había percatado de la cualificación profesional de aquellas dos guapas y educadas muchachas, antes bien, les demostraba admiración y respeto como si se tratara de personas de un nivel distinguido. Y aquella buena convivencia entre las tres mujeres convirtió las reticencias iniciales de Joaquinillo en agua pasada, y así, era frecuente que se ofreciese para acompañar y relevar a Isabela cuando ésta llevaba a pastar al ganado.
Juan Luis se lamentaba con frecuencia de la mala suerte de no contar entre ese ganado con una pareja de cochinos, y para consolarse se iba a tirarle a las tórtolas, y a lo que fuera, todas las veces que quería. En este sentido, las cosas habían mejorado para Juan Luis: ya no había veda que guardar. Joaquinillo solía acompañarle, aunque él no tiraba, pero se lo pasaban bien los dos con las conversaciones que se generaban en aquellas batidas.
Un tarde volvieron nerviosos, agitados. Habían encontrado un rastro de jabalí; un revolcadero, lo calificaron más exactamente. Esa noche iban a salir al acecho. Joaquinillo quería, a toda costa, que estrenaran su fusil ametrallador, pero Juan Luis tenía cartuchos de postas y prefirió utilizar su escopeta. No quisieron compañía. Volvieron de madrugada y nos despertaron, a Mohamed y a mí, para que los acompañásemos. Habían abatido a una hembra, debía pesar casi doscientos kilos. Nos llevamos las angarillas y, entre los cuatro, descansando cada cien metros, trasladamos a aquella gorrina por lo menos durante dos kilómetros, campo a través. Joaquinillo la abrió en canal, le quitó las tripas y la colgamos de una viga, en el patio, para que se orease en lo que quedaba de madrugada.
Al día siguiente, Juan Luis y yo, nos desplazamos hasta Casares en la furgoneta, para traernos de la carnicería la maquina de picar carne, la embutidora, un par de barreños para amasar, tripas para embutir, sal, ajos, pimentón y un montón de especias que encontramos en una alacena. Julita y Joaquinillo eran unos maestros en aquella actividad y demostraron una laboriosidad y una capacidad en la dirección de las operaciones que, sencillamente, nos admiró. Durante aquellas horas de trabajo comunitario fue relatado repetidamente el lance venatorio de la noche anterior. Se trataba de una piara de gorrinos, de una camada, formada por la madre y su reciente cría. Según Juan Luis, que era el experto en aquel tema, los rayones, que así se llama a las crías de jabalí, debían tener de dos a tres meses, no debían pesar ni quince kilos cada uno, y su número era de siete. Si hubieran podido cogerlos vivos, podríamos haber iniciado una cría de jabalí en cautividad, que se lleva a la práctica con éxito en algunos países de América del Sur, como Chile, por ejemplo. Pero cualquiera pillaba a uno de esos. Por lo visto corrían con una velocidad impresionante.
- Yo me apuesto- dijo Joaquinillo, quedándose muy quieto, en el centro de la cocina, donde estábamos comentando aquella experiencia mientras picábamos unos trozos de moraga que habían frito, acompañados por un traguillo del vino aquel que trajimos de Los Manantiales- Yo me apuesto- repitió, mirándonos a todos y más particularmente a Juan Luis, como pidiéndole permiso para meterle a él también en el ajo- a que, entre Juan Luis y yo, somos capaces de traeros vivos a esos siete marranillos, antes de que termine el mes de septiembre- estábamos a veinticuatro, lo acabábamos de comentar, porque aquel día deberían comenzar las fiestas del pueblo de Casares en honor de la Virgen de la Merced.
Nos quedamos todos callados, porque evidentemente no estaba en sus planes explicarnos el método que pensaban utilizar y que el propio Juan Luis también desconocía, aunque éste se demostró el más interesado de todos en emprender de inmediato aquella hazaña que se prometía tan extraordinaria, difícil y provechosa.
- Bueno, si no apostáis nada, me da igual, nos apostamos nuestro honor a que, antes de que acabe el mes, os estamos trayendo, si no los siete, por lo menos la mitad.- remató Joaquinillo aquella insólita propuesta sin añadir ninguna nueva pista.
En las tardes que siguieron, entre los dos hicieron los preparativos de sus pertrechos y salieron antes de anochecer, llevándose con ellos, cada tarde, las angarillas que iban a necesitar para el transporte de los pequeños gorrinillos. Cuando volvían, ya nos encontraban acostados, y por la mañana no nos quisieron dar pistas de los avances de su proyecto. La tercera noche, la del veintisiete de septiembre, llegaron como siempre, sin hacer ningún ruido, sin despertarnos, pero a la mañana siguiente, a la hora del desayuno, nos invitaron a visitar la cuadra que habían habilitado la noche anterior para nuestros nuevos residentes: cinco marranillos, dos machos y tres hembras. Entonces nos contaron la forma en que habían logrado atraparlos. Juan Luis sabía que aquellos animales volverían cada noche al revolcadero, tenían esa querencia. Todavía quedaban frutos dulces y maduros sin caer de las higueras que había en la puerta de la almazara de Juan Luis, allí no habíamos tocado. Prepararon una especie de salvado con los higos, con miel y con la harina de la cebada que nosotros mismos consumíamos. Le añadieron un poco de aguardiente del que había traído Joaquinillo. La primera noche sólo agregaron un poco de aguardiente. Colocaron varias latas en las inmediaciones del revolcadero y se escondieron para vigilar. Desde un alto los oyeron llegar, escucharon el golpeteo de las latas contra los cantos que colocaron a su alrededor, para dificultarles el vuelco, y se volvieron para la casa sin hacer ningún ruido. Al día siguiente comprobaron que se habían comido el contenido de todas las latas. La segunda noche forzaron la dosis de aguardiente; la tercera noche en el aguardiente con miel sobrenadaba algo de la mezcla de higos con harina. Esperaron un rato después de oírlos llegar, hasta que cesaron los ruidos que hacían con las latas. Cuando se acercaron un poco, ya los rayones no sabían correr, se les doblaban las rodillas, iban borrachos como cubas. Sólo tuvieron que buscarlos con ayuda de una linterna que llevaban y meterlos en dos sacos de arpillera que transportaron entre los dos, con ayuda de las angarillas que llevaban preparadas. Faltaban dos, no los encontraron. Estaban orgullosos y satisfechos. Habían, no sólo realizado una hazaña cinegética que los hubiera hecho famosos en sus lugares de origen por tiempos inmemoriales: habían asegurado una excelente fuente de proteínas que sería importantísima para la dieta de la colonia.
- Una cosa te digo, Mohamed.- advirtió, muy serio, con el dedo índice de su mano derecha en alto, Joaquinillo, al joven marroquí- Escúchame bien lo que te voy a decir. Estos animales no son cerdos, estos animales se llaman jabalines. Lo que pasa es que, como son muy parecidos a los cerdos en sus costumbres, alguien poco leído, algún día, los llamó gorrinos jabalines. Pero no son gorrinos, lo que son es jabalines, que no es lo mismo. Yo, que sepa, en el Corán no pone nada de los jabalines, pone de los cerdos, pero de los jabalines yo nunca he oído nada. Así que tú, come sin problema de la carne de jabalín, que tú no pecas. Aquí el más viejo soy yo, y, en mi interpretación de los hechos, la carne de jabalín se puede comer perfectamente por los mahometanos. Y, en el improbable caso de que me equivocase, fíjate bien lo que te digo, en ese improbable caso, si a alguien tiene que pedir explicaciones Alá, Mahoma o el que sea, que me las pidan a mí. Tú, Mohamed, que en esta república, cristiana al fin y al cabo, estás bajo mi potestad, o sea, como si fueras mi hijo, estás a salvo de toda responsabilidad.
- Tú no preocupes, Joaquinillo, tú tranquilo - intervino Mohamed-, yo no problema comer carne de jabalín. Pero, yo tampoco problema comer carne de gorrino jabalín. Alá ser misericordioso en tiempos de guerra, y, en todo caso, responsable final ante la ley, ante Alá Misericordioso y ante el mismo Mahoma, cristiano Joaquinillo.
- Sí, hermoso, sí, no te creas que me voy a asustar de hablar cara a cara con Alá o con quien sea. Que, además, cualquier día, tened por seguro que se nos van a manifestar, porque antes, cuando éramos tantos, era un problema para Dios manifestarse. Tú veras, con tanta gente y cada uno de su padre y de su madre y con una mala leche y una soberbia que no los callaba ni Dios. Pero ahora que hemos quedado aquí cuatro gatos, no le va a quedar más remedio que venir a hablar con nosotros. Porque esto es como abrir una plaza de toros para siete espectadores. Digo yo que tendrán que hacer algo. Ya veremos si no suspenden la corrida. Cualquier día viene Dios, o manda a alguien, a decirnos que se nos devuelven los importes de las entradas y que nos vayamos de aquí a tomar por saco. Ya veréis, ya veréis, al final, nos vamos a tener que enfrentar hasta con Dios.
Las circunstancias por las que estábamos pasando eran tan tremendas, tan duras, que nuestras mentes se defendían buscando motivos absurdos para reír. La risa actuaba como un bálsamo curativo en la cicatrización de nuestras heridas psicológicas. No era sólo el dolor por la pérdida de los seres queridos, de los familiares y amigos que cada uno de nosotros teníamos. Era mayor el sentimiento por la pérdida absoluta, en su enormidad cuantitativa, de todos los ejemplares de la especie, de la que nos sentíamos ahora individuos aislados, discriminados, solos. ¿Por qué nosotros? Se nos hacía duro asumir aquella discriminación positiva de la que habíamos sido objeto. ¿Para qué nos habían dejado allí a nosotros solos, en aquella soledad absoluta? ¿Era quizás por eso? Porque al fin y al cabo todos nosotros habíamos sido unos supervivientes de los desiertos de la soledad: Juan Luis, Carlota, Isabela, el mismo Mohamed, yo también lo era, Joaquinillo y Julita, un matrimonio sin hijos que además habían tenido que aprender a acostumbrarse a las decisiones caprichosas del destino en una vida entera dedicada a la agricultura, a saber sobreponerse a la helada inoportuna que asolaba una sementera de maíz apenas recién nacido, o a la bajada inexplicable de los precios de las cebollas después de recogidas, con todo el gasto hecho, que al final había que acabar tirando a la basura sin que ningún comprador se acercase a preguntar por ellas. Ellos habían aprendido que la vida había que seguir viviéndola independientemente del precio de las cebollas, que no había dejar que las bajas temperaturas nos helaran también el corazón. La vida no se dejaba almacenar en el granero, había que salir cada día a buscarla, como quiera que fuera, en soledad o en compañía, vivo o medio muerto, no había elección posible. La filosofía práctica de la vida de Joaquinillo y de Julita, que eran los únicos que en lugar de perder, parecía que habían ganado una familia, nos sirvió de gran apoyo en aquellos momentos y nos ayudó a sobrevivir en el reconocimiento, en la valoración y en el aprecio de nuestro pequeño entorno, a pesar de lo que acababa de caer afuera.
Preguntaba yo precisamente por Joaquinillo, aquella mediodía, después de mi faena en los preparativos de la almazara para la próxima recolección de la aceituna, cuando noté que estábamos todos dispuestos para la comida menos él. Me contestó Isabela que se había quedado con las ovejas. Que había ido, a media mañana, a relevarla a la colina alta, cruzando el río, en dirección a Férez. Me fui a buscarlo, hacía un buen día. Lo encontré sentado sobre una roca, al sol, mirando el discurrir del río por el valle.
- ¿Te pasa algo, Joaquinillo? ¿Qué haces ahí?- le pregunté cuando llegué a su altura.
-¿Qué me va a pasar?- me contestó medio sorprendido-. No me pasa nada. Estoy muy bien, ¿No me ves? Estaba aquí, pensando. No te puedes ni imaginar de qué me estaba acodando ahora mismo, de aquellas músicas que ponías a todo volumen, allí, en el garaje de tu casa, mientras trabajabas, cuando me iba a hacerte compañía. ¿Te acuerdas? Yo no sé ni cómo iba a verte. Pues mira lo que te digo: Casi me podría apostar contigo la cosecha del año que viene, que si tuviera aquí una flauta, y si supiera tocar la flauta, claro, sería capaz de tocar esa música o, incluso, mira lo que te digo, hasta de inventármela, ahora mismo, de corrido, fíjate tú.
- ¿A qué música te refieres? ¿A Ismael Serrano?- le precisé.
- ¿Ése que habla y canta?- se refería Joaquinillo a uno de los CD que había sido grabado en un concierto y en el que el cantautor hacía una introducción al principio de algunas de sus canciones- No- me aclaró-, no me refiero a ése, me refiero al otro que también ponías tantas veces, a ése de las sinfonías.
- El de las sinfonías era Beethoven – le apunté.
- A ése justamente, a ése me refiero, a Beethoven- se le iluminaron los ojos, mirando hacia el infinito por encima de sus gafillas- ¡Ah! Si yo supiera tocar la flauta.... Tú, que tienes tan buena mano para labrar la madera, me tienes que fabricar una.
Recordé aquella conversación que mantuve con Juan Luis, después de aquella experiencia amorosa con Carlota. ¡Demonio de Joaquinillo!
- Yo creo, Joaquinillo, que tú ya no estás en edad de tocar la flauta. Así que, cuando te apetezca escuchar música, no te preocupes que yo te presto mis CD’s para que los oigas en compañía de Julita, que te lo va a agradecer.- le dije sin más explicaciones.
- ¡Pero! ¿Qué sabes tú?- me miró haciendo una mueca de complicidad, manifestando su sorpresa- ¿Es que eres un diablo? ¿O es que nos has espiado? ¡No se te ocurra decirle nada a la Julita, por Dios! Si se entera de que me gusta la música, después de los años que llevo haciéndome el sordo, me mata.- acabó de confesar Joaquinillo su mal guardado secreto.
Nos encaminamos hacía la casa, andando despacio detrás de las ovejas.
- Ahora que me acuerdo- me dijo-, ¿Ha hablado contigo Mohamed?
- No. Vamos, no me ha dicho nada especial ¿De qué tenía que hablarme?- le pregunté.
- No creas que no es gorda la cosa que se le ha ocurrido al muchacho este. Quiere marcharse. ¿Qué te parece? Dice que quién sabe si sus padres y sus hermanos estarán vivos; que pueden estar necesitándole. Que quiere volverse a Marruecos. Que se va a marchar a Alicante, para buscar a su hermana y a sus sobrinos, que vivían allí, y que, después, cogerá cualquier barca que encuentre en el puerto y se marchará a Marruecos.- me resumió Joaquinillo todo el programa de Mohamed en un momento.
- ¿Le habrás convencido de que eso es una locura? – le pregunté asombrado de lo que acababa de escucharle.
- ¿Convencerlo? Lo he intentado, pero, ese muchacho, si dice que se va a Marruecos, no te preocupes, que se va ¡Estos moros son muy suyos! No creas que es fácil hacerle cambiar de opinión. Se va.- sentenció Joaquinillo.
- Pues tendremos que llevarle, por lo menos hasta Alicante. A lo mejor una vez allí se arrepiente- consentí.
- ¡Ea!- fue el locuaz comentario de Joaquinillo.
El largo y sinuoso camino...
El largo y sinuoso camino...
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